Culler Jonathan - Breve Introduccion A La Teoria Literaria.pdf

September 14, 2017 | Author: agarort | Category: Michel Foucault, Theory, Truth, Knowledge, Homosexuality
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JONATHAN CULLER Breve introducción a la teoría literaria

Traducción castellana de

Gonzalo García

CRÍTICA Barcelona

Primera edición en B ib l i o t e c a d e B o l s i l l o : noviembre de 2(KX) Segunda edición en B i b l i o t e c a d e B o l s i l l o : octubre de 2004 Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprograffa y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Título original: LITERARY THEORY A Very Shorí lntroduction Diseño de la colección: Joan Batallé Fotocomposición: Fotocomp/4, S.A. €> 1997: Jonathan Culier. Esta traducción se publica por acuerdo de Oxford University Press © 2000 de la traducción castellana para España y América: C r ít ic a , S.L., Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona e-mail: [email protected] http://www.ed-critica.es ISBN: 84-8432-133-9 Depósito legal: B. 44.153-2004 Impreso en España 2004. — A&M Gráfic, Santa Perpetua de la Mogoda (Barcelona)

PR EFA C IO

La mayoría de introducciones a la teoría literaria describen una serie de «escuelas» de crítica. Presentan la teoría como una serie de «enfoques» que compiten entre sí, cada uno con postulados y cometidos teóricos propios. Sin embargo, los movimientos teóricos que se suelen identificar en esas intro­ ducciones — como el estructuralismo, la deconstrucción, el feminismo, el psicoanálisis, el marxismo o el nuevo historicismo— tienen mucho en común; esa es justamente la razón de que se hable de «teoría» y no solo de teorías particulares. Entiendo que, para presentar la teoría, resulta más prác­ tico discutir las afirmaciones y cuestiones compartidas que repasar cada escuela teórica. Ocupémonos preferiblemente de los debates importantes, que no enfrentan una «escuela» a otra pero sí pueden marcar diferencias relevantes dentro de un mismo movimiento. Cuando se trata la teoría contempo­ ránea como un conjunto de enfoques o métodos interpretati­ vos enfrentados se pierde gran parte de su fuerza y de su in­ terés, que la teoría ha ganado a pulso con su enérgico reto a las ideas de sentido común y sus investigaciones sobre la pro­ ducción de sentido y la configuración de la identidad huma­ na. En este libro he preferido emprender el análisis de una sucesión de temas de la teoría, centrándome en cuestiones y debates importantes y en lo que creo que hemos aprendido de ellos. Sin embargo, cualquiera que se acerque a un libro de teo­ ría literaria tiene derecho a esperar que se le expliquen térmi­ nos como estructuralismo y deconstrucción. En el Apéndice se hallarán breves descripciones de las escuelas o movimientos críticos más importantes; pueden leerse para empezar, al final o consultarse en caso de duda. ¡Que disfrutéis!

A G R A D E C IM IE N T O S

Este libro debe mucho a los estudiantes de mis cursos de in­ troducción a la teoría literaria en la Universidad de Cornell, que me han permitido calibrar qué debe explicarse en una in­ troducción gracias a sus preguntas y consideraciones a lo largo de los años. Me resulta un placer especial expresar mi agradecimiento a Cynthia Chase, Mieke Bal y Richard Klein, quienes leyeron y comentaron el original y me invitaron a escribir o pensar de nuevo ciertos apartados. Robert Baker, Leland Deladurantaye y Meg Wesling me fueron de particu­ lar ayuda y Ewa Badowska, que ha colaborado conmigo en la enseñanza de teoría literaria, hizo contribuciones cruciales en numerosos aspectos de este proyecto. Tiras cómicas © The New Yorker Collection Página 37 Dibujo de Benoit Van Innes, © 1991 The New Yorker Magazine, Inc. Página 68 © The New Yorker Collection 1998 Peter Steiner de Cartoonbank.com. Reservados todos los derechos. Página 123 Dibujo de Ziegler, © 1992 The New Yorker Magazine, Inc. Página 136 © The New Yorker Collection 1995 Robert Mankoff de Cartoonbank.com. Reservados todos los dere­ chos. Página 151 © The New Yorker Collection 1987 Roz Chast de Cartoonbank.com. Reservados todos los derechos.

En los estudios literarios y culturales más recientes se oye ha­ blar mucho de teoría; pero no de teoría de la literatura, sino de simple «teoría», sin más. Tiene que resultar bien extraño para quien sea ajeno a la disciplina... «¿Teoría de qué?», en­ tran ganas de preguntar. Sorprendería lo difícil que resulta responder a eso. No es la teoría de nada en particular, tam­ poco es una teoría exhaustiva que generalice sobre las cosas. En ocasiones la teoría parece incluso no ser siquiera la expli­ cación de nada, sino más bien una actividad; algo que hace­ mos o dejamos de hacer. Uno puede andar metido en cues­ tiones de teoría; enseñar o estudiar teoría; se la puede odiar o tenerle miedo. Nada de eso ayuda, sin embargo, a clarificar qué es la teoría. La «teoría», se nos dice, ha modificado de raíz la natura­ leza de los estudios literarios; pero quien afirma tal cosa no se refiere a la teoría literaria, a la explicación sistemática de la naturaleza de la literatura y de los métodos que han de anali­ zarla. Igualmente, cuando se escuchan quejas sobre el exceso de teoría en los estudios literarios recientes, no se quiere de­ cir que se esté reflexionando demasiado sobre la naturaleza de la literatura o se discuta desproporcionadamente qué ras­ gos caracterizan al lenguaje literario, por ejemplo. Nada de eso. Es algo distinto lo que se tiene en mente. Más bien, lo que preocupa es justamente que haya dema­ siada polémica sobre cuestiones ajenas a la literatura, demasia­ da discusión sobre cuestiones generales cuya relación con la literatura es apenas manifiesta, demasiada lectura de comple­ jos textos psicoanalíticos, políticos y filosóficos. La teoría son un puñado de nombres (en su mayoría) extranjeros; significa Jacques Derrida, Michel Foucault, Luce Irigaray, Jacques

Lacan, Judith Butler, Louis Althusser o Gayatri Spivak, entre otros.

E l término «teoría» Entonces, ¿qué es la teoría? Parte del problema reside en el propio término de «teoría», que apunta en dos direcciones. Así, por ejemplo, hablamos de la «teoría de la relatividad», una serie verificada de proposiciones científicas. Pero este sentido convive con el uso más corriente de la palabra: — ¿Tú qué crees, por qué habrán roto Laura y Miguel? —Yo tengo la teoría de que... ¿Qué significa «teoría» en este caso? En primer lugar, se advierte un componente de «especulación». Sin embargo, te­ ner una teoría no es lo mismo que conjeturar; decir «Sospe­ cho que...» daría a entender que debe haber una razón, pero que no alcanzo a saberla con seguridad: «Sospecho que Lau­ ra ha acabado por cansarse del tiquismiquis de Miguel, pero ya nos lo contará María en cuanto pueda hablar con ella». Una teoría, en cambio, es una forma de especulación que no puede depender de la opinión de María, es una explicación cuya verdad o falsedad posiblemente será difícil verificar. Por lo demás, «Yo tengo la teoría de que...» promete que la explicación no será obvia. No se imagina uno que la frase continúe diciendo «Tengo la teoría de que es porque Miguel estaba liado también con Pepa». Esa afirmación no contaría como teoría; no hay que ser un genio de la teoría para llegar a la conclusión de que, si Miguel salía con Laura y estaba liado con Pepa, ello podría quizá haber influido en la actitud de Laura. Ahora bien, si se dijera «Tengo la teoría de que Miguel estaba también liado con Pepa», sería ya la misma existencia de esa relación lo que se estaría poniendo en duda y ello gene­ raría suposiciones meramente hipotéticas, que son el germen de una posible teoría. Pero, normalmente, para que una hipó­ tesis se considere teoría debe caracterizarse por una cierta complejidad, además de no ser evidente: «Tengo la teoría de

que Laura todavía estaba enamorada platónicamente de su pa­ dre y de que Miguel no se llegó a transformar en el hombre que ella esperaba». Una teoría ha de ser más que una mera hipóte­ sis; no puede ser obvia; implica relaciones complejas y de tipo sistemático entre diversos factores; y no se demuestra ni se des­ carta con facilidad. Si tenemos en mente estos aspectos, resulta más sencillo entender qué implica la etiqueta de «teoría».

La teoría como género En los estudios literarios actuales, la teoría no es una des­ cripción de la naturaleza de la literatura o de los métodos más adecuados para su estudio (aunque ambas cuestiones son par­ te de la teoría y se tratarán en este libro, especialmente en los capítulos 2 ,5 y 6). Es un conjunto de reflexión y escritura de límites extremadamente difíciles de definir. El filósofo Ri­ chard Rorty ha hablado de un género nuevo, mixto, que na­ ció en el siglo X IX : «Con origen en la época de Goethe, Macaulay, Carlyle y Emerson, se ha desarrollado una nueva forma de escritura que no es la evaluación de los méritos relativos de una obra de arte, ni es historia de las ideas, ni filosofía moral, ni profecía social, sino todo ello mezclado en un nuevo géne­ ro». La manera más adecuada de referirse a este género mis­ celáneo es con el simple apelativo de «teoría», nombre que ha pasado a designar aquellas obras que han supuesto un reto a la forma de pensar más común en campos de estudio dife­ rentes a los que en apariencia les son más propios. Esta es la explicación más sencilla de qué convierte a un texto en teo­ ría; las obras que se consideran teoría producen efectos más allá de su ámbito original. Se trata sin duda de una definición poco satisfactoria, pero al menos parece reflejar qué ha venido sucediendo en este campo desde los años sesenta: los estudios literarios han pres­ tado atención a escritos ajenos al ámbito literario, cuyos aná­ lisis del lenguaje, la mente, la historia o la cultura ofrecían explicaciones nuevas y convincentes para los problemas tex­

tuales y culturales. La teoría, en este sentido, no es un conjun­ to de métodos para el estudio literario, sino una serie no articu­ lada de escritos sobre absolutamente cualquier tema, desde las cuestiones más técnicas de filosofía analítica hasta las diversas maneras en que se ha pensado y se ha hablado de nuestro cuer­ po. El género «teoría» incluye obras de antropología, cinemato­ grafía, filosofía, filosofía de la ciencia, gender studies,' historia del arte, historia social y de las ideas, lingüística, psicoanálisis, sociología y teoría política. Esas obras responden a las discu­ siones propias de su campo, pero se han convertido en «teo­ ría» porque su perspectiva o sus razonamientos son sugerentes y útiles para estudiosos de otras disciplinas. Las obras que devienen «teoría» ofrecen explicaciones que otros pueden usar sobre muy diversas cuestiones: el significado, la naturale­ za y la cultura, el funcionamiento de la psique o la interrelación de la experiencia privada y la pública o de la experiencia individual y la de las grandes fuerzas históricas.

Los efectos de la teoría Si definimos la teoría por sus efectos prácticos, como aquello que altera nuestra perspectiva, que nos hace ver de forma di­ ferente nuestros objetos de estudio y las prácticas de análisis, ¿de qué tipo de efectos hablamos? El efecto más importante de la teoría es que pone en duda el «sentido común», las ideas que son de sentido común so­ bre el significado, la escritura, la literatura o la experiencia. Por ejemplo, la teoría cuestiona: • la concepción de que el significado de un enunciado o un texto se corresponde con lo que el autor «quería decir»; 1. Literalmente, «estudios del género (sexual)», corriente de la crítica norteamericana moderna, en la que cobran gran importancia las nociones del sexo y la orientación sexual de los diversos participantes en la comu­ nicación literaria. El nombre del movimiento juega en parte con los genre studies o estudios sobre el género literario. (N. del t.)

• la idea de que la escritura expresa una verdad que resi­ de fuera del texto, en la experiencia o la situación que expresa; • o la noción de que la realidad es lo que está «presente» en un momento dado. La teoría es, con frecuencia, una crítica belicosa de las no­ ciones de sentido común y, más todavía, intenta demostrar que lo que damos por seguro como «de sentido común» es, de hecho, una construcción histórica, una teoría particular que ha llegado a parecemos tan natural que ya ni siquiera la percibimos como teoría. Al ofrecer una crítica de lo aparen­ temente razonable y desarrollar la exploración consiguiente de concepciones alternativas, la teoría nos lleva a cuestionar las premisas o los supuestos más básicos en el estudio de la literatura, y perturba todo lo que se puede haber dado hasta ahora por sentado: ¿Qué es el significado? ¿Qué es un autor? ¿Qué es leer? ¿Qué es el «yo» o el sujeto que escribe, el que lee, el que actúa? ¿Qué relación hay entre los textos y las cir­ cunstancias en que se producen? Pero ¿podemos ver algún ejemplo de «teoría»? En lugar de hablar sobre la teoría en general, sumerjámonos al fin en la obra de dos de los teóricos más influyentes y veamos a qué conclusiones llegamos. Trataremos dos casos relacionados pero dispares, que implican críticas a algunas ideas de sentido co­ mún sobre el «sexo», la «escritura» y la «diferencia».

Foucault y el sexo En su libro La historia de la sexualidad, el historiador de las ideas Michel Foucault somete a análisis la que llama «hipóte­ sis represiva»: el lugar común según el cual el sexo es algo que, en épocas precedentes, particularmente en el siglo X IX , ha sido reprimido y que la modernidad ha luchado por li­ berar. No obstante, Foucault plantea que, lejos de ser algo natural que hubiera sido reprimido, el «sexo» es una idea compleja creada por la confluencia en el siglo X I X de un con­

glomerado de prácticas sociales, investigaciones, actos de con­ versación y escritura; creada por «discursos» o «prácticas dis­ cursivas», en resumen. Todos los mensajes —de médicos, no­ velistas, psicólogos, moralistas, asistentes sociales, políticos o la iglesia— que relacionamos con la idea de la represión de la sexualidad fueron, de hecho, maneras de provocar el naci­ miento de ese algo que llamamos «sexo». Escribe Foucault: «la noción de “sexo” permitió agrupar en una unidad artificial elementos anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensa­ ciones, placeres, y permitió el funcionamiento como principio causal de esa misma unidad ficticia; como principio causal, pero también como sentido omnipresente, secreto a descu­ brir en todas partes». Con ello Foucault no pretende negar que haya actos físicos de relación sexual, o que los seres hu­ manos tengan un sexo biológico y órganos sexuales; afirma más bien que el siglo X IX encontró nuevas maneras de agrupar bajo una única categoría (el «sexo») una serie de cosas que son en potencia bastante diferentes: ciertos actos, que llama­ mos sexuales; distinciones biológicas; partes del cuerpo; reac­ ciones psicológicas y, sobre todo, significados sociales. Las maneras en que se hablaba y se trataba de esas conductas, sen­ saciones y funciones biológicas dio lugar a algo diferente, a una unidad artificial llamada «sexo», que pasó a ser conside­ rada como fundamental para la identidad del individuo. Pos­ teriormente se operó un trastrocamiento crucial en la relación, y esa cosa llamada «sexo» fue considerada la causa de la di­ versidad de fenómenos que anteriormente se había reunido para originar la idea. Este proceso otorgó a la sexualidad una importancia y un papel nuevos, convirtiéndola en el secreto de la naturaleza del individuo. Hablando de la importancia del «impulso sexual» y de nuestra «naturaleza sexual», Foucault observa que se ha alcanzado un punto en que hemos llegado ahora a pedir nuestra inteligibilidad a lo que durante tantos siglos fue considerado locura, ... nuestra iden­ tidad a lo que se percibía como oscuro empuje sin nombre. De ahí la importancia que le prestamos, el reverencial temor

con que lo rodeamos, la aplicación que ponemos en cono­ cerlo. De ahí el hecho que, a escala de los siglos, haya llega­ do a ser más importante que nuestra alma. La manera en que el sexo fue convertido en el secreto del ser del individuo, en un venero clave de nuestra identidad como individuos, se puede ilustrar por ejemplo con la creación en el siglo X IX del «homosexual» como categoría, casi como «especie». En períodos anteriores se habían estigmatizado las relaciones sexuales entre individuos del mismo sexo (como la sodomía), pero en ese momento dejó de ser una cuestión de actuación para convertirse en una cuestión de identidad; no de si uno había cometido actos prohibidos, sino de si «era» homosexual. La sodomía era un acto, escribe Foucault, pero «el homosexual es ahora una especie». Anteriormente existían actos homosexuales que una persona podía realizar; ahora es más bien un núcleo o esencia sexual el que determina el ser auténtico del individuo: ¿se trata de un homosexual? En la perspectiva de Foucault, el «sexo» es construido por discursos relacionados con prácticas e instituciones so­ ciales de diversa clase: la manera en que los médicos, la igle­ sia, los funcionarios públicos, los asistentes sociales e incluso los novelistas tratan los fenómenos que identifican como sexua­ les. Sin embargo, esos discursos representan el sexo como si fuera previo a ellos. Modernamente se suele aceptar este úl­ timo enfoque y se acusa a esos discursos y prácticas sociales de intentar controlar y reprimir el sexo que, en la práctica, están construyendo. El análisis de Foucault invierte el proceso y considera el sexo antes un efecto que una causa; es decir, un producto de los discursos que pretenden analizar, describir y regular las actividades humanas. El razonamiento de Foucault ilustra cómo una discusión del campo de la historia se ha convertido en «teoría» porque ha inspirado a estudiosos de otros campos, que han hecho uso de ella. No se trata de una teoría de la sexualidad en el senti­ do de un conjunto de axiomas pretendidamente universales. Quiere ser el análisis de un desarrollo histórico concreto, pero

es evidente que tiene implicaciones más amplias, ya que im­ pulsa a sospechar de lo que se identifica como natural o como un hecho: ¿acaso no podrían haberlo generado, por el con­ trario, los discursos de los expertos, las prácticas ligadas a dis­ cursos del saber que dicen describirlo? Según la explicación de Foucault, lo que ha creado el «sexo» como un secreto de la naturaleza humana es la tentativa de conocer la verdad so­ bre los seres humanos.

Las jugadas de la teoría Una característica de la reflexión que se convierte en teoría es que realiza «jugadas» sorprendentes, que resultan útiles para el análisis de otros temas. Uno de estos movimientos es la hipótesis de Foucault conforme a la cual la supuesta oposi­ ción entre una sexualidad natural y las fuerzas sociales (el «poder») que la reprimen es en realidad, probablemente, una relación de complicidad: las fuerzas sociales originan la cosa («sexo») que aparentemente intentan controlar. Una jugada subsiguiente —el «bonus» de la partida, por llamarlo así— sería preguntarse qué se consigue al ocultar esta complicidad entre el poder y el sexo (supuestamente reprimido por el po­ der). ¿Qué se consigue al mostrar esta interdependencia no como dependencia, sino como oposición? La respuesta de Foucault es que así se enmascara la omnipresencia del poder: uno cree que está resistiéndose al poder al defender el sexo, y en realidad está operando completamente dentro de los términos establecidos por el poder. Por decirlo de otro modo, mientras esa cosa llamada «sexo» aparenta estar fuera del po­ der, como algo que las fuerzas sociales intentan en vano con­ trolar, el poder parece limitado, no parece demasiado pode­ roso (no puede domar al sexo). Pero en realidad el poder es omnipresente: está en todas partes. El poder, para Foucault, no es algo que se ejerce; se ejer­ ce la dualidad «poder/saber»: poder bajo la forma de saber o saber bajo la forma de poder. Lo que creemos saber del mun­

do —el armazón conceptual con el que se nos impulsa a pen­ sar sobre el mundo— ejerce un gran poder. Poder/saber ha originado, por ejemplo, la situación en la que se nos define por nuestro sexo; ha originado la situación que define a una mujer como alguien que se realizará como persona al tener una relación sexual con un hombre. La idea de que el sexo está fuera del poder y se opone a él oculta el alcance genera­ lizado del poder/saber. Hay que tener en cuenta diversos aspectos importantes de este ejemplo de teoría. La teoría de Foucault es analítica — analiza un concepto— pero es también inherentemente especulativa, pues no hay evidencia que permita demostrar que esta es la hipótesis correcta sobre la sexualidad. Es de­ cir, hay muchos elementos que hacen plausible su explica­ ción, pero no hay prueba determinante. Foucault llamó crí­ tica «genealógica» a este tipo de investigación: exponer cómo una categoría supuestamente fundamental, como la del «sexo», es producida por prácticas discursivas. Una crítica como esta no pretende decirnos qué es el sexo «en verdad», sino que intenta averiguar cómo se ha creado ese concepto. Obsérvese que, en su análisis, Foucault no habla en ningún caso de literatura; pero su teoría ha demostrado ser muy in­ teresante para los estudiosos de la literatura. Por un lado, porque la literatura trata de sexo; la literatura es uno de los lugares en donde se construye esa idea del sexo, y en la li­ teratura se encuentra una defensa de la noción de que la identidad más profunda de las personas está ligada al tipo de deseo que sienten por otro ser humano. La explicación de Foucault ha resultado importante para los estudiosos de la novela y también para los que trabajan en estudios gay y lesbiana, o en general en los gender studies. La influencia de Foucault reside particularmente en haber inventado nuevos objetos históricos: cosas como el «sexo», el «castigo» o la «locura», que no se había considerado previamente que tu­ vieran una historia. Sus obras tratan estos objetos como construcciones históricas y, por tanto, impulsan a analizar cómo las prácticas discursivas de un período —incluyendo la

literatura— pueden haber modelado las cosas que nos pare­ cen evidentes.

Derrida y la escritura Como segundo ejemplo de «teoría», tan influyente como la revisión foucaultiana de la historia de la sexualidad, pero con matices que ilustran algunas diferencias importantes, podría­ mos tomar el análisis que el filósofo Jacques Derrida dedicó a una discusión sobre la escritura y la experiencia en las Con­ fesiones, de Jean-Jacques Rousseau. A Rousseau se le ha atri­ buido con frecuencia el mérito de haber colaborado en el nacimiento de la noción moderna del yo individual. Pero antes, veamos algunos antecedentes. Tradicionalmen­ te, la filosofía occidental ha diferenciado la «realidad» de la «apariencia», las «cosas» en sí de sus «representaciones» y el «pensamiento» de los «signos» que lo expresan. Los signos y representaciones, en esta perspectiva, no son sino un camino de acercamiento a la realidad, a la verdad o a las ideas; y de­ ben ser lo más transparente posible, no deben estorbar, no han de afectar ni infectar el pensamiento o la verdad que repre­ sentan. Según este esquema, el habla parece ser la manifesta­ ción o la presencia inmediata del pensamiento, en tanto que la escritura, que opera en ausencia del emisario del mensaje, se ha considerado una representación artificial y secundaria del habla, un signo, potencialmente engañoso, de otro signo. Rousseau se inscribe en esta tradición, que ha pasado a integrarse en el sentido común, al escribir: «Los lenguajes es­ tán hechos para ser hablados; la escritura sirve sólo de suple­ mento al habla». En este punto interviene Derrida, pregun­ tándose «¿Qué es un suplemento?». En el Diccionario de uso del español de María Moliner2 se dice que un suplemento es 2. El autor citaba aquí la definición del Merriam Webster’s. Parte de las referencias culturales y ejemplos literarios, así como las tiras cómicas, se han adaptado en la versión española de este libro. (N. del t.)

un «complemento; cosa que sirve para completar otra o agran­ darla hasta cierta medida». Entonces, ¿la escritura «comple­ ta» a la palabra al suplir algo esencial que le faltaba? ¿O bien añade algo suplementario, de lo que el habla podría prescin­ dir tranquilamente? Rousseau caracteriza repetidamente la escritura como una mera adición, un añadido no esencial, in­ cluso una «enfermedad del habla»: la escritura se compone de signos que introducen la posibilidad de la confusión, pues se los lee en ausencia del hablante, que no está presente para aclarar o rectificar. No obstante, aunque Rousseau califique la escritura de suplemento no esencial, sus obras la reflejan como lo que completa o suple lo que se echa en falta en el ha­ bla: se hace intervenir a la escritura para compensar las im­ perfecciones del habla, como por ejemplo la posibilidad de confusión. Así, Rousseau escribe en las Confesiones, el libro que inaugura la noción del yo como realidad «interior» des­ conocida por la sociedad, que ha optado por escribir ese libro y esconderse de la sociedad porque en sociedad se mos­ traría «no sólo en desventaja, sino completamente diferente a lo que soy ... Si estuviera presente, la gente nunca hubiera conocido mi valor». Para Rousseau, entonces, su yo «verda­ dero» es diferente del yo que se muestra en la conversación con los demás, y requiere de la escritura para suplir los signos equívocos de su habla. La escritura adquiere de repente un papel esencial porque el habla tiene rasgos que antes parecían ser propios de la escritura: como la escritura, se compone de signos que no son transparentes, que no transmiten sin más el significado que el hablante tiene en mente, sino que están abiertos a la interpretación. La escritura es un suplemento del habla, pero el habla es igualmente un suplemento; los niños, escribe Rousseau, apren­ den rápidamente a hablar para «suplir su debilidad ... pues no es necesaria demasiada experiencia para darse cuenta del placer que supone actuar a través de las manos de otros y mo­ ver el mundo con solo mover la lengua». Derrida hace un movimiento de deriva característico de las obras de «teoría» y trata este caso concreto como ejemplo de una estructura

lógica general: una «lógica de la suplementariedad» que encuen­ tra en las obras de Rousseau. Esta lógica es una estructura en la que lo suplementado (el habla) acaba necesitando un suple­ mento, porque demuestra tener los mismos rasgos que origi­ nalmente se pensaba que caracterizaban exclusivamente al suplemento (la escritura). Intentaré explicarme. Rousseau necesita escribir porque cuando habla se le malinterpreta. O, en términos más generales, necesita signos por­ que las cosas en sí no le satisfacen. En las Confesiones des­ cribe su amor adolescente por Madame de Warens, en cuya casa residía y a la que llamaba «Maman»: No acabaría nunca si tuviera que describir en detalle todas las locuras que el recuerdo de mi querida Maman me hacía cometer cuando ya no estaba en su presencia. Cuántas veces besé mi cama, recordando que ella había dormido allí, mis cortinas y todos los muebles de la sala, pues pertenecían a ella y su mano hermosa los había tocado, incluso el suelo, sobre el que me postraba, pensando en cómo ella había dis­ currido por él. Esos objetos que menciona Rousseau funcionan, en la ausencia de Maman, como suplementos o sustitutos de su pre­ sencia. Pero resulta que incluso en su presencia se mantiene la misma estructura, la misma necesidad de suplementos. El texto continúa: En ocasiones cometía, incluso en su presencia, extrava­ gancias que sólo el más violento amor parecía capaz de ins­ pirar. Un día, sentados a la mesa, justo cuando se había in­ troducido un bocado en la boca, grité que había un pelo en él. Dejó el bocado de nuevo en el plato; yo lo agarré y lo deglutí con avidez. La ausencia de Maman, cuando ha de conformarse con sustitutos o signos que la recuerdan, se contrasta primero con su presencia. Pero se advierte que su presencia no es un momento de satisfacción, de acceso inmediato a la cosa mis­

ma, sin suplementos ni signos intermedios; en su presencia la estructura, la necesidad de suplementos es exactamente la misma. De aquí el grotesco incidente de tragarse la comida que ella se había llevado a la boca. La cadena de sustitucio­ nes podría continuar; incluso si Rousseau llegara a, como se suele decir, «poseerla», perduraría la sensación de que Maman se le escapa y de que sólo es posible prometerse te­ nerla o recordar haberla tenido. Y quizá Maman sea también un sustituto de la madre que Rousseau nunca tuvo; madre que, a su vez no hubiera sido suficiente y que, como todas las madres, hubiera generado insatisfacción y requerido suple­ mentos. «A través de esta serie de suplementos», escribe Derrida, «emerge una ley: la de una serie vinculada infinitamente, que multiplica ineludiblemente las mediaciones suplementarias que producen la sensación de la misma cosa que postergan: la impresión de la cosa en sí, de presencia inmediata o de per­ cepción imaginaria. Se deriva la inmediatez. Todo empieza por el intermediario». Cuanto más insiste un texto en la im­ portancia de la presencia de la cosa misma, más resulta que muestra la necesidad de intermediarios. Estos signos o suple­ mentos son en realidad los responsables de que creamos que hay algo ahí fuera (como Maman) que podemos tocar y com­ prender. Lo que estos textos nos enseñan es que la idea del original la crean las copias, y que el original siempre resulta diferido y no podemos alcanzarlo nunca. La conclusión es que no podemos seguir manteniendo lo que nos dicta nuestro sen­ tido común: que la realidad está presente y que el original es lo que estuvo presente. La experiencia, por el contrario, sufre la mediación de los signos y el «original» es generado como efecto de los signos o suplementos. Para Derrida, los textos de Rousseau, entre otros, nos pro­ ponen que no concibamos la vida como una realidad exterior a la que se superponen signos y textos con la mera función de representarla, sino más bien como algo bañado de signos, convertido en lo que es por procesos de significación. Una obra puede pretender que la realidad es previa al significado,

pero de hecho muestra, en una formulación que se ha hecho famosa, que «il n’y a pas de hors-texte» («No existe lo fueradel-texto»): cuando creemos estar fuera de los signos y el tex­ to y alcanzar la «realidad en sí misma», lo que encontramos es más texto, más signos, cadenas de suplementos. Escribe Derrida: Lo que hemos intentado mostrar al seguir el hilo conduc­ tor del «suplemento peligroso» es que en lo que llamamos la vida real de esas criaturas «de carne y hueso» ... nunca ha habido más que escritura, nunca ha habido más que suple­ mentos y significados sustitutivos que sólo podían generarse en una cadena de relaciones diferenciales ... Y así indefinida­ mente, pues hemos leído en el texto que el presente absoluto, la Naturaleza, lo que nombramos con palabras como «madre real», etc., siempre se ha escapado, nunca ha existido; que es la escritura, en tanto que desaparición de la presencia na­ tural, la que inaugura el significado y el lenguaje. Esto no quiere decir que no haya diferencia entre la pre­ sencia de Maman o su ausencia, o entre un suceso «real» y uno de ficción; implica que su presencia no es sino una forma par­ ticular de la ausencia, que continúa precisando de mediacio­ nes y suplementos.

Qué nos muestran estos ejemplos Foucault y Derrida entran con frecuencia en una misma lista, la de los teóricos «postestructuralistas» (véase el Apéndice), pero estos dos ejemplos de teoría presentan diferencias nota­ bles. Derrida realiza una lectura, una interpretación de textos en los que identifica el funcionamiento de una lógica. La pro­ puesta de Foucault, por el contrario, no se basa en textos (de hecho, cita un número sorprendentemente escaso de docu­ mentos o prácticas discursivas), sino que ofrece un esquema conceptual genérico para pensar sobre los textos y los discur­ sos en general. La interpretación de Derrida muestra hasta qué

punto una obra literaria, como por ejemplo las Confesiones de Rousseau, es en sí misma teórica: por una parte, ofrece un ra­ zonamiento especulativo explícito sobre la escritura, el deseo y la sustitución o suplementación, pero al mismo tiempo nos lleva a pensar sobre estos temas de acuerdo con formas implí­ citas en el texto. Foucault, por su parte, no nos propone con­ siderar cuán penetrantes o sabios son los textos, sino en qué medida los discursos de médicos, científicos y novelistas, entre otros, crean los objetos que dicen meramente analizar. Derri­ da muestra que las obras literarias son teóricas, Foucault que los discursos del saber son creativamente productivos. También parece haber diferencias en las pretensiones de ambos y en las implicaciones que se derivan. Derrida quiere explicarnos qué dicen o muestran los textos de Rousseau, por lo que la cuestión que surge a continuación es saber si lo que dicen los textos de Rousseau es cierto o no. Foucault aspira a analizar un momento histórico determinado, de lo que se de­ riva la cuestión de si sus grandes generalizaciones son aplica­ bles también a otras épocas o lugares. Derivar cuestiones im­ plicadas en las afirmaciones, como acabamos de hacer, es ya una manera de entrar en la «teoría» y practicarla. Ambos ejemplos ponen de manifiesto que la teoría impli­ ca una forma práctica de especulación: las nuevas explicacio­ nes del deseo, el lenguaje, etc., suponen un desafío a nuestras ideas previas (que exista algo natural llamado «sexo», o que los signos representen realidades preexistentes). De ese modo, nos incitan a pensar de nuevo en las categorías a las que recu­ rrimos para reflexionar sobre literatura. Estos ejemplos mues­ tran la que ha sido la tarea principal de la teoría más reciente: la crítica de todo lo que se toma por natural, la demostración de que todo lo que se ha pensado o declarado como «natural» es en realidad un producto histórico y cultural. Se podrá com­ prender lo que sucede recurriendo a un nuevo ejemplo: cuan­ do Aretha Franklin canta You make me feel like a natural woman («Haces que me sienta como una mujer naturab>), pare­ ce contenta de hallarse confirmada en una identidad sexual «natural», previa a la cultura, cuando un hombre la trata de

determinada manera. Pero a la vez esta formulación, «haces que me sienta como una mujer natural», sugiere que la identi­ dad supuestamente natural o dada es un rol cultural, un efec­ to producido dentro de una cultura: la Franklin no es una mujer natural, tiene que lograr sentirse como si lo fuera. La mu­ jer natural es un producto cultural. La teoría ofrece razonamientos análogos al anterior; man­ tiene por ejemplo que los acuerdos e instituciones sociales, aparentemente naturales, e igualmente los hábitos de pensa­ miento de una sociedad, son producto de relaciones econó­ micas subyacentes y luchas continuadas por el poder; o que los fenómenos de la vida consciente pueden ser producidos por fuerzas inconscientes; o que lo que llamamos el yo o su­ jeto se produce en y a través de sistemas lingüísticos y cultu­ rales; o, en fin, que lo que llamamos «presencia», «origen» o «el original» son efectos de repetición creados por las copias. En definitiva, ¿qué es la teoría? Hemos visto hasta el mo­ mento cuatro rasgos principales: 1. 2.

3. 4.

La teoría es interdisciplinaria; su discurso causa efec­ to fuera de la disciplina de origen. Es analítica y especulativa; intenta averiguar qué se implica en lo que llamamos sexo, lenguaje, escritura, significado o sujeto. Critica las nociones de sentido común y los concep­ tos considerados naturales. Es reflexión, pensamiento sobre el pensamiento, un análisis de las categorías que utilizamos para dar sen­ tido a las cosas en literatura y el resto de prácticas dis­ cursivas.

Como consecuencia, la teoría intimida. Una de las carac­ terísticas más descorazonadoras de la teoría actual es que no tiene fin. No es algo que se pueda llegar a dominar, no es un grupo cerrado de textos que se puedan aprender para «saber teoría». Es un muestrario inconexo de escritos que crece sin cesar, pues tanto los recién llegados como los veteranos criti-

can las directrices anteriores defendiendo las contribuciones teóricas de nuevos autores o redescubriendo autores anterio­ res que en su momento habían quedado al margen. En este escenario intimidador, el protagonismo pasa sin cesar a mano de nuevos autores: «¿Cómo? ¡No has leído a Lacan! ¿Y cómo pretendes hablar de poesía sin tener en cuenta el estadio del espejo en la constitución del sujeto?», o bien «¿Cómo puedes escribir sobre la novela victoriana sin recurrir a la explicación foucaultiana del despliegue de la sexualidad y la histerización del cuerpo de la mujer sin olvidar la demostración que hizo Gayatri Spivak de cómo afecta el colonialismo a la construc­ ción del sujeto de la metrópolis?». Actualmente, la teoría es como una sentencia diabólica que condena a leer obras difí­ ciles de campos no familiares, en la que el completar una ta­ rea no supone un respiro sino una nueva asignatura pendien­ te: «¿Spivak? Claro, pero... ¿has leído la crítica que le hizo Benita Parry, y la respuesta posterior de Spivak?». La imposibilidad de dominarla es una de las causas más importantes de la resistencia a la teoría. No importa cuánto

creas saber; nunca sabrás con certeza si «tienes que leer» a Jean Baudrillard, Mijail Bajtin, Walter Benjamín, Héléne Cixous, C. L. R. James, Melanie Klein o Julia Kristeva o bien si puedes olvidarlos «sin peligro». (Dependerá, claro, de quién seas tú y de quién quieras ser.) Gran parte de la hosti­ lidad contra la teoría proviene sin duda de que admitir su im­ portancia es comprometerse sin término límite a quedar en una posición en la que siempre habrá cosas importantes que no sepamos. Pero eso es señal de que estamos vivos. Sin embargo, la teoría invita a desear la excelencia; se sue­ le creer que la teoría nos dará los conceptos necesarios para organizar y comprender los fenómenos que nos importan. Pero la teoría imposibilita tal maestría, no ya sólo porque no lo podamos saber todo, sino especialmente —y eso duele más— porque la teoría es en sí misma el cuestionamiento de las presunciones y los supuestos en que las basamos. La na­ turaleza de la teoría consiste en deshacer lo que uno creía saber, mediante un combate de premisas y postulados; por tanto, no se puede predecir qué efectos se derivarán de la teoría. No se domina un tema, pero tampoco permanecemos en el punto de partida; contamos con nuevas maneras de re­ flexionar sobre lo que leemos, con preguntas nuevas y con una idea más ajustada de qué implicaciones tienen las pre­ guntas que hacemos a los libros que leemos. En consecuencia, esta Breve introducción no convertirá a los lectores en maestros, y no sólo por su brevedad; pero per­ fila líneas significativas del pensamiento y delimita las áreas de debate recientes, especialmente las propias de la literatura. Presenta ejemplos de investigación teórica, con la esperanza de que resulten valiosos para el lector y le animen a catar los placeres del pensamiento teórico.

2 ¿Q U É ES LA LITERA TU RA , Y Q U É IM PORTA LO Q U E SEA ?

¿Qué es la literatura? Uno pensaría que esa ha de ser una cuestión central en la teoría literaria, pero en realidad no pa­ rece haber importado demasiado. ¿Por qué razón? Al parecer hay sobre todo dos razones. ¡En primer lugar, dado que la propia teoría entremezcla ideas de la filosofía, la lingüística, la historia, la teoría política y el psicoanálisis, ¿por qué habríamos de preocupamos de si los textos que leemos son literarios o no? Los estudiantes y los profesores de litera­ tura tienen hoy a su alcance una larga serie de proyectos de investigación sobre los que escribir y leer — «imágenes de la mujer a principios del siglo X X » , por poner un ejemplo— que dan cabida con igual derecho a textos tanto literarios como no literarios. Se pueden estudiar las novelas de Virginia Woolf, la narración de los casos clínicos de Freud o incluso esos dos ám­ bitos, y no parece que la distinción sea crucial para el método. No se trata de que todos los textos sean de algún modo igua­ les: algunos se consideran más ricos, más poderosos, ejem­ plares, revolucionarios o fundamentales, por las razones que sean. Pero ambas obras, las literarias y las no literarias, pue­ den estudiarse conjuntamente y con métodos parejos.

Literariedad fuera de la literatura En segundo lugar, la distinción no es crucial porque diversas obras de teoría hayan descubierto lo que podríamos llamar, simplificando al máximo, la «literariedad» de numerosos fenó­ menos no literarios. .Muchos de los rasgos que con frecuen­

cia se han tenido por literarios resultan ser también fundamen­ tales en discursos y prácticas no literarios. Por ejemplo, en las discusiones recientes sobre la naturaleza de la comprensión his­ tórica, se ha tomado como modelo el análisis de la compren­ sión de una narración. Un historiador no ofrece propiamente explicaciones equiparables a las leyes científicas con valor predictivo; no puede mostrar que si X se da conjuntamente con Y, entonces indefectiblemente pasará Z. Lo que hace, más bien, es mostrar cómo un hecho condujo a otro, qué produjo que estallara una guerra mundial y no por qué tenía que esta­ llar. El modelo subyacente a la explicación histórica es, por tanto, la lógica de la narración: la manera en que las narracio­ nes muestran que algo ocurre, al engranar la situación inicial, el desarrollo y el resultado de modo que adquieran sentido. El modelo de inteligibilidad histórica es, en resumen, el de la narración literaria. Los que gustamos de leer y escuchar relatos podemos determinar con facilidad si la trama tiene sentido y es coherente, o si la historia ha quedado sin final. Si tanto la narrativa histórica como la literaria se caracterizan por los mismos modelos de lo que tiene sentido y lo que es­ tructura una historia, entonces deja de parecer un problema teórico urgente la distinción entre ambas. Asimismo, la teoría ha insistido en la importancia crucial que en muchos textos no literarios —ya se trate de las narra­ ciones freudianas de casos clínicos o de obras de discusión filosófica— tienen recursos retóricos como la metáfora, que se creía definitoria de la literatura, pero solía concebirse como me­ ramente ornamental en otros tipos de discurso. Al mostrar cómo una figura retórica puede dar forma al pensamiento en discursos no literarios, los teóricos han demostrado la profun­ da literariedad de esos textos supuestamente no literarios, com­ plicando así la separación entre lo literario y lo no literario. Sin embargo, el mismo hecho de referirnos al descubri­ miento de la «literariedad» de fenómenos no literarios para describir esta situación indica que la noción de literatura con­ tinúa desempeñando un determinado papel que debemos desentrañar.

¿De qué pregunta se trata? Nos encontramos de vuelta en la pregunta inicial, «¿Q ué es la literatura?», que no encuentra respuesta. ¿De qué pregun­ ta se trata, sin embargo? Si fuera un chavalín de cinco años el que se acercara a preguntármelo, lo tendría fácil: «L a litera­ tura son los cuentos, los poemas y el teatro», le diría. Pero si me lo pregunta un teórico, es difícil saber cómo afrontar la pregunta; quizá me interpela sobre la naturaleza general del objeto «literatura», que los dos conocemos a fondo. ¿Qué tipo de objeto o de actividad es? ¿Qué hace? ¿A qué fin atiende? En tal caso, «¿Q ué es literatura?» no reclama una definición, sino más bien un análisis, incluso la discusión sobre por qué hay que ocuparse de la literatura. Pero «¿Q ué es literatura?» podría ser igualmente una pre­ gunta sobre los rasgos distintivos de las obras que coincidi­ mos en llamar literarias: ¿qué las distingue de las no litera­ rias?, ¿qué diferencia a la literatura de otras actividades o en­ tretenimientos del ser humano? Esta cuestión podría tener como origen el dudar sobre cómo decidir qué libro es litera­ tura y cuál no; pero es más probable que ya se tenga una idea previa de qué se considera literario y se quiera saber algo diferente: ¿existen rasgos distintivos esenciales presentes en todas las obras literarias? Es difícil responder a eso. La teoría ha pugnado por en­ contrar la respuesta, pero sin demasiado éxito. Las razones están al alcance de todos: las obras literarias son de todos los tamaños y colores, y la mayoría parece tener más aspectos en común con obras que pocas veces llamamos literatura que con otras que son reconocidamente literarias. Así, jane Eyre, de Charlotte Bronté, se parece bastante más a una autobio­ grafía que a un soneto; y un poema de Robert Burns —«My love is like a red, red rose» («Mi amada es una rosa, una rosa roja»)— se parece más a una canción popular que a Hamlet. ¿Existen rasgos compartidos por los poemas, las obras de teatro y las novelas que los distingan de, pongamos por caso,

las canciones, la transcripción de una conversación o las autobiografías?

Perspectiva histórica Basta con contemplarla bajo una ligera perspectiva histórica para que la cuestión se nos complique más. Lo que hoy lla­ mamos literatura se ha venido escribiendo desde hace más de veinticinco siglos, pero el sentido actual de la palabra litera­ tura se remonta a poco más allá de 1800. Antes de esa fecha, literatura y términos afines en otras lenguas europeas signifi­ caban «escritos» o «conocimiento erudito». Todavía hoy se conserva en inglés o alemán la acepción común de «biblio­ grafía» o «estudios» para litterature y Literatur, e incluso en español cabe esa acepción cuando se habla, por ejemplo, de «literatura médica». Las obras que hoy se estudian como lite­ ratura inglesa, española o latina en las escuelas y universi­ dades antes se consideraban sólo ejemplos excelsos del uso posible del lenguaje y la retórica, y no un tipo particular de escritura. Eran muestras de una categoría mayor de prácticas ejemplares de la escritura y el pensamiento, que incluía el dis­ curso retórico, los sermones, la historia y la filosofía. No se pedía a los estudiantes que los interpretaran, en el sentido en que se interpretan hoy las obras literarias, procurando explicar «de qué tratan en realidad». Se llevaban a cabo otras tareas; los estudiantes memorizaban las obras, estudiaban su gramá­ tica, identificaban sus figuras retóricas y las estructuras o pro­ cedimientos de la argumentación. Una obra como la Eneida de Virgilio, que hoy se estudia como literatura, recibía un tra­ to muy diferente en las escuelas de antes de 1850. El sentido moderno de literatura en Occidente, entendi­ da como un escrito de imaginación, tiene su origen en los teó­ ricos del Romanticismo alemán de la transición de los si­ glos x v i i i y xix y, por buscar una fuente concreta, en el libro que publicó en 1800 la baronesa francesa Madame de Staél, muy cercana a los primeros románticos alemanes: De la lite­

ratura considerada en sus relaciones con las instituciones socia­ les. Pero incluso si nos limitamos a los dos últimos siglos, la categoría de literatura escapa a nuestra definición: ¿acaso ciertas obras que hoy consideramos literatura —poemas sin rima ni metro aparente, escritos en el lenguaje propio de la conversación ordinaria— hubieran cumplido los requisitos para que Madame de Staél los calificara de «literatura»? Y de­ beríamos dar entrada en nuestras consideraciones a las cultu­ ras no europeas, lo que complica todavía más la cuestión. Uno siente la tentación de abandonar y concluir que es literatura lo que una determinada sociedad considera literatura; un con­ junto de textos que los árbitros de esa cultura reconocen como pertenecientes a la literatura. Desde luego, una conclusión como esta es totalmente insatisfactoria. No resuelve la cuestión, sólo la desplaza; en lugar de preguntarnos qué es la literatura, debemos pregun­ tarnos ahora qué es lo que nos impulsa (a nosotros, o a los miembros de otra sociedad) a tratar algo como literatura. Sin embargo, lo mismo ocurre en otras categorías, que no se refie­ ren a propiedades específicas sino sólo a los criterios, varia­ bles, de cada grupo social. Tómese por ejemplo una pregun­ ta como «¿Qué es una mala hierba?». ¿Existe una esencia de la «malayerbidad», un algo especial, un no sé qué, que las malas hierbas comparten y que las distingue de las otras plan­ tas? Quien con su mejor voluntad se haya puesto a escardar un jardín sabe cuánto cuesta distinguir una mala hierba de las otras plantas, y se preguntará cuál es el secreto. ¿Qué puede ser? ¿Cómo se reconoce una mala hierba? Bien, el secreto es que no hay secreto. Las malas hierbas son sencillamente plan­ tas que los jardineros no quieren que crezcan en su jardín. Quien tenga curiosidad por ellas perderá el tiempo si busca la naturaleza botánica de la «malayerbidad», las característi­ cas físicas o formales que hacen que una planta sea una mala hierba. En lugar de eso hay que emprender estudios históri­ cos, sociológicos y quizá psicológicos sobre los tipos de planta que se consideran indeseables por parte de diferentes grupos en diferentes lugares.

Quizá la literatura es como las malas hierbas. Pero esta respuesta no elimina la pregunta; la reformula de nuevo: ¿qué elementos de nuestra cultura entran en juego cuando trata­ mos un texto como literatura? Tratar textos como literatura Supongamos que nos encontramos con una frase como la siguiente: We dance round in a ring and suppose, But the Secret sits in the middle and knows. (Bailamos en círculo y suponemos, Pero el Secreto sabe, sentado en el centro.) Bueno, ¿de qué se trata, y cómo lo sabemos? Dependerá en gran parte de dónde encontremos este texto. Si aparece en el apartado de horóscopo de un periódico, no será más que una redacción inusualmente enigmática; pero si tiene valor de ejemplo, como en esta ocasión, podemos indagar las diversas posibilidades que nos ofrecen los usos corrientes del lengua­ je. ¿Es quizá una adivinanza, y nos toca adivinar el Secreto? O tal vez se trate de publicidad de un producto nuevo, el Secreto, pues es frecuente que la publicidad recurra a la rima — «Winston tastes good, like a cigarette should», «Recuérda­ lo: con agua sólo cueces, con Avecrem enriqueces»— y se ha ido volviendo progresivamente más enigmática, para intentar impactar a un público cada vez cansado. Aun así, esta frase parece desligada de todo contexto práctico imaginable, in­ cluida la venta de un producto. Si añadimos que el texto rima y que, tras las dos primeras palabras, sigue un esquema rít­ mico regular de alternancia de sílabas átonas y tónicas (roundin-a-ríng-and-sup-póse), surge la posibilidad de que este texto pueda ser poesía, una muestra de literatura. Algo no cuadra del todo, sin embargo; lo que origina la posibilidad de que estemos ante un texto literario es que no

tiene utilidad práctica evidente, pero ¿podemos conseguir ese mismo efecto si sacamos otras frases del contexto en que se clarifica su función? Tomemos una frase de un libro de ins­ trucciones, un prospecto, un anuncio, un periódico, y escri­ bámosla aislada sobre el papel: Agítese enérgicamente y déjese reposar cinco minutos. ¿Es literatura? ¿Lo he convertido en literatura al sacarlo del contexto práctico de unas instrucciones? Tal vez sí, pero no está muy claro que lo haya logrado. Parece que nos falta algo: la frase no tiene recursos que nos permitan trabajar so­ bre ella. Para que fuera literatura necesitaríamos, acaso, in­ ventar un título cuya relación con el «verso» creara problemas y obligara a ejercitar la imaginación: «El secreto», por ejem­ plo, o «La esencia de la compasión». No obstante, sería bastante más fácil sí la frase sonara algo así como «Una nube de azúcar al alba, en la almohada», que parece tener más oportunidades de ser literatura, pues no puede ser nada más que una imagen, lo que invita a un cier­ to tipo de atención, invita a pensar. Eso sucede con los textos en los que la relación entre forma y contenido puede dar que pensar. En esta perspectiva, la frase que abre un libro de filo­ sofía como el de W. O. Quine, From a Logical Point of View, podría ser considerada un poema: Una cosa extraña sobre el problema ontológico es su sencillez. Dispuesta en la página en esas tres líneas y rodeada de intimidatorios márgenes de silencio, la frase puede despertar una forma de atención que podríamos llamar «literaria»: un interés por las palabras, por cómo se relacionan entre sí, qué implican, y especialmente un interés por saber cómo se rela­ cionan lo dicho y la manera en que se dice. Es decir, por es­ tar escrita de esa manera, la frase parece capaz de responder a la idea moderna de poema y al tipo de atención que se aso­

cia hoy con la literatura. Si alguien nos dijera este enunciado, le preguntaríamos qué quiere decir; pero al tomarlo como un poema, la pregunta ya no es la misma; no se trata de qué quie­ re decir el emisor o el autor, sino qué quiere decir el poema; cómo funciona su lenguaje; qué hace este texto, en definitiva. Si aislamos la primera frase, «Una cosa extraña», se deriva la cuestión de qué es una cosa y cuándo una cosa es extraña. «¿Qué es una cosa?» es precisamente una de las cuestiones de la ontología, la ciencia del ser, el estudio de lo que es o existe. Pero «cosa» en el sintagma «una cosa extraña» no se refiere a un objeto físico, sino a algo parecido a una relación o un as­ pecto que no parecen existir de la misma manera que existe una casa o una piedra. La frase, por tanto, postula la sencillez pero no practica lo que postula, sino que ilustra, en esa ambi­ güedad de la cosa, una parte de los imponentes problemas que afronta la ontología. Sin embargo, la propia sencillez del poe­ ma — el hecho de que se pare después de «sencillez», como si no fuera necesario añadir nada— otorga credibilidad a la por otra parte inverosímil afirmación de la sencillez. En cualquier caso, si la aislamos de este modo, la frase puede generar una actividad como la que hemos desarrollado: el modelo de acti­ vidad interpretativa que asociamos con la literatura. ¿Qué nos dicen sobre la literatura experimentos como es­ tos? Nos sugieren, en primer lugar, que si se aísla el lenguaje de otros contextos, si se lo separa de otros propósitos, puede ser luego interpretado como la literatura (a condición de que posea algunas cualidades que le permitan responder a esa forma de interpretación). Si la literatura es lenguaje descontextualizado, apartado de otras funciones o propósitos, es también en sí misma un contexto, que suscita formas especia­ les de atención. Así, por ejemplo, el lector de literatura pres­ tará atención a la complejidad potencial del texto y buscará significados implícitos; sin que ello implique, además, que el enunciado le esté exigiendo un comportamiento concreto. Describir la «literatura» sería, entonces, determinar qué con­ junto de supuestos y operaciones interpretativas aplica el lec­ tor en su acercamiento a esos textos.

Ha estado leyendo dos horas seguidas... pero el muy inconsciente no se había entrenado nada.

Las convenciones de la literatura El análisis de la narración (y englobamos bajo «narración» desde la anécdota personal a una novela entera) ha permitido observar la vigencia de un acuerdo o convención que, aunque se presenta bajo el formidable nombre de «principio de coo­ peración hiperprotegido», es en realidad muy sencillo. Por una parte, nuestra comunicación diaria depende de una con­

vención fundamental: los participantes cooperan unos con otros y, por tanto, se comprometen a intercambiarse infor­ mación relevante para la conversación. Si le pregunto a al­ guien si Manuel es un buen estudiante y me responde que «suele ser puntual», interpretaré la respuesta presuponiendo que mi interlocutor coopera conmigo y que lo que me dice es relevante; de modo que no me quejaré de que no me haya res­ pondido, sino que entenderé que la respuesta está implícita y se quiere decir que, aparte de la puntualidad, poco más se puede añadir de positivo sobre Manuel como estudiante. Mientras no se demuestre lo contrario, un hablante presupo­ ne que la persona con la que habla coopera con él. En cuanto a la narración literaria, considerémosla parte de una clase mayor de textos, los «textos expositivos narra­ tivos»; la relevancia de estos enunciados no depende de la información que aportan a su oyente o lector, sino de su «explicabilidad». Tanto si explicamos una anécdota a un amigo como si escribimos una novela para la posteridad, lo que ha­ cemos es muy diferente de lo que se hace, por ejemplo, al tes­ tificar en un juicio: intentamos crear una historia que «valga la pena» para el oyente; que tenga algún tipo de finalidad o de sentido, que divierta o entretenga. Lo que distingue a los textos literarios de otros textos expositivos igualmente narra­ tivos es que han superado un proceso de selección: han sido publicados, reseñados e impresos repetidamente, de modo que un lector se acerca a ellos con la seguridad de que a otros antes que a él les ha parecido que estaban bien construidos y «valían la pena». Por tanto, en la comunicación literaria, el principio de cooperación está «hiperprotegido». Nos hare­ mos cargo de las oscuridades o irrelevancias manifiestas que encontremos, sin suponer que carecen de sentido. El lector presupone que las dificultades que le causa el lenguaje litera­ rio tienen una intención comunicativa y, en lugar de imaginar que el hablante o el escritor no está cooperando en la comu­ nicación (como podríamos pensar en otros contextos), se esforzará por interpretar esos elementos que incumplen las convenciones de la comunicación eficiente integrándolos en

un objetivo comunicativo superior. La «literatura» es una eti­ queta institucionalizada que nos permite esperar razonable­ mente que el resultado de nuestra esforzada lectura «valdrá la pena»; y gran parte de las características de la literatura se deriva de la voluntad de los lectores de prestar atención y ex­ plorar las ambigüedades, en lugar de correr a preguntar «¿qué quieres decir con eso?».) La literatura, podríamos concluir, es un acto de habla o un suceso textual que suscita ciertos tipos de atención. Contrasta con otras clases de actos de habla, como es el transmitir infor­ mación, preguntar o hacer una promesa. En la mayoría de ca­ sos, lo que como lectores nos impele a tratar algo como litera­ tura es, sencillamente, que lo encontramos en un contexto que lo identifica como tal: en un libro de poemas, en un apartado de una revista o en los anaqueles de librerías y bibliotecas.

Una incógnita pendiente Nos queda todavía una incógnita por resolver. ¿Hay acaso maneras especiales de manejar el lenguaje que nos indiquen que lo que leemos es literatura? ¿O, por el contrario, cuando sabemos que algo es literatura le prestamos una atención di­ ferente a la que damos a los periódicos y, en resultas, encon­ tramos significados implícitos y un manejo especial del len­ guaje? La respuesta más factible es que se dan ambos casos; a veces el objeto tiene características que lo hacen literario y otras veces es el contexto literario el que motiva la decisión. Que el lenguaje esté estructurado de forma rigurosa no es su­ ficiente para convertir un texto en literario; no hay ningún texto más estructurado que la guía de teléfonos... Y no po"demos tampoco convertir el primer texto que se nos ocurra en literario con solo aplicarle ese calificativo; no puedo tomar mi viejo manual de química y leerlo como una novela. Por una parte, entonces, la literatura no es un mero mar­ co en el que quepa cualquier forma de lenguaje, y no todas las frases que dispongamos en un papel como si fueran un poe­

ma lograrán funcionar como literatura. A su vez, no obstante, la literatura es más que un uso particular del lenguaje, pues muchas obras no hacen ostentación de esa supuesta diferen­ cia; funcionan de un modo especial porque reciben una aten­ ción especial. Nos las vemos con una estructura complicada. Las dos perspectivas se superponen parcialmente, se entrecruzan, pero no parece que se derive una síntesis. Podemos pensar que las obras literarias son un lenguaje con rasgos y propiedades dis­ tintivas, o que son producto de convenciones y una particular manera de leer. Ninguna de las dos perspectivas acoge satis­ factoriamente a la otra, y tenemos que conformamos con saltar de una a otra. Apuntaré a continuación cinco consideraciones que la teoría ha propuesto sobre la naturaleza de la literatura: en cada una partimos de un punto de vista razonable, pero al final debemos hacer concesiones a las otras propuestas. La naturaleza de la literatura 1.

La literatura trae «a primer plano» el lenguaje

Se suele decir que la «literariedad» reside sobre todo en la organización del lenguaje, en una organización particular que lo distingue del lenguaje usado con otros propósitos. La lite­ ratura es un lenguaje que trae «a primer plano» el propio len­ guaje; lo rarifica, nos lo lanza a la cara diciendo «¡Mírame! ¡Soy lenguaje!», para que no olvidemos que estamos ante un lenguaje conformado de forma extraña. La poesía, de modo quizá más evidente que los otros géneros, organiza el sonido corriente del lenguaje de forma que lo percibamos. Veamos el comienzo de un soneto de Miguel Hernández: Tu corazón, una naranja helada con un dentro sin luz de dulce miera y una porosa vista de oro: un fuera venturas prometiendo a la mirada.

La disposición lingüística pasa a primer término (escú­ chese la repetida presencia de las erres, además del ritmo acentual o la rima), y aparecen imágenes de objetos inusuales como «un dentro sin luz»; todo indica que estamos ante un manejo especial del lenguaje que quiere atraer nuestra aten­ ción hacia las propias estructuras lingüísticas. Pero es igualmente cierto que la mayoría de lectores no perciben los patrones lingüísticos a no ser que algo aparezca identificado como literatura. Al leer prosa corriente no esta­ mos escuchando. El ritmo de mi frase anterior, por ejemplo, no habrá dejado huella en el oído del lector; pero si asoma una rima, el lector ya no escatima su atención y se aproxima... a escuchar atentamente. La rima, que es una señal conven­ cional de literariedad, nos hace percibir el ritmo que previa­ mente ya estaba en la frase. Cuando el texto que tenemos delante se etiqueta como literario, estamos dispuestos a pres­ tar atención a cómo se organizan los sonidos y otros elementos del lenguaje que generalmente nos pasan inadvertidos.

2.

La literatura integra el lenguaje

La literatura es un lenguaje en el que los diversos componen­ tes del texto se relacionan de modo complejo. Si me llega una carta al buzón pidiéndome colaboración para una causa no­ ble, difícilmente encontraré que su sonido sea un eco del sen­ tido;: pero en literatura hay relaciones — de intensificación o de contraste y disonancia— entre las estructuras de los dife­ rentes niveles lingüísticos: entre el sonido y el sentido, entre la organización gramatical y la estructura temática. ,Una rima, al unir dos palabras (helada/mirada), nos lleva a relacionar su significado (la «mirada helada» podría resumir la actitud que el yo poético percibe en su amada). Pero ninguna de las dos propuestas vistas hasta ahora, ni ambas en conjunto, nos definen qué es la literatura. No toda la literatura trae a primer término el lenguaje como se sugiere en la consideración 1, pues muchas novelas no lo hacen:

Una muralla de piedra, negruzca y alta, rodea a Urbía. Esta muralla sigue a lo largo del camino real, limita el pueblo por el norte, y al llegar al río se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del ábside fuera de su recinto, y des­ pués escala una altura y envuelve la ciudad por el sur. Con estas palabras empieza no una guía rural, sino Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja. Igualmente, no todos los textos que traen el lenguaje a un primer plano son literatura; los trabalenguas («Tres tristes tigres comían trigo en un tri­ gal») son considerados literatura muy raramente, pero llaman la atención sobre el lenguaje mismo, además de lenguarnos la traba. Los anuncios publicitarios hacen gala de los recursos lingüísticos más llamativos de forma muchas veces más radi­ cal que la poesía, y la integración de los diferentes niveles lingüísticos puede ser más chillona. Así, Román Jakobson cita como ejemplo clave de la función poética no un verso de un poema, sino el eslogan político de la campaña presidencial de Dwight D. («Ike») Eisenhower: I like Ike («Me gusta Ike»). A través de un juego de palabras, resulta que tanto yo —I, el sujeto de la frase— como el candidato Ike — el objeto del verbo— estamos integrados en el núcleo verbal: /¿fe-gustar. ¿Cómo no va a gustarme si like y Ike son incluso difíciles de distinguir? Parece que hasta al lenguaje le guste ese ajuste... En definitiva, no se trata tanto de que las relaciones entre los niveles lingüísticos sean relevantes sólo en literatura, sino de que en literatura es más probable que busquemos y encon­ tremos un uso productivo de la relación entre forma y conte­ nido o entre tema y lenguaje; y al intentar entender en qué contribuye cada elemento al efecto global, hallaremos inte­ gración, armonía, tensión o disonancia. Las explicaciones de la literariedad que recurren a la Ta­ rificación o la integración del lenguaje no conducen a tests que pueda aplicar, pongamos, un marciano para separar la literatura de las otras formas de escritura. Sucede más bien que estas explicaciones — como la mayoría de pretensiones de definir la naturaleza de la literatura— dirigen la atención

.1 determinados aspectos de la literatura que se consideran esenciales. Leer un texto como literatura, nos dicen estas iproximaciones, es mirar ante todo la organización del len­ guaje; no es leerlo como expresión de la psique del autor o como reflejo de la sociedad que lo ha producido.

3. La literatura es ficción Una de las razones por las que el lector presta una atención diferente a la literatura es que su enunciado guarda una rela­ ción especial con el mundo; una relación que denominamos «ficcional». La obra literaria es un suceso lingüístico que pro­ yecta un mundo ficticio en el que se incluyen el emisor, los participantes en la acción, las acciones y un receptor implíci­ to (conformado a partir de las decisiones de la obra sobre qué se debe explicar y qué se supone que sabe o no sabe el re­ ceptor). Las obras literarias se refieren a personajes ficticios y no históricos (Emma Bovary, Huckleberry Finn, el capitán Alatriste), pero la ficcionalidad no se limita a los personajes y los acontecimientos. Los elementos «deícticos» del lenguaje (elementos de orientación, cuya referencia depende de la situación de enunciación), como los pronombres (yo, tú) o los adverbios de tiempo y lugar (aquí, allá, arriba, hoy, ayer, mañana), funcionan de un modo particular en las obras litera­ rias. ¡El ahora de un poema («Agora que sé d’amor me metéis monja», como dice la canción tradicional) no se refiere al ins­ tante en que se compuso el poema o se publicó por primera vez, sino al tiempo interno del poema, propio del mundo fic­ ticio de lo narrado. Y el «yo» que aparece en un poema, como el de Lorca «Y que yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela», es también ficcional; se refiere al yo que dice el poema, que puede ser muy diferente del individuo empírico, Federico García Lorca. (Puede haber vínculos muy estrechos entre lo que le sucede al yo poético o al yo narrador y lo que le haya sucedido al escritor en un momento de su vida. Pero un poema de un escritor viejo puede presentarse en la voz

de un yo poético joven y viceversa. Y, de forma más evidente en el caso de la novela, el narrador, el personaje que dice «yo» al par que cuenta la historia, puede tener experiencias y ex­ presar opiniones muy diferentes de las de sus autores.) En la ficción, la relación entre lo que dice el yo ficcional y lo que piensa el autor real es siempre materia de debate. Lo mismo sucede con la relación entre los sucesos ficticios y las circuns­ tancias del mundo. El discurso no ficcional acostumbra a in­ tegrarse en un contexto que nos aclara cómo tomarlo: un ma­ nual de instrucciones, un informe periodístico, la carta de una ONG. Sin embargo, el concepto de ficción deja abierta, ex­ plícitamente, la problemática de sobre qué trata en verdad la obra ficcional. La referencia al mundo no es tanto una pro­ piedad de los textos literarios como una función que la inter­ pretación le atribuye. Si quedo con alguien para cenar «en el Hard Rock Café, mañana, a las diez», él o ella entenderán que es una invitación concreta e identificarán la referencia espacial y temporal según el contexto de la enunciación («mañana» será por ejemplo el 14 de junio de 2003, «las diez» son las diez de la noche, hora peninsular). Pero cuando el poeta Ben Jonson escribe un poema «Invitando a un amigo a cenar», la ficcionalidad del poema conlleva que su relación con el mundo esté sujeta a interpretaciones: el contexto del mensaje es lite­ rario y hay que decidir si consideramos que el poema caracte­ riza sobre todo la actitud de un emisor ficcional, si bosqueja un modo de vida pretérito o si sugiere que la amistad y los pla­ ceres humildes son esenciales para la felicidad humana. ¿Cómo interpretar Hamlet? Entre otras cosas, deberemos decidir si creemos que trata, pongamos, de los problemas de los príncipes daneses o bien del dilema del hombre del Rena­ cimiento que experimenta cambios en la concepción del yo; o si quizá habla de las relaciones en general de los hombres con su madre, o tal vez afronta la cuestión de cómo una represen­ tación (incluyendo una representación literaria) afecta a la manera en que damos sentido a nuestra experiencia. Hay re­ ferencias a Dinamarca a lo largo y ancho de la obra, pero eso no significa que sea necesario leer Hamlet como una obra

sobre Dinamarca; esa es una decisión interpretativa. Podemos relacionar la obra con el mundo en diferentes niveles. La ficcionalidad de la literatura separa el lenguaje de otros contextos en los que recurrimos al lenguaje, y deja abierta a interpreta­ ción la relación de la obra con el mundo.;

4.

La literatura es un objeto estético

Las tres características de la literatura que hemos visto hasta aquí —los niveles suplementarios de la organización lingüís­ tica, la separación de los contextos prácticos de enunciación y la relación ficcional con el mundo— se pueden agrupar bajo el encabezamiento de «función estética del lenguaje». Esté­ tica es el nombre tradicional de la teoría del arte, que ha debatido por ejemplo si la belleza es una propiedad objetiva de las obras de arte o si se trata de una respuesta subjetiva de los espectadores, o también cómo se relaciona lo bello con lo bueno y lo verdadero. Para Immanuel Kant, el teórico principal de la estética moderna en Occidente, recibe el nombre de «estético» el in­ tento de salvar la distancia entre el mundo material y el espi­ ritual, entre el mundo de las fuerzas y las magnitudes y el mundo de los conceptos. Un objeto estético, como podría ser una pintura o una obra literaria, ilustra la posibilidad de reu­ nir lo material y lo espiritual gracias a su combinación de for­ ma sensorial (colores, sonidos) y contenido espiritual (ideas). Una obra literaria es un objeto estético porque, con las otras funciones comunicativa^ en principio puestas entre parénte­ sis o suspendidas, conduce al lector a considerar la interrelación de forma y contenido. Los objetos estéticos, para Kant y otros teóricos, tienen una «finalidad sin finalidad». Su construcción tiene una fi­ nalidad; se los organiza para que todas sus partes cooperen para lograr un fin. Pero esa finalidad es la propia obra de arte, el placer de la creación o el placer ocasionado por la obra, no una finalidad externa. En la práctica, esto supone que consi­

derar un texto como literario es preguntar cómo contribuyen las partes al efecto global, pero en ningún caso creer que la intención última de una obra es cumplir un objetivo, como por ejemplo informarnos o convencernos. Cuando decíamos que una narración es un acto de lenguaje cuya relevancia depende de su «explicabilidad», quedaba implícito que hay una finali­ dad en las historias (cualidades que pueden convertirla en «buenas historias»), pero que ésta no se enlaza con propósitos externos; en ese momento estamos describiendo la función afectiva, estética, de las historias, incluidas las no literarias. Una buena historia se puede explicar, impacta en el lector o el oyente como algo que «vale la pena». Quizá divierta o enseñe o provoque, puede ocasionar una variedad de efectos, pero no podemos definir las buenas historias, en general, dependiendo de si originan alguno de estos efectos.

5.

La literatura es una construcción intertextual o autorreflexiva

La teoría reciente ha defendido que las obras literarias se crean a partir de otras obras, son posibles gracias a obras an­ teriores que las nuevas integran, repiten, rebaten o transfor­ man. Esta noción se designa a veces con el curioso nombre de «intertextualidad». Una obra existe entre otros textos, a través de las relaciones con ellos. Leer algo como literatura es considerarlo un suceso lingüístico que cobra sentido en relación con otros discursos: por ejemplo, cuando un poema juega con las posibilidades creadas por los poemas previos, o una novela escenifica y critica la retórica política de su tiempo. El soneto de Shakespeare «My mistress’ eyes are nothing like the sun» («Los ojos de mi señora no son compara­ bles con el Sol») recoge las metáforas de la tradición previa de poesía amorosa para negarlas («But no such roses see I in her cheeks», «yo no veo rosas tales en sus mejillas»); para negarlas como medio de elogiar a una mujer que «cuando camina, pisa en el suelo» («when she walks, treads on the

ground»). El poema tiene sentido en relación con la tradi­ ción que lo hace posible.’ Si leer un poema como literatura es relacionarlo con otros poemas, comparar y contrastar la manera en que crea sentido con la manera en que lo crean otros, resulta posible por tan­ to leer los poemas como si en cierta medida trataran sobre la propia poesía: se relacionan con las operaciones de la imagi­ nación y la interpretación poética. Estamos aquí ante otra no­ ción que ha sido importante en la teoría reciente: la literatura reflexiona sobre sí misma, es «autorreflexiva». Las novelas tra­ tan hasta cierto punto de las novelas, de qué problemas y qué posibilidades se encuentran al representar y dar forma o sen­ tido a nuestra experiencia. Desde esta perspectiva, Madame Bovary se puede leer como la exploración de las relaciones entre la «vida real» de Emma Bovary y la manera en que tan­ to las novelas románticas que ella lee como la propia novela de Flaubert dan sentido a esa experiencia. Siempre podemos pre­ guntar a una novela (o a un poema) cómo lo que deja implíci­ to sobre la construcción del sentido es un comentario a la manera en que lleva a cabo la construcción del sentido. En la práctica literaria, los autores persiguen renovar o ha­ cer avanzar la literatura y con ello, implícitamente, reflexionan sobre ella. Pero de nuevo, hallaremos que esta característica se da por igual en otras formas: el significado de un adhesivo de coche, como el de un poema, puede depender de los ad­ hesivos anteriores: el eslogan reciente «Nuke a Whale for Je ­ sús!» («¡Haga estallar una ballena, por Dios!») no tiene senti­ do sin sus precedentes «N o nukes» («Armas nucleares no»), «Save the Whales» («Salvemos las ballenas») y «Jesús saves» («Jesús te salva»), y se podría decir, sin duda, que «Nuke a 3. Se trata del soneto C X X X de Shakespeare. Podemos hallar un jue­ go parecido frente a la tradición amorosa previa, por ejemplo, en el soneto de Lupercio Leonardo de Argensola que comienza «N o fueron tus divinos ojos, Ana, / los que al yugo amoroso me han rendido; / ni los rosados la­ bios, dulce nido / del ciego niño, donde néctar m ana...». En este caso el objetivo es elogiar el alma frente a la apariencia física: «Tu alma, que en tus obras se trasluce, es la que sujetar pudo la m ía...». (N. del t.)

Whale for Jesús» trata en realidad de los adhesivos. La intertextualidad y la autorreflexividad de la literatura, por tanto, no son un rasgo distintivo, sino el llevar a primer plano cier­ tos aspectos del uso del lenguaje y ciertas cuestiones sobre la representación que se pueden observar también en otros textos.

¿Propiedades o consecuencias? En los cinco casos hemos encontrado la situación que men­ cionábamos más arriba: estamos ante lo que podemos descri­ bir como propiedades de las obras literarias, ante caracterís­ ticas que las señalan como literarias, pero que podrían ser consideradas igualmente resultado de haber prestado al tex­ to determinado tipo de atención; otorgamos esta función al lenguaje cuando lo leemos como literatura. Ninguna de estas perspectivas, se diría, puede englobar al resto para convertir­ se en la perspectiva exhaustiva. ¡Los rasgos propios de la lite­ ratura no se pueden reducir ni a propiedades objetivas ni a meras consecuencias del modo en que enmarcamos el lengua­ je. Hay para ello una razón fundamental, que ya vimos en los pequeños experimentos mentales al comienzo de este capítulo: el lenguaje se resiste a los marcos que le imponemos. Es difí­ cil convertir el pareado «We dance round in a ring...» en un horóscopo de periódico, o la instrucción «Agítese enérgica­ mente» en un poema que agite nuestro ánimo. Al tratar algo como literatura, al buscar esquemas rítmicos o coherencia, el lenguaje se nos resiste; tenemos que trabajar en él, trabajar jun­ to a él. En definitiva, la «literariedad» de la literatura podría residir en la tensión que genera la interacción entre el material lingüístico y lo que el lector, convencionalmente, espera que sea la literatura: Pero lo afirmo no sin precaución, pues en las cinco aproximaciones anteriores se ha visto que todos los ras­ gos identificados como características importantes de la litera­ tura han acabado por no ser un rasgo definitorio, ya que se observa que funcionan por igual en otros usos del lenguaje.

Las funciones de la literatura Al comienzo de este capítulo decíamos que la teoría literaria de los últimos veinte años no ha concentrado sus análisis en la diferencia entre las obras literarias y no literarias. Lo que han emprendido los teóricos es una reflexión sobre la litera­ tura como categoría social e ideológica, sobre las funciones políticas y sociales que se creía que realizaba ese algo llamado «literatura». En la Inglaterra del siglo X IX , la literatura surgió como una idea de extraordinaria importancia, un tipo especial de escritura encargado de diversas funciones. Se convirtió en un sujeto de instrucción en las colonias del Imperio Británi­ co, con la misión de que los nativos apreciaran la grandeza de Inglaterra y se comprometieran, como partícipes agradecidos, en una empresa civilizadora de alcance histórico. En la metró­ poli debía contrarrestar el egoísmo y el materialismo fomen­ tados por la nueva economía capitalista, ofreciendo valores alternativos a las clases medias y los aristócratas y despertan­ do el interés de los trabajadores por la cultura que, material­ mente, los relegaba a una posición subordinada. De una ta­ cada, la literatura iba a enseñar la apreciación desinteresada del arte, despertar un sentimiento de grandeza de la patria, generar compañerismo entre las clases y, en última instancia, funcionar como sustituto de la religión, que ya no parecía ca­ paz de mantener unida a la sociedad. Cualquier conjunto de textos que pueda conseguir todo eso sería, desde luego, muy especial. ¿Qué hay en la literatura para que se pudiera pensar que hacía todo eso? En ella en­ contramos algo a la vez fundamental y singular: ejemplaridad. Una obra literaria es, paradigmáticamente —tomemos Hamlet— , la historia de un personaje ficticio: se presenta, en cier­ ta medida, como ejemplar (si no fuera así, ¿por qué la leería­ mos?), pero a la vez se resiste a definir el ámbito de alcance de esa ejemplaridad; de aquí la facilidad con la que lectores y crí­ ticos hablan de la «universalidad» de la literatura. La estruc­ tura de la obra literaria es tal que resulta más sencillo tomar el

texto como si nos hablara de la «condición humana» en gene­ ral que especificar qué categorías más específicas son las que describe o ilumina. ¿Hamlet trata sólo de los príncipes, de los hombres del Renacimiento, de los jóvenes introspectivos, o de las personas cuyo padre muere en circunstancias oscuras? Todas esas respuestas parecen insuficientes; resulta más senci­ llo no responder y aceptar implícitamente, con ello, una posi­ ble universalidad. En su particularidad, las novelas, los poemas y las obras de teatro declinan explorar de qué son un ejemplo, a la vez que invitan al lector a implicarse en los pensamientos y concepciones del narrador y sus personajes. Sin embargo, la combinación de una propuesta universalizable con el hecho de que la literatura se dirige a todos los que leen la lengua en que ha sido escrita ha desarrollado una potente función nacional. Benedict Anderson, en su libro Co­ munidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la expan­ sión del nacionalismo, una obra de historia política que ha ejercido influencia como teoría, ha defendido que las obras literarias — particularmente la novela— ayudaron a crear co­ munidades nacionales al postular una amplia comunidad de lectores y apelar a ella; esta comunidad es limitada, pero en principio abierta a todos los que pueden leer la lengua. «La ficción», escribe Anderson, «se filtra callada y continuada­ mente en la realidad, creando esa notoria confianza de la co­ munidad en el anonimato que es el hito de las naciones mo­ dernas». Presentar a los personajes, narradores, argumentos y temas de la literatura inglesa como potencialmente univer­ sales es promover una comunidad imaginaria, abierta pero limitada, a la cual se invita a que aspiren, por ejemplo, los súbditos de las colonias británicas. De hecho, cuanto más se acentúa la universalidad de la literatura, ésta puede desarro­ llar en mayor medida una función nacional: reivindicar la uni­ versalidad de la visión del mundo que nos ofrece Jane Austen convierte a Inglaterra, sin duda, en un lugar muy especial, que muestra las normas del gusto y la conducta y, ante todo, los escenarios éticos y las circunstancias sociales en los que se re­ suelven las cuestiones de moral y se forma la personalidad.

La literatura se ha considerado un tipo especial de escri­ tura que podía civilizar, se decía, no sólo a las clases bajas sino también a la aristocracia y a las clases medias. Esta perspecti­ va de la literatura como un objeto estético capaz de hacernos «mejores» se vincula con una determinada idea del sujeto, que la teoría ha dado en llamar el «sujeto liberal»: el individuo definido no por su condición e intereses sociales, sino por una subjetividad individual (racional y moral) que se cree esen­ cialmente libre de determinantes sociales. El objeto estético, carente de finalidad práctica, nos despierta maneras particu­ lares de reflexión e identificación y con ello nos ayuda a con­ vertirnos en «sujeto liberal», mediante el ejercicio libre y desinteresado de una facultad imaginativa que combina el sa­ ber y el juicio en la proporción correcta. La literatura lo con­ sigue, se pensaba, al animar al lector a considerar situaciones complejas sin necesidad de emitir un juicio urgente sobre ellas, al comprometer nuestra mente en cuestiones éticas e in­ ducirnos a examinar conductas humanas (incluyendo la pro­ pia) como lo haría un extraño o un lector de novelas. Ensalza el desinterés, enseña a tener sensibilidad y realizar distincio­ nes sutiles, nos mueve a identificarnos con hombres y mujeres de otra condición y, en consecuencia, promueve el compañe­ rismo. En 1860, un educador sostenía que al departir con los pensamientos y dichos de los que son líde­ res intelectuales de la raza, nuestros corazones terminan por latir en acordamiento con un sentir de humanidad universal. Descubrimos que no existe diferencia de clase, partido o cre­ do que pueda destruir la facultad del genio de cautivar e ins­ truir; y que, por encima del humo y la agitación, del estruendo y la confusión de la vida inferior del hombre con sus congo­ jas, sus ocupaciones y discusiones, existe una serena y lumi­ nosa tierra de la verdad, donde todos pueden encontrarse y esparcirse en común. Las discusiones teóricas recientes han puesto en duda, comprensiblemente, esta concepción de la literatura, y han denunciado en particular la mistificación que pretende dis­

traer de la miseria de su condición a los trabajadores, ofre­ ciéndoles acceso a esta «región superior»; pues, como dice Terry Eagleton, «si no se arroja a las masas unas cuantas no­ velas, quizás acaben por reaccionar erigiendo unas cuantas barricadas». Sin embargo, en nuestro examen de qué se afir­ ma que hace la literatura, de cómo funciona en tanto que prác­ tica social, nos encontraremos con argumentos varios que no será fácil cohonestar. Se ha concedido a la literatura funciones diametralmen­ te opuestas. ¿Es acaso la literatura un instrumento ideológi­ co, un conjunto de relatos que seducen al lector para que acepte la estructura jerárquica de la sociedad? Si las novelas dan por sentado que la mujer debe alcanzar su felicidad, en el supuesto de que deba, en el matrimonio; o si aceptan con naturalidad las clases sociales explorando cómo una doncella virtuosa puede casarse con un lord, están operando con ello una legitimación de acuerdos históricos contingentes. ¿O tal vez la literatura es, por el contrario, la plaza en que se revela la ideología, se expone como algo cuestionable? La literatura representa, por ejemplo, de modo potencialmente intenso y afectivo, la limitada variedad de opciones que históricamente se ha ofrecido a las mujeres y, al evidenciarlas, crea la posibi­ lidad de no aceptarlas. Ambas afirmaciones son perfectamen­ te plausibles: que la literatura es vehículo de la ideología o que es un instrumento para desarmarla. De nuevo, hallamos aquí una complicada oscilación entre «propiedades» poten­ ciales de la literatura y la atención que hace resaltar esas pro­ piedades. La relación entre literatura y acción también se ha con­ templado con enfoques contrarios. Unos teóricos han mante­ nido que la literatura fomenta, como instrumentos de nuestro compromiso con el mundo, la lectura y la reflexión en solita­ rio y, por tanto, contrarresta las actividades sociales y polí­ ticas que pueden ocasionar un cambio. En el mejor de los casos promueve la objetividad y una apreciación positiva de la diversidad, en el peor genera pasividad y aceptación de lo existente. Pero hay que destacar que, históricamente, la lite­

ratura se ha considerado peligrosa: impulsa a cuestionar la autoridad y las convenciones sociales. Platón expulsó a los poetas de su república ideal, porque sólo podían causar daño; y las novelas han tenido la fama durante mucho tiempo de crear insatisfacción en los lectores para con la vida que han heredado y despertarles el anhelo de algo nuevo, ya sea la vida en la gran ciudad, el amor o la revolución. Al hacer posible que nos identifiquemos con gente de nuestra clase, sexo, raza, nación o edad, los libros promueven un compañerismo que disuade de la lucha; pero también pueden transmitir con vi­ vacidad una sensación de injusticia que posibilite el progreso social. Históricamente, se ha atribuido a la literatura la capa­ cidad de producir cambios: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, fue un best-seller en su día y ayudó a extender la repugnancia por la esclavitud que hizo posible la guerra civil americana. En el capítulo 8 volveremos sobre las cuestiones de la identificación y sus efectos: ¿qué papel desempeña la identi­ ficación del lector con los personajes o narradores? De mo­ mento, notemos sobre todo la complejidad y diversidad de la literatura en cuanto institución y práctica social. Después de todo, estamos ante una institución que se funda en la posi­ bilidad de decir todo lo imaginable. Esto es esencial en li­ teratura: frente a cualquier ortodoxia, cualquier creencia o cualquier valor, la literatura puede imaginar una ficción di­ ferente y monstruosa, burlarse, parodiar. Desde las novelas del Marqués de Sade, que pretendían averiguar qué ocurri­ ría en un mundo en el que las acciones correspondieran a una naturaleza entendida como apetencia inmoderada, hasta Los versos satánicos de Salman Rushdie, que ha causado tan­ to escándalo por su uso de nombres y motivos sagrados en un contexto de sátira y parodia, la literatura ha sido siempre la posibilidad de exceder ficcionalmente lo que se ha escrito o pensado con anterioridad. Cualquier idea que tenga senti­ do, la literatura puede convertirla en sinsentido, dejarla atrás, transformarla de modo que cuestione su legitimidad y ade­ cuación.

La literatura ha sido la actividad de una elite cultural y lo que se ha denominado en ocasiones «capital cultural»: apren­ der literatura es una inversión en cultura que se rentabilizará de diversas maneras, por ejemplo ayudándonos a integrarnos entre personas de un estatus social más elevado. Pero la lite­ ratura no puede reducirse a esta función social conservado­ ra: provee escasamente de «valores familiares», pero muestra la seducción de toda clase de crímenes, como la revuelta de Satán contra Dios en E l Paraíso perdido de Milton o el asesi­ nato de una vieja por Raskólnikov en Crimen y castigo de Dostoiesvki. Nos impele a resistirnos a los valores capitalis­ tas, a los aspectos prácticos de ganar y gastar. La literatura es tanto el ruido como la información de la cultura. Es una fuer­ za de entropía a la vez que capital cultural. Es escritura, exi­ ge una lectura y compromete al lector en los problemas del significado.

La paradoja de la literatura La literatura es una institución paradójica, porque crear lite­ ratura es escribir según fórmulas existentes (crear algo que tiene el aspecto de un soneto o que sigue las convenciones de la novela), pero es también contravenir esas convenciones, ir más allá de ellas. La literatura es una institución que vive con la evidenciación y la crítica de sus propios límites, con la ex­ perimentación de qué sucederá si uno escribe de otra mane­ ra. Por tanto literatura es a la vez sinónimo de lo plenamente convencional —el corazón disputa con la razón, una doncella es hermosa y un caballero es valiente— y de lo rupturista, en que el lector debe esforzarse por crear cualquier mínimo sen­ tido, como en Finnegans Wake de Joyce o en este fragmento del «Galimatazo» de Lewis CarroD: Brillaba, brumeando negro, el sol; agiliscosos giroscaban los limazones banerrando por las váparas lejanas;

mimosos se fruncían los borogobios mientras el momio rantas murgiflaba...'1 La pregunta de qué es literatura no surge, según sugerí más arriba, porque se tema confundir una novela con un es­ tudio histórico o el horóscopo semanal con un poema. Ocu­ rre más bien que los críticos y teóricos tienen la esperanza de que, al definir de una manera concreta la literatura, adquie­ ran valor los métodos críticos que ellos consideran más perti­ nentes y lo pierdan los que no tienen en cuenta esos rasgos su­ puestamente fundamentales y distintivos de la literatura. En el contexto de la teoría reciente, esta pregunta tiene impor­ tancia porque ha desvelado la literariedad de toda clase de textos. Pensar la literariedad, entonces, es mantener ante no­ sotros, como recursos para el análisis de esos discursos, ciertas prácticas que la literatura suscita: la suspensión de la exigen­ cia de inteligibilidad inmediata, la reflexión sobre qué impli­ can nuestros medios de expresión y la atención a cómo se producen el significado y el placer.

4. E s el famoso «Jabberwocky» de Alicia a través del espejo (en tra­ ducción de Jaim e Ojeda, Alianza, Madrid, 1973, p. 46). El original inglés empieza: « ’Twas brillig, and the slithy toves / Did gyre and gimble in the wabe: / AJI mimsy were the borogoves, / And the mome raths outgrabe...». (N. del t.)

3 LA LITERA TU RA Y L O S E ST U D IO S CU LTU R A LES

Al observar el panorama reciente de los estudios literarios, hallamos doctores de literatura francesa que escriben libros sobre el tabaco o sobre la obsesión de los norteamericanos con la grasa; shakespearianos que analizan la bisexualidad; expertos en realismo que estudian a los asesinos en serie... ¿Qué está sucediendo? Se trata de los cultural studies o estudios culturales, una actividad fundamental en las humanidades durante la década de 1990. Algunos profesores universitarios han pasado de Milton o Cervantes a Madonna, de Shakespeare a las teleno­ velas, abandonando por completo el estudio de la literatura. ¿Qué relación guarda esto con la teoría literaria? La teoría ha enriquecido y fortalecido sobremanera el es­ tudio de las obras literarias, pero, según indicamos en el capí­ tulo 1, la teoría no es la teoría de la literatura. Si hubiera que decir de qué es teoría la «teoría», la respuesta sería del tipo «de las prácticas significativas», esto es, la producción y re­ presentación de la experiencia y la constitución del sujeto humano; en definitiva, de la cultura en su sentido más amplio. Resulta llamativo observar que el campo de los estudios cul­ turales, tal como se ha desarrollado, es tan confusamente interdisciplinario y tan difícil de definir como la propia «teo­ ría». Se podría decir que ambos van de la mano; la «teoría» es la teoría y los estudios culturales la práctica. Los estudios culturales son la práctica cuya teoría es lo que, para entendernos, llamamos «teoría». Algunos investigadores de estudios cultu­ rales han discutido la necesidad de la «alta teoría», pero eso sólo indica un deseo comprensible de que no se les achaque responsabilidad en el inacabable e intimidatorio corpus de la

teoría. Los estudios culturales, en realidad, dependen sobre­ manera de los debates teóricos sobre el significado, la iden­ tidad, la representación y la responsabilidad personal que se recogen en este libro. ¿Cuál es la relación, entonces, entre los estudios literarios y los estudios culturales? En su concepción más amplia, el pro­ yecto de los estudios culturales es entender cómo funciona la cultura, sobre todo en el mundo actual: cómo funcionan los productos culturales y cómo se construyen y organizan las identidades culturales del individuo o el grupo, en un mundo en que conviven comunidades diversas y entremezcladas, po­ deres estatales, industrias mediáticas y empresas multinacio­ nales. En principio, por tanto, los estudios culturales incluyen los estudios literarios, abarcando y examinando la literatura como una práctica cultural particular. Pero ¿de qué tipo de in­ clusión se trata? Hay gran polémica en torno a esta pregunta. ¿Son los estudios culturales un proyecto vasto, dentro del cual los estudios literarios ganan en fuerza y en perspicacia, o, por el contrario, los absorberán y destruirán la literatura? Para comprender la situación necesitamos disponer de más información sobre el origen de los estudios culturales.

E l origen de los estudios culturales Los estudios culturales modernos tienen una doble filiación. En primer lugar, derivan del estructuralismo francés de los años sesenta (véase el Apéndice), que consideraba la cultura, incluyendo la literatura, como una serie de prácticas cuyas re­ glas y convenciones hay que describir. Una obra temprana de estudios culturales, Mitologías, de Roland Barthes (1957), emprende breves «lecturas» de una variada muestra de acti­ vidades culturales, desde la lucha profesional americana y los anuncios de coches a objetos culturales tan míticos como el vino francés o el cerebro de Einstein. Barthes tiene especial interés en combatir la mistificación de lo aparentemente na­ tural de nuestra cultura, mostrando que lo «natural» se basa

en construcciones contingentes, históricas. Al analizar prácti­ cas culturales, Barthes identifica las convenciones subyacentes y sus implicaciones sociales. Compárese la lucha profesional con el boxeo, por ejemplo, y se verán convenciones diferen­ tes: los boxeadores se comportan estoicamente al encajar un golpe, mientras que los luchadores se retuercen agónicamente y asumen roles estereotipados del modo más exagerado. En el boxeo las reglas son exteriores al combate, en el sentido de que designan límites que no se pueden contravenir, mien­ tras que en la lucha las reglas son mucho más internas al com­ bate, son convenciones que aumentan las posibilidades de pro­ ducir significado: las reglas existen para ser violadas de modo flagrante, para que el «malo» o traidor se revele como un ser perverso y antideportivo y despierte la furia vengativa de los espectadores. Así, la lucha profesional proporciona sobre todo la satisfacción de la inteligibilidad moral, pues en ella lo bueno y lo malo se oponen claramente. Con su análisis de las prácticas culturales desde la literatura culta a la moda o la comida, Mitologías impulsó la lectura de las connotaciones de las imágenes culturales y el análisis de cómo funcionan so­ cialmente las extrañas construcciones culturales. La segunda fuente de los estudios culturales contemporá­ neos es la teoría literaria marxista de Gran Bretaña. La obra de Raymond Williams (Culture and Society, 1958) y del fun­ dador del Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham, Richard Hoggart (The Uses ofLiteracy, 1957), buscó recuperar y analizar la cultura de la clase trabajadora, que se había perdido de vista al identificar la cultura con la literatura culta. Este proyecto de recuperación de voces per­ didas y de reescritura de la historia desde abajo se enfrentaba a otra teorización de la cultura —la de la teoría marxista con­ tinental— que analizaba la cultura de masas, por oposición a la «cultura popular», como una formación ideológica repre­ siva; como significados cuya función era asentar a los lectores o espectadores como consumidores y justificar los procedi­ mientos del poder estatal. La interacción entre estos dos aná­ lisis de la cultura —la cultura como expresión de las personas

o como imposición a las personas— ha resultado crucial en el desarrollo de los estudios culturales, primero en Gran Bre­ taña y luego en otros países.

Tensiones Los estudios culturales se han visto recorridos, en esta tradi­ ción, por la tensión entre el deseo de recuperar la cultura po­ pular, como expresión del pueblo, y asimismo de otorgar voz a la cultura de los grupos marginados, y por otra parte el es­ tudio de la cultura de masas como imposición ideológica, como formación ideológica opresiva. Por un lado, es impor­ tante estudiar la cultura popular, porque nos pone en contacto con algo básico en las vidas de la gente corriente, su cultura, por oposición a la cultura esteticista o universitaria. Por otro lado, se observa en los estudios culturales un impulso decidi­ do de mostrar cómo las fuerzas culturales nos manipulan o nos dan forma. ¿Hasta qué punto una persona es construida como sujeto por formas y prácticas culturales, que la «interpelan» o se dirigen a ella como si fuera una persona con sus deseos y va­ lores particulares? El concepto de interpelación proviene del teórico marxista francés Louis Althusser. Las prácticas cultu­ rales —los anuncios publicitarios, por ejemplo— se dirigen a nosotros como un tipo particular de sujeto: un consumidor que valora determinadas propiedades; y, al ser tratados así re­ petidamente, acabamos por ocupar esa posición. Los estudios culturales se preguntan en qué medida nos manipulan las for­ mas culturales y en qué medida o de qué manera podemos usarlas para otros propósitos, ejercitando nuestra responsabi­ lidad o «agencia», como suele decirse actualmente. (La cues­ tión de la «agencia» \agency], por nombrarla taquigráfica­ mente, es la cuestión de hasta qué punto podemos ser sujetos responsables de nuestras acciones o nuestras acciones nos son impuestas por fuerzas que no controlamos.) Los estudios culturales viven en la tensión que surge en­ tre el deseo del investigador de analizar la cultura como un

conjunto de códigos y prácticas que aliena al pueblo de sus in­ tereses y crea los deseos que éste acaba teniendo y, en segun­ do lugar, el deseo del investigador de encontrar en la cultura popular una forma de expresión auténtica y valiosa. Una so­ lución consiste en mostrar que la gente puede usar los mate­ riales culturales que les endilga el capitalismo, a través de su industria mediática, para crear una cultura propia. La cultura popular se hace con la cultura de masas; se hace con medios culturales que se oponen a ella y por tanto es una cultura de combate, una cultura cuya creatividad radica en usar los pro­ ductos de la cultura de masas. La investigación en estudios culturales se ha familiari­ zado en gran manera con el carácter problemático de la iden­ tidad y los múltiples modos en que la identidad se forma, experimenta y transmite. Especialmente significativo, por tanto, ha sido el estudio de las culturas e identidades cultu­ rales inestables que surgen de grupos —como las minorías étnicas, los inmigrantes o las mujeres— que pueden tener problemas para identificarse con la cultura mayor en que se encuentran; y esta cultura es, a su vez, una construcción ideo­ lógica cambiante. Pero la relación entre los estudios culturales y los estudios literarios sigue siendo complicada. En principio, los estu­ dios culturales lo abarcan todo: Shakespeare y la música rap, la alta cultura y la cultura popular, la cultura del pasado y la del presente. Pero en la práctica, como el significado se crea siempre a partir de la diferencia, se hacen estudios culturales en oposición a otras opciones. ¿En oposición a qué? Dado que los estudios culturales surgieron como una rama de los estu­ dios literarios, la respuesta suele ser «en oposición a los es­ tudios literarios, concebidos tradicionalmente»; es decir, a los que tienen por objeto la interpretación de las obras literarias entendidas como realización de sus autores y consideran que la razón primordial para el estudio de la literatura reside en el valor singular de las grandes obras: su complejidad, belle­ za, lucidez, universalidad y los beneficios potenciales que de todo ello se derivan para el lector.

Pero en realidad nunca ha habido en los estudios literarios una concepción unificada de sus objetivos, ni tradicional ni moderna; y desde la llegada de la teoría, han sido una disci­ plina particularmente combativa y combatida, en la que todo tipo de proyectos, referidos a obras literarias o no literarias, compiten por atraer la atención del investigador. En principio, pues, no hay necesidad de conflicto entre los estudios culturales y los literarios. Los estudios literarios no están comprometidos con ninguna concepción del obje­ to literario que por fuerza deban repudiar los estudios cul­ turales. Además, éstos surgieron como aplicación de técnicas de análisis literario a otros materiales culturales; operan sobre los artefactos culturales como sobre «textos» que hay que leer antes que como objetos que solamente se pueden contar. Y, complementariamente, los estudios literarios se beneficiarían si la literatura se estudiara como una práctica cultural singular y se pusieran sus obras en relación con dis­ cursos de otra clase. La teoría literaria ha obrado ya una expansión de la variedad de discursos para los que la litera­ tura tiene una respuesta e igualmente una focalización de la atención sobre las diversas maneras en que la literatura re­ siste a las ideas de su época o las complica. En lo funda­ mental, los estudios culturales, que insisten en estudiar la literatura como una práctica significativa más y en examinar los roles culturales de los que se la ha investido, pueden in­ tensificar el estudio de la literatura como un fenómeno inter­ textual complejo. La discusión sobre la relación entre los estudios cultura­ les y los literarios se puede resumir en torno a dos puntos: 1) lo que se conoce como el «canon literario», las obras que se suelen estudiar en escuelas y universidades y se juzgan par­ te de nuestro «patrimonio cultural»; 2) los métodos más ade­ cuados para el análisis de objetos culturales.

1. El canon literario ¿Qué será del canon literario si los estudios culturales ab­ sorben a los literarios? ¿Los culebrones han sustituido a Sha­ kespeare? De ser así, ¿es culpa de los estudios culturales? Y éstos, al promover el estudio de películas, televisión y otras formas culturales por encima de los clásicos de la literatura universal, ¿acaso no van a matar a la literatura? La teoría ya recibió la misma crítica por querer impulsar la lectura de textos filosóficos o psicoanalíticos conjuntamen­ te con los literarios: aparta a los estudiantes de los clásicos. Pero el canon literario tradicional ha ganado en vigor con los aportes de la teoría; desde luego en el ámbito de la literatura en lengua inglesa ha abierto la puerta a nuevas maneras de leer las «grandes obras». Nunca se había escrito tanto sobre Shakespeare; se lo analiza desde todos los ángulos imaginables y se lo interpreta con terminología feminista, marxista, psicoanalítica, neohistoricista o deconstructiva. Wordsworth ha de­ jado de ser un «poeta de la naturaleza» para convertirse en una figura clave de la modernidad. Las que sin duda sí han sido abandonadas son las obras «menores», que solían recibir atención cuando el estudio literario debía «cubrir» los géne­ ros a través de períodos históricos. Shakespeare recibe mayor número de lecturas e interpretaciones más enérgicas que nun­ ca; pero ciertamente Marlowe, Beaumont y Fletcher, Dekker, Heywood y Ben Jonson —los otros dramaturgos que desa­ rrollaron su obra en los reinados de Isabel I y Jacobo I— son poco leídos hoy en día. ¿Tendrían los estudios culturales un efecto similar? ¿Pro­ porcionarían nuevos contextos y aumentarían para unas pocas obras la diversidad de temas tratados, alejando a los es­ tudiantes de otros textos? Hasta el momento, al desarrollo de los estudios culturales ha acompañado una expansión del canon literario (sin ser la causa de ello, no obstante). La lite­ ratura (en lengua inglesa) que se suele enseñar hoy incluye textos escritos por mujeres y por miembros de otros colecti­

vos históricamente marginados. Tanto si se los ha integrado en asignaturas tradicionales de literatura, como si se los estudia como tradiciones separadas («literatura afroamericana», «lite­ ratura poscolonial en lengua inglesa»), estos textos se suelen analizar como representaciones de la experiencia, y por tanto la cultura, de los colectivos en cuestión (en Estados Unidos, la cultura de las comunidades norteamericanas de origen africa­ no, asiático o latino, de los nativos e igualmente de las mu­ jeres). Estas obras, sin embargo, traen a colación la cuestión de hasta qué punto no es la propia literatura la que crea la cultura que se dice que expresa o representa. ¿Es la cultura el efecto de las representaciones antes que su fuente o su causa? La expansión del estudio de obras anteriormente olvida­ das ha dado pie a discusiones acaloradas incluso en los medios de comunicación: ¿se han puesto en peligro las normas lite­ rarias tradicionales? Esas obras que reciben nueva atención, ¿se escogen por su «excelencia literaria» o por su representatividad cultural? ¿Acaso la selección de textos no obedece más a la voluntad de ser «políticamente correcto», al deseo de dar a cada minoría una representación justa, que a criterios específicamente literarios? Hay tres líneas de respuesta a estas preguntas. En primer lugar, la «excelencia literaria» no ha determinado nunca qué se debía estudiar; el profesor no escoge las que cree que son las diez mejores obras de la literatura universal, sino que selec­ ciona las obras más representativas de algo, ya se trate de un género literario o un período de la historia literaria (la nove­ la inglesa, la literatura medieval hispánica, la poesía moderna norteamericana). Las «mejores» obras se escogen dentro de ese contexto de representación: en un curso de literatura isabelina no se prescinde de Sidney, Spenser y Shakespeare si se los considera los mejores poetas del período, exactamente igual que en un curso sobre la literatura de los asiáticos nor­ teamericanos se toman las obras que se consideran «mejores». Lo novedoso es el interés en elegir obras que representen una variedad de experiencias culturales, además de formas litera­ rias o períodos históricos.

En segundo lugar, la aplicación de los criterios de exce­ lencia literaria, históricamente, se ha subordinado a criterios no literarios de raza y sexo, por ejemplo. La experiencia del crecimiento de un niño varón (como Huck Finn en la novela de Mark Twain) se ha reconocido como universal, mientras que la de una niña (como la de Maggie Tulliver en la novela de George Eliot El molino sobre el Floss) se ha considerado un tema de interés más restringido. Por último, la propia noción de excelencia literaria se ha visto sujeta a polémica. ¿Acaso no consagra intereses y pro­ pósitos culturales particulares como si fueran el único están­ dar de la valoración literaria? La investigación sobre qué ha contado como literatura digna de estudio y cómo funcionan en una institución las ideas de excelencia es una corriente de los estudios culturales que resulta extremamente pertinente para los estudios literarios.

2. Métodos de análisis El segundo gran tema de disensión se refiere a los métodos de análisis en ambos estudios, literarios y culturales. Cuando los estudios culturales se escindieron de los literarios, aplicaron el método de análisis literario a nuevos materiales culturales. No obstante, si los estudios culturales lograran una posición de dominio y sus investigadores no provinieran ya del ámbito literario, ¿no perdería importancia la aplicación del análisis literario? Una influyente antología norteamericana, Cultural Studies, declaraba en su introducción: «Aunque no hay prohi­ bición de la lectura textual atenta en los estudios culturales, tampoco es imprescindible». Aseverar que la lectura atenta no está prohibida asegura a duras penas la tranquilidad del críti­ co literario. Libres del principio que ha regido largo tiempo los estudios literarios (según el cual el núcleo de interés reside en la complejidad distintiva de las obras individuales; véase la nueva crítica en el Apéndice), los estudios culturales quizá se convertirían en una forma de sociología no cuantitativa, que

entre otras posibles tentaciones trataría las obras como ejem­ plos o síntomas de alguna otra cosa en lugar de obras con interés por sí mismas. Entre estas «tentaciones» destaca el reclamo de la «totali­ dad», la noción de que existe una totalidad social y las formas culturales son su expresión o síntoma, de modo que analizar­ las es trazar su relación con la totalidad social de la que deri­ van. La teoría reciente problematiza la cuestión de si existe tal totalidad social como configuración sociopolítica y, en caso de existir, cómo se relacionan con ella los productos y activi­ dades culturales. Pero los estudios culturales sienten una fuer­ te atracción por la idea de una relación directa, en la cual los productos culturales serían síntomas de una configuración sociopolítica subyacente. Por ejemplo, en el curso de «Cul­ tura popular» de la Universidad Abierta británica, que fue seguido por cerca de 5.000 personas entre 1982 y 1985, se in­ cluía una sección sobre «La ley, el orden y las teleseries de policías», que analizaba el desarrollo de las series de policías de modo paralelo al desarrollo cambiante de la situación sociopolítica. Dixon o f Dock Green se centra en la figura del padre, un policía paternalista, que es íntimo con oced or de la vecindad d e clase trabajadora p o r la que patrulla. C on la consolidación del estado del bienestar en los prósperos años de principios de los sesenta, los prob lem as de clase se transform an en p reocu ­ pación social; así, una nueva serie, Z Cars, m uestra policías uniform ados en coche de patrulla qu e realizan su trabajo com o profesionales, p ero a cierta distancia de la com un idad a la que sirven. Posteriorm ente hay una crisis p o r la hegem o­ nía en G ran B retaña,5 y el estado, incapaz de ganar el co n ­ senso con facilidad, necesita arm arse contra la oposición de la militancia sindical, los «terroristas», el IRA. E sta situación 5. La hegemonía es una estructura de dominación aceptada por los que son dominados. Los grupos dominantes no gobiernan exclusivamente por la fuerza sino mediante una estructura de consenso, y la cultura es par­ te de esta estructura encargada de legitimizar la organización social vigente. El concepto proviene del teórico marxista italiano Antonio Gramsci.

de hegem onía m ovilizada con m ayor agresividad se refleja en ejem plos del género policial com o The Sweeney o The Professionals, en los que la situación típica enfrenta a policías de p aisan o con una organización terrorista y am bos recurren p or igual a la violencia.

La interpretación es sin duda interesante y quizá incluso sea cierta, lo que sin duda es el mayor atractivo posible de un método de análisis, pero supone sustituir la lectura siempre alerta a los detalles de la estructura narrativa y a las comple­ jidades del significado («lectura atenta») por un análisis sociopolítico en el cual todas las teleseries de una época tienen el mismo significado, pues expresan la configuración social del momento. Si los estudios literarios se integran en los es­ tudios culturales, este tipo de «interpretación sintomática» podría convertirse en la norma; podría descuidarse la especi­ ficidad de los objetos culturales juntamente con las prácticas de lectura que la literatura invita a realizar (analizadas en el capítulo 2). La suspensión de la exigencia de inteligibilidad inmediata, la voluntad de operar en los límites del significa­ do, siempre abiertos a los efectos creativos inesperados del lenguaje y la imaginación, y el interés en conocer cómo se ge­ neran el placer y el significado, son tres disposiciones parti­ cularmente válidas no sólo para la lectura de la literatura sino también para la consideración de otros fenómenos culturales, aunque sea el estudio literario el que pone a la disposición del analista estas prácticas de lectura.

Objetivos Por último está la cuestión de los objetivos de los estudios literarios y culturales. Desde los estudios culturales se suele mostrar confianza en que su trabajo sobre la cultura actual será una intervención en la cultura, más que una mera des­ cripción. Los editores del ya mencionado cultural studies concluyen afirmando que «los estudios culturales creen, por

Lo lamento, señor, pero Dostoievski no se considera lectura de verano.

lanto, que su trabajo intelectual característico debe de —pue­ de— suponer una diferencia». Es una afirmación extraña, pero probablemente reveladora: los estudios culturales no creen que su trabajo intelectual supondrá una diferencia. Eso sería arrogante, por no decir ingenuo. Creen que su trabajo «debe de» suponer una diferencia; esa es la idea. Históricamente, las ideas de estudiar la cultura popular y de convertir el trabajo propio en intervención política han es­ tado estrechamente ligadas. En Gran Bretaña, durante los años sesenta y setenta, estudiar la cultura de la clase trabajadora tenía una carga política. En Gran Bretaña, donde la identi­ dad cultural nacional parecía depender de monumentos de la alta cultura — Shakespeare y la tradición de la gran literatura inglesa, por ejemplo— , el simple hecho de estudiar la cultura popular era un acto de resistencia, de un modo que no se da en los Estados Unidos, donde la identidad nacional se ha de­ finido en muchas ocasiones en contra de la alta cultura. Así, la novela Huckleberry Finn, de Mark Twain, que ha tenido gran peso en la definición de la «americanidad», acaba con Huck Finn pirándoselas hacia «los territorios» (no conquistados todavía) porque la tía Sally quiere «cibilizarle». Su identidad estriba en huir de la cultura civilizada; tradicionalmente, el es­ tadounidense es el hombre que huye de la cultura. Cuando los estudios culturales rechazan el elitismo de la literatura, cuesta distinguirlo del rechazo a una mantenida tradición na­ cional de hipocresía burguesa. En los Estados Unidos, obviar la alta cultura y estudiar la cultura popular no es tanto un ges­ to políticamente radical o de resistencia como la simple incor­ poración de la cultura de masas a la academia. Los estudios culturales, en Estados Unidos, generalmente carecen de los vínculos con movimientos políticos que han sido motor de los estudios británicos, y podrían considerarse ante todo como un estudio interdisciplinario — con nuevos recursos, pero aun así académico— de las prácticas y representaciones culturales. Se cree que los estudios culturales «deben de ser» radicales, pero vale la pena detenerse en la diferencia entre unos estudios culturales activistas o pasivos.

Matizaciones Las polémicas sobre la relación entre ambos estudios están llenas de quejas contra el elitismo y acusaciones de que el aná­ lisis de la cultura popular traerá la muerte de la literatura. En este embrollo, puede ayudarnos el separar dos conjuntos de cuestiones. Uno incluye preguntas sobre el valor de estudiar un tipo u otro de objeto cultural. El valor de estudiar a Sha­ kespeare antes que los culebrones ya no puede darse por sen­ tado y necesita argumentación; ¿qué puede lograrse mediante estudios diferentes, en lo que respecta por ejemplo a la ense­ ñanza intelectual o moral? No es una argumentación sencilla, pues el ejemplo de los mandos de los campos de concentra­ ción alemanes —que eran connaiseurs en arte, literatura y mú­ sica— ha complicado la afirmación de determinados efectos de tal o cual estudio. Pero volveremos sobre este tema más adelante. El segundo conjunto de cuestiones implica a los métodos de análisis que podemos aplicar a los objetos culturales; plan­ tea el problema de las ventajas y desventajas de diferentes for­ mas de interpretación y análisis, como por ejemplo interpretar los objetos culturales como estructuras complejas o leerlos en tanto que síntomas de una totalidad social. Aunque la inter­ pretación apreciativa se ha asociado con los estudios literarios y el análisis sintomático con los estudios culturales, ambos métodos pueden utilizarse en ambas disciplinas. La lectura atenta de textos no literarios no requiere necesariamente la valoración estética del objeto, y realizar preguntas culturales a un texto literario no lo convierten en documento sin más de un período histórico. En el siguiente capítulo trataré más a fondo el problema de la interpretación.

4 L E N G U A JE , SIG N IFIC A D O E IN TE R P R E T A C IÓ N

La literatura, ¿es un tipo especial de lenguaje o es un uso es­ pecial del lenguaje? ¿Es lenguaje organizado de manera distin­ tiva o es un lenguaje al que se le conceden privilegios singula­ res? Defendí en el capítulo 2 que no tenía sentido decantarse por una opción o por la otra, pues la literatura implica a la vez características del lenguaje y un tipo especial de atención al lenguaje. Así, las preguntas sobre la naturaleza y las funcio­ nes del lenguaje y cómo analizar éste han sido centrales en la teoría. Algunos de los temas principales pueden enfocarse a través de la cuestión del sentido, del significado. ¿Qué con­ lleva pensar sobre el significado?

El significado en la literatura Tomemos de nuevo los versos que habíamos tratado como literatura (se trata de un poema del norteamericano Robert Frost): We dance round in a ring and suppose, But the Secret sits in the middle and knows.

(Bailamos en círculo y suponemos, Pero el Secreto sabe, sentado en el centro.) ¿Cuál es su «sentido»? En primer lugar observemos que hay diferencia entre preguntar por el sentido de un texto (del poema como un todo) y el sentido de una palabra. Podemos decir que bailar significa «ejecutar movimientos acompasados

con el cuerpo, brazos y pies», pero ¿qué significa el texto? Sugiere —podría decirse— la futilidad de los actos humanos: damos vueltas y vueltas, sólo podemos suponer. Además, me­ diante el ritmo y el aire de saber lo que se hace, el texto com­ promete al lector en un proceso de devanarse los sesos sobre la relación de bailar y suponer. Este efecto justamente, el efec­ to que puede provocar un texto, es parte de su significado. Por tanto, tenemos el significado de una palabra y el signifi­ cado o consecuencias de un texto; entonces, entre medio, se da lo que podríamos denominar el significado de un enun­ ciado: el significado del acto de decir esas palabras en unas circunstancias determinadas. ¿Qué acto realiza esta enuncia­ ción? ¿Advierte, admite, se lamenta o fanfarronea, por ejemplo? ¿A quién se refiere el sujeto ive (nosotros) y qué quiere decir bailar en este contexto de enunciación? En consecuencia, no podemos preguntar sencillamente por el «sentido». Hay al menos tres dimensiones o niveles di­ ferentes de sentido: el significado de una palabra, de un enunciado y de un texto. Los posibles sentidos de una pala­ bra contribuyen al significado de un enunciado, que es un acto realizado por un hablante; y los sentidos de una palabra, a su vez, provienen de lo que son capaces de realizar en un enunciado. Por último, el texto, que aquí dramatiza la esce­ na de un hablante que pronuncia este enunciado enigmático, es algo construido por un autor, y su sentido no es tanto una afirmación como lo que hace, su capacidad potencial de tener efecto en el lector. Existen, por tanto, diferentes niveles de significado, pero hay una característica que se mantiene constante: él significa­ do se funda en la diferencia. No sabemos a quién se refiere nosotros en este texto; sólo sabemos que nosotros se opone a un yo sin más compañía y a él, ella, tú, vosotros y ellos. Noso­ tros es un colectivo plural indefinido que incluye al hablante que consideremos que corresponde a este texto. Pero el lec­ tor, ¿está incluido en el nosotros o no? ¿Nosotros somos todos nosotros, salvo el secreto, o es un colectivo diferente? Estas preguntas, sin solución fácil, surgirán ante cualquier intento

de interpretar el poema. Lo que hallamos son contrastes, di­ ferencias. Algo parecido podría decirse de bailar y suponer. Lo que bailar quiera decir aquí depende de con qué lo contrastemos (de si oponemos bailar en torno a proceder directamente o qui­ zá a quedarse quieto)-, y suponer se opone a conocer. Al pensar sobre el sentido de este poema de Frost lo que hacemos es trabajar con oposiciones o diferencias, situándolas en un con­ texto, haciendo extrapolaciones.

La concepción del lenguaje de Saussure Un lenguaje es un sistema de diferencias. Esa es la aportación fundamental de Ferdinand de Saussure, cuyo Curso de lin­ güística general ha resultado crucial para la teoría contempo­ ránea. Lo que hace ser lo que es a cada elemento lingüístico, lo que le confiere su identidad, son las diferencias entre ese elemento y los demás elementos del sistema del lenguaje. Saussure propuso una analogía: un tren —pongamos el ex­ preso Madrid-Valencia de las 8.30— no tiene identidad salvo como parte del sistema de trenes, según se describe en el ho­ rario de la estación. En él el expreso Madrid-Valencia de las 8.30 se distingue del Madrid-Barcelona de las 9.15 y de un cercanías a las 8.45. Lo que cuenta no son las características físicas de un tren en concreto: la locomotora, los vagones, la ruta exacta, el personal, etcétera, pueden variar, igual que la hora real de salida y llegada; el tren puede salir tarde o llegar tempra­ no. Lo que confiere su identidad al tren es su lugar en el siste­ ma de los trenes: es este tren por oposición a los demás trenes. Saussure dice del signo lingüístico que el rasgo que lo caracte­ riza con más precisión es ser lo que los otros no son. De modo similar, la letra b puede escribirse de maneras variadas (basta pensar en la caligrafía de diferentes personas), siempre que no se confunda con otras letras como la /, la k o la d. Lo funda­ mental no es ninguna forma o contenido particular, sino las di­ ferencias, que permiten que adquiera significado.

Para Saussure, la lengua es un sistema de signos, con el matiz fundamental de que el signo es de naturaleza arbitraria. Esto quiere decir dos cosas. En primer lugar, el signo (por ejemplo, una palabra) es la combinación de una forma (el «significante») y un contenido (el «significado»), y la rela­ ción entre forma y contenido no responde a la naturaleza, es convencional. Estoy sentado sobre una silla, pero este «signi­ ficado» podría haber recibido nombres diferentes: rida o pusto, quién sabe. Es una convención, una regla del sistema lin­ güístico español que el nombre sea silla y no otro; en otras lenguas tiene nombres muy diferentes. Podría pensarse que las onomatopeyas son una excepción, pues en ellas el sonido parece simplemente imitar a la naturaleza, como en quiquiri­ quí o susurrar, pero también las onomatopeyas varían entre lenguas, pues el gallo inglés dice cock-a-doodle-doo y susurrar es whisper... Con mayor relevancia, Saussure y tras él la teoría moderna insisten en un segundo aspecto de la arbitrariedad del signo lingüístico: tanto el «significante» (forma) como el «signifi­ cado» (contenido) son a su vez compartimentaciones con­ vencionales del plano del sentido y el plano del pensamiento, respectivamente. Cada lenguaje subdivide de forma diferente ambos planos, el del sonido y el del pensamiento. En el plano del sonido, el español distingue mesa de masa o misa y otorga un significado diferente a cada uno, pero podría no ser así, podrían ser diferentes pronunciaciones de un mismo signo. En el plano del significado, la silla se distingue del taburete (un asiento sin respaldo), pero engloba en el concepto de silla asientos con o sin brazos, lujosos o espartanos, con diferencias que bien podrían haber implicado conceptos distintos. Una lengua, insiste Saussure, no es una «nomenclatura» que proporcione sus propios nombres a las categorías que existen fuera del lenguaje. Esta idea tiene ramificaciones fun­ damentales en la teoría más reciente. Tendemos a suponer que palabras como mesa o silla existen para nombrar las mesas y las sillas, que existen fuera de cualquier lenguaje. Sin embar­ go, continúa Saussure, de ser así, si las palabras se refirieran

a conceptos preexistentes, tendrían un equivalente exacto en el resto de lenguas, lo que desde luego no ocurre. Cada len­ gua es un sistema de conceptos y de formas: un sistema de signos convencionales que estructura el mundo.

Pensamiento y lenguaje ¿De qué forma se relacionan el lenguaje y el mundo? Esta ha sido una cuestión de gran importancia en la teoría reciente. En un extremo tenemos la idea de sentido común, conforme a la cual el lenguaje no hace más que proporcionar nombres a pensamientos que existen independientemente; en el otro extremo está la llamada «hipótesis de Sapir-Whorf», nom­ brada a partir de dos lingüistas que afirmaban que el lenguaje que hablamos determina lo que podemos pensar. Por ejem­ plo, Whorf sostenía que los indios hopi tienen una concep­ ción del tiempo que no se puede comprender en otra lengua (y por tanto, ¡no puede reproducirse aquí!). No parece haber modo de demostrar que hay pensamientos en un lenguaje que no pueden pensarse en otro, pero sí contamos con muchos ejemplos de pensamientos que son «naturales» o «normales» en un lenguaje y requieren un esfuerzo especial en otro. El código lingüístico es una teoría del mundo. Lenguas diferentes compartimentan el mundo de forma diferente. Los hablantes de español tienen «mascotas», pero en francés no hay término para esta categoría (por más que los franceses cuenten con un número desorbitado de perros y gatos). En inglés, a pesar de existir el pronombre neutro, es necesario aprender de qué sexo es un bebé para referirse correctamen­ te bien a «él» o a «ella» (no se puede denominar it a un bebé); con ello el lenguaje implica que el sexo es crucial (de aquí, sin duda, la popularidad de las ropas rosas o azules, para indicar la opción correcta a los hablantes). Pero esta señal lingüística del sexo no es en ningún modo imprescindible; no todas las lenguas convierten el sexo en una característica esencial de un recién nacido. Las estructuras gramaticales son igualmente

convenciones del lenguaje, no son naturales o inevitables. Cuando alzamos la vista al cielo y vemos un movimiento de alas, nuestro lenguaje podría perfectamente hacernos decir algo como «Está alando», igual que decimos «Está llovien­ do», en lugar de «Hay pájaros volando». Un famoso poema de Paul Verlaine juega con esta estructura: 11pleure dans mon coeur / Comme il pleut sur la ville («Llora en mi corazón / Como llueve sobre la ciudad»). Si podemos decir «llueve en la ciudad», ¿por qué no «llora en mi corazón»? El lenguaje no es, en resumen, una «nomenclatura» que pro­ porcione etiquetas a las categorías preexistentes, sino que crea sus propias categorías. Pero se puede llevar a los hablantes y lectores a ver a través y alrededor del marco de su lenguaje, para que perciban una realidad diferente. Las obras literarias exploran la definición o las categorías de nuestra manera de pensar habitual, e intentan con frecuencia deformarlas o dar­ les una nueva forma, mostrándonos cómo pensar algo que nuestro lenguaje no había previsto, y forzándonos con ello a prestar atención a esas categorías mediante las cuales percibi­ mos, inadvertidamente, el mundo. El lenguaje es, por tanto, a la vez la manifestación concreta de la ideología —las catego­ rías con las cuales un hablante está autorizado a pensar— y el lugar de su cuestionamiento y reforma.

Análisis lingüístico Saussure distingue el sistema de una lengua (la langue) de las muestras concretas de habla o escritura (la parole). El objeti­ vo de la lingüística es reconstruir el sistema subyacente, o gramática, de un lenguaje, que posibilita las realizaciones del habla. Esto se enlaza con una distinción subsiguiente entre es­ tudio sincrónico de una lengua (el estudio de una lengua como sistema en un momento dado del tiempo, presente o pasado) y estudio diacrónico (que toma en consideración los cambios históricos de determinados elementos del lenguaje). Entender una lengua como un sistema en funcionamiento es observar­

la sincrónicamente, esforzándose en desentrañar las reglas y convenciones que dan razón de las formas y significados de la lengua. El lingüista más influyente de nuestro tiempo, Noam Chomsky (el fundador de la llamada gramática generativotransformacional), va más allá y defiende que la tarea del lin­ güista es reconstruir la «competencia lingüística» de un hablante nativo ideal: el conocimiento implícito o la habili­ dad que adquiere un hablante y que le permite decir y enten­ der incluso frases que no había oído nunca antes. Por tanto, el lingüista parte de hechos relativos a la forma y el significado que un enunciado tiene para el hablante de esa lengua, e intenta explicarlos. ¿Cómo puede ser que dos frases de forma tan parecida como «Llena la caja de cartones» o «Lle­ na la caja de cartón» tengan significados tan diferentes para un hablante español? Un hablante reconoce que en el primer caso se nos informa del contenido de la caja y en el segundo del ma­ terial de la caja. Un lingüista no quiere descubrir el «signifi­ cado real» de estas frases, como si los hablantes se hubieran estado equivocando hasta ahora y, en el fondo, tuvieran un sen­ tido diferente. La tarea de la lingüística es describir las estruc­ turas de una lengua (en este caso, postulando un nivel subya­ cente de estructura gramatical) para explicar las diferencias de significado que observamos en estos dos enunciados.

Poética frente a hermenéutica Nos encontramos aquí con una distinción entre dos tipos de proyectos, que en los estudios literarios se ha pasado por alto con demasiada frecuencia. Uno, modelado a partir de la lingüística, considera que lo que se debe explicar son los significados e intenta averiguar qué los hace posibles. El otro, contrariamente, parte de la forma e intenta interpretarla, para decirnos luego cuál es su sentido auténtico. En los estudios literarios, se trata de la oposición entre poética y hermenéu­ tica. La poética parte de efectos o significados comprobados y pregunta cómo se logran: ¿Qué hace que este pasaje de no­

vela parezca irónico? ¿Por qué simpatizamos con este perso­ naje en concreto? ¿Por qué es ambiguo el final de este poema? La hermenéutica, por su lado, parte de los textos y se pre­ gunta qué significan, procurando descubrir interpretaciones nuevas y mejores. Los modelos de la hermenéutica provienen de los campos del derecho y la religión, en los que es necesa­ rio interpretar un texto provisto de autoridad legal o sagrada para decidir cómo debe actuarse. El modelo lingüístico sugiere que los estudios literarios de­ berían tomar el primer camino, el de la poética, para intentar comprender cómo una obra logra un determinado efecto; sin embargo, la tradición crítica moderna se ha orientado masiva­ mente por la segunda opción, que convierte la interpretación de textos en el resultado fundamental de los estudios literarios. De hecho, las investigaciones críticas suelen combinar poédca y hermenéutica, preguntándose cómo se logra cierto efecto o por qué parece adecuado un final (ambas cuestiones son pro­ pias de la poética), pero a su vez tratando de establecer qué significa un verso particular o qué nos dice un poema sobre la condición humana (cuestiones de hermenéutica). Pero ambos proyectos son, en origen, muy distintos y tienen también ob­ jetivos y métodos de verificación distintos. Partir de los efec­ tos o el significado (poética) es esencialmente diferente a in­ tentar establecer el significado (hermenéutica). Si los estudios literarios tomaran la lingüística como mo­ delo, su objetivo sería describir la «competencia literaria» que adquiere un lector de literatura. Una poética que describiera la competencia literaria se centraría en las convenciones que posibilitan las estructuras y significados literarios: ¿qué códi­ gos o sistemas convencionales permiten que un lector identi­ fique géneros literarios, reconozca una trama novelesca, cree «personajes» a partir de detalles esparcidos por el texto, iden­ tifique temáticas en las obras literarias y persiga el tipo de interpretación simbólica que nos permite calibrar la impor­ tancia de poemas y narraciones? Esta analogía entre poética y lingüística puede parecer engañosa, pues no alcanzamos a saber el significado de una

obra literaria en la misma medida que el de una frase corrien­ te como «Llena la caja de cartones» y, por tanto, no podemos tomar el significado como un dato de partida, sino que debe­ mos procurarlo. Esta es, sin duda, una de las razones por las que la crítica moderna ha primado el enfoque hermenéutico sobre la poética (la otra razón es que generalmente se estu­ dian las obras literarias no porque se tenga interés en su fun­ cionamiento, sino porque se cree que esas obras tienen cosas importantes que decirnos y se quiere averiguar cuáles son exac­ tamente). Pero la poética no requiere que sepamos qué sen­ tido tiene una obra; su objetivo es explicar los efectos que podemos observar, como por ejemplo que un final sea más adecuado que otro o que una combinación de imágenes en un poema tenga sentido mientras que otra no lo tiene. Lo que es más, una parte decisiva de la poética es una explicación de cómo proceden los lectores en sus interpretaciones; de qué convenciones les permiten extraer sentido de una obra, pues efectivamente lo hacen. Así, por ejemplo, lo que en el capí­ tulo 2 denominé «principio de cooperación hiperprotegido» es una convención fundamental en la interpretación literaria: presuponemos que nuestros tropiezos con aparentes sinsentidos, digresiones o elementos irrelevantes desarrollan una fun­ ción relevante en algún nivel de análisis.

El lector y el significado La idea de la competencia literaria centra nuestra atención en el conocimiento implícito que los lectores (y escritores) apor­ tan en su encuentro con el texto: ¿qué procedimientos sigue el lector en su respuesta efectiva a la obra?, ¿qué tipo de su­ puestos tienen que haber estado presentes para poder expli­ car sus reacciones e interpretaciones? La reflexión sobre cómo el lector da sentido a la literatura ha dado origen a dos movi­ mientos teóricos conocidos como «estética de la recepción» en Europa y «reader-response criticism» («crítica de la res­ puesta del lector») en Estados Unidos; éstos afirman que el

significado de un texto es la experiencia del lector (experien­ cia que incluye dudas, hipótesis y autocorrecciones). Si una obra literaria se concibe como la sucesión de acciones que re­ sulta de la comprensión del lector, entonces la interpretación de una obra sería la historia de ese encuentro, con sus altiba­ jos: el lector recurre a diversas convenciones y genera expec­ tativas, postula conexiones y finalmente sus expectativas se confirman o se frustran. Interpretar una obra es explicar la historia de una lectura. No obstante, la historia que podemos explicar sobre una obra dada depende de lo que la teoría conoce como el «hori­ zonte de expectativas» del lector. Una obra se interpreta a partir de las respuestas a las preguntas que formula este hori­ zonte de expectativas; un lector del año 2000 se acerca a Hamlet con unas expectativas muy diferentes de las de un contemporáneo de Shakespeare. Hay una gran diversidad de factores que pueden afectar al horizonte de expectativas de los lectores. La crítica feminista, por ejemplo, ha debatido qué diferencias ocasiona y qué diferencias debería ocasionar el hecho de que el lector sea una mujer. Elaine Showalter se pregunta: «¿Cómo cambia con la hipótesis de una lectora nuestra comprensión de un texto dado, desvelándonos la im­ portancia de sus códigos sexuales?». Los textos literarios y su interpretación tradicional parecen haber supuesto un lector masculino y haber inducido a las lectoras a leer como si fue­ ran hombres, desde una perspectiva masculina. De forma parecida, desde la teoría cinematográfica se ha sostenido la hipótesis de que lo que se conoce como la «mirada cinema­ tográfica» (la mirada desde la perspectiva de la cámara) ha sido hasta ahora fundamentalmente masculina: la mujer resulta ser más bien el objeto de la mirada cinematográfica, no el sujeto observador. En los estudios literarios, las críticas feministas han estudiado diversas estrategias mediante las cuales las obras literarias convierten la perspectiva masculina en la perspectiva normativa; han tratado, además, cómo el estu­ dio de estas estructuras y efectos debería cambiar las maneras de leer, tanto de hombres como de mujeres.

Interpretación Las maneras de leer varían, por tanto, histórica y socialmen­ te, lo que nos lleva a poner el acento en que la interpretación es asimismo una práctica social. Los lectores interpretan de modo informal cuando hablan de un libro o una película con los amigos, e interpretan para sí mismos mientras leen. La in­ terpretación más formal, que tiene lugar en el aula, cuenta con la guía de diferentes protocolos. Ante cualquier elemen­ to de una obra, podemos preguntarnos qué hace o cómo se relaciona con otros elementos; pero en último término inter­ pretar es jugar al «de qué trata»: «Entonces, ¿de qué trata en realidad esta obra?». No se trata de una pregunta motivada por la oscuridad del texto; resulta incluso más apropiada a los textos sencillos que a los de complejidad maliciosa. La so­ lución al juego debe cumplir determinadas condiciones: no puede ser obvia, por ejemplo, sino que ha de ser especulativa. Decir «Hamlet trata de un príncipe de Dinamarca» es negar­ se a jugar el juego. Pero «Hamlet trata del derrumbamiento del orden del mundo isabelino» o «Hamlet trata del miedo de los hombres a la sexualidad femenina» o «Hamlet trata de la nula fiabilidad de los signos» sí se cuentan entre las posibles respuestas. Lo que comúnmente se consideran «escuelas» de crítica literaria o «acercamientos» teóricos a la literatura es, desde el punto de vista de la hermenéutica, la predisposición a dar determinados tipos de respuesta a la pregunta sobre «de qué trata», en definitiva, una obra: «la lucha de clases» (marxismo), «la posibilidad de unificar la experiencia» (New Criticism), «el conflicto de Edipo» (psicoanálisis), «la con­ tención de fuerzas subversivas» (nuevo historicismo), «la asimetría de las relaciones entre sexos» (feminismo), «la na­ turaleza autodeconstructiva del texto» (deconstrucción), «la oclusión del imperialismo» (teoría poscolonial), «la matriz heterosexual» (estudios gay y lesbiana). Los discursos teóricos referidos entre paréntesis no son propiamente métodos hermenéuticos, sino que explican lo

que consideran que es parte esencial en la cultura y la socie­ dad. Muchas de estas teorías incluyen explicaciones del fun­ cionamiento de la literatura y de los discursos en general, y con ello participan del proyecto de la poética; pero como modelos hermenéuticos dan origen a tipos particulares de in­ terpretación, en los cuales los textos se organizan de acuer­ do con un determinado lenguaje y sus objetivos. En el juego de la interpretación, lo más importante no son las respuestas que se obtengan, ya que, como mostraban mis parodias an­ teriores, algunas respuestas son predecibles por definición. Lo importante es cómo se llega a esa interpretación, cómo manejamos los detalles del texto al relacionarlos con nuestra respuesta. ¿Cómo escogemos entre diversas interpretaciones? Según sugieren nuestros ejemplos, en cierta medida no hay necesi­ dad de decidir si Hamlet «trata en última instancia de», pon­ gamos, la política en el Renacimiento, las relaciones de los hombres con sus madres o la falta de fiabilidad de los signos. La vivacidad de la institución literaria depende de dos hechos hermanados: 1) estas polémicas nunca encuentran solución; 2) hay que justificar cómo unas escenas o versos concretos res­ paldan una hipótesis particular. No es posible hacer que una obra signifique cualquier cosa; la obra se resiste, y hay que esforzarse para convencer a los demás de que una determina­ da lectura es pertinente. En lo que respecta al comportamien­ to de estas polémicas, una cuestión clave es saber qué factores determinan el significado. Volvamos a este tema central.

Significado, intención y contexto En ocasiones consideramos que el significado de un enuncia­ do es lo que alguien quiere decir con él, como si fuera la in­ tención del hablante la que determina el significado. Otras veces decimos que el significado está en el texto — tal vez querías decir a, pero lo que has dicho quiere decir b— , como si el significado fuera producto del mismo lenguaje. Asimis­

mo, a veces optamos por el contexto como determinante: para saber qué significa un texto hay que recurrir a las circunstan­ cias o el contexto histórico en que surgió. Algunos críticos consideran, como hemos visto, que el significado de un texto es la experiencia del lector. Intención, texto, contexto, lec­ tor... ¿Qué determina el sentido de un texto? Ahora bien, el mero hecho de que los cuatro factores mencionados cuenten con argumentos a su favor muestra que el significado es complejo y elusivo, en lugar de algo determi­ nado de modo ineludible por un solo factor. La teoría litera­ ria ha conocido desde antiguo una polémica referida al papel que desempeña la intención en la determinación del significa­ do. Un célebre artículo de W. K. Wimsatt y Monroe Beardsley, llamado «La falacia intencional», afirmaba que en las obras literarias las discusiones sobre interpretación no se de­ ben arreglar consultando al oráculo (el autor); que el signifi­ cado de una obra no es lo que el escritor tenía en mente en algún momento de la composición de la obra, o lo que cree que significa una vez terminada, sino lo que logró incorporar a la obra. En la conversación diaria consideramos que el sig­ nificado de una frase se ha de corresponder con lo que el emi­ sor quiere decir, pero es porque tenemos interés en lo que está pensando, no en sus palabras. Las obras literarias, sin embar­ go, son valiosas por la peculiar estructuración del lenguaje que ponen a disposición del público. Restringir el significado de una obra a lo que un autor tal vez quería haber dicho si­ gue siendo una estrategia analítica posible, aun cuando hoy no se suele vincular ese significado con la intención personal sino con el análisis de las circunstancias históricas o personales del autor: ¿qué tipo de acto estaba realizando el autor, dada la si­ tuación del momento? Con esta estrategia, sin embargo, se menoscaban las respuestas posteriores a esa obra, sugiriendo que da respuesta a las inquietudes propias del momento de su creación y sólo de forma accidental a las de los lectores sub­ siguientes. Los críticos que defienden esta postura, según la cual es la intención la que determina el significado, parecen temer

que, de lo contrario, estaríamos valorando más al lector que al autor y se habría decretado que «todo vale» en la interpre­ tación. No obstante, después de obtener una interpretación falta persuadir a los demás de su pertinencia, o si no será descartada. Nadie sostiene que «todo vale». En cuanto a los autores, ¿acaso no es mejor honrarlos por cuanto sus crea­ ciones son capaces de estimular ideas infinitas y dar pie a una gran variedad de lecturas, y no por lo que creamos que es el significado original de la obra? Lo anterior no implica en ningún caso que las afirmaciones de un autor sobre su obra carezcan de interés; antes bien, resultan muy valiosas para determinados proyectos críticos, en tanto que textos yuxta­ puestos al texto de la obra. Pueden resultar cruciales, por ejemplo, en el análisis del pensamiento de un autor o en la discusión de las maneras en que una obra puede haber com­ plicado o subvertido las perspectivas o intenciones que de­ clara. El sentido de una obra no es lo que el autor tenía en men­ te en determinado momento, ni es tampoco una mera propie­ dad del texto o la simple experiencia del lector. Es una idea ineludible porque no es algo sencillo o determinado de forma sencilla; es a la vez la experiencia de un sujeto y una propie­ dad del texto. Es a la vez lo que entendemos y lo que inten­ tamos entender en el texto. Siempre habrá polémica sobre el significado de una obra, puesto que no está decidido, sino que está siempre pendiente de ser decidido, sujeto a decisio­ nes que nunca son irrevocables. Si quisiéramos adoptar algún principio o fórmula general, podríamos afirmar que el signi­ ficado está determinado por el contexto (pues el contexto in­ cluye las reglas lingüísticas, la situación del autor y el lector y cualquier otro aspecto que pudiera parecer relevante). Pero si decimos que el significado está limitado por el contexto, debemos añadir inmediatamente que el contexto es ilimitado; no se puede decidir con antelación qué tendrá validez como contexto o qué ampliación del contexto podrá variar lo que con­ sideramos el significado de un texto. El significado está limi­ tado por el contexto, pero el contexto no tiene límites.

Los mayores cambios en la interpretación literaria que nos han proporcionado los discursos teóricos podrían ser vistos, de hecho, como resultado de una ampliación o redefinición del contexto. Por ejemplo, la novelista Toni Morrison afirma que la literatura norteamericana lleva la marca profunda de la presencia histórica de la esclavitud, frecuentemente no reco­ nocida; y que el compromiso de esta literatura con la libertad —la libertad de la frontera, de la carretera abierta, de la ima­ ginación sin cadenas— debe ser leído en el contexto de la es­ clavitud y cobra sentido en él. El teórico poscolonial Edward Said, por su parte, ha sugerido que las novelas de Jane Austen deben interpretarse dentro de un contexto particular que las propias novelas excluyen: la explotación de las colonias del Imperio, que proporciona la riqueza necesaria para soste­ ner una vida decorosa en los hogares británicos. En resumen, el significado está limitado por el contexto, pero el contexto es ilimitado y siempre está abierto a variaciones bajo la pre­ sión de los discursos teóricos. En el ámbito de la hermenéutica se ha diferenciado con frecuencia una hermenéutica de la recuperación (también llamada de la escucha), que pretende reconstruir el contexto original de producción de los textos —las circunstancias e intenciones del autor y los significados que un texto podía ha­ ber tenido para sus lectores originales— , de una hermenéuti­ ca de la sospecha, que busca exponer los supuestos ocultos en que se fundamenta un texto (políticos, sexuales, filosóficos o lingüísticos). La primera consagra al texto y a su autor, pues intenta que el mensaje original alcance de nuevo a los lecto­ res de hoy, mientras que se suele achacar a la segunda que nie­ ga la autoridad del texto. Sin embargo, estas asociaciones no son fijas y pueden invertirse: la hermenéutica de la recupera­ ción, al restringir el texto a un supuesto significado original ajeno a nuestras inquietudes, puede reducir su impacto; en cambio la hermenéutica de la sospecha valora el texto por la manera en que, sin que el autor sea consciente de ello, se com­ promete y nos ayuda a repensar temas de nuestro presente (incluso subvirtiendo, en este proceso, las ideas del autor).

Acaso resulte más pertinente una nueva distinción entre 1) la interpretación que considera que el texto, en su funciona­ miento, tiene algo importante que decirnos; puede tratarse tanto de la hermenéutica de la sospecha como de la recupe­ rativa; y 2) la interpretación «sintomática»,'que trata el texto como un síntoma de algo no textual, que es supuestamente «más profundo» y la razón auténtica del interés del texto (ya sea la vida psíquica del autor, sus tensiones sociales o la homofobia de la sociedad burguesa). La interpretación sinto­ mática niega la especificidad del objeto, que es un signo de alguna otra cosa, y por tanto es poco satisfactoria como mé­ todo hermenéutico. No obstante, cuando se centra en la prác­ tica cultural en que se engloba la obra, puede resultar útil para explicar esa práctica; así, por ejemplo, interpretar un poe­ ma como síntoma o ejemplo de las características de la poesía quizá no sea hermenéutica de interés, pero sí una contribu­ ción útil para la disciplina de la poética. A esa cuestión me dirijo ahora.

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R ETÓ R IC A , P O É T IC A Y P O E SÍA

Hemos definido la poética como el intento de explicar los efectos de la literatura mediante la descripción de las conven­ ciones y operaciones de lectura que generan esos efectos. Es una disciplina muy cercana a la retórica (que en época clásica consistía en el estudio de los recursos expresivos y persuasivos del lenguaje: las técnicas del lenguaje y el pensamiento que convienen a la construcción de discursos efectivos). Aristóte­ les separó retórica y poética, considerando la retórica como el arte de la persuasión y la poética como el arte de la imitación y la representación. La tradición de la Edad Media y el Rena­ cimiento las asimiló, sin embargo; la retórica se convirtió en el arte de la elocuencia, y la poesía en el ejemplo máximo de ese arte, puesto que pretende enseñar, deleitar y conmover. En el siglo X IX , la retórica acabó siendo vista como un artificio se­ parado de la actividad genuina del lenguaje y la imaginación poética, y perdió su consideración; pero en los últimos años del siglo X X ha cobrado nueva fuerza como el estudio del poder estructurador de los discursos. La poesía se enlaza con la retórica, por ser un lenguaje que usa en gran número las figuras retóricas a la vez que pro­ cura ser intensamente persuasivo. Y desde que Platón exclu­ yó a los poetas de su república ideal, el ataque o insulto más común en contra de la poesía ha sido que no es más que re­ tórica frívolamente engañosa, que embauca al ciudadano y despierta en él deseos extravagantes. Aristóteles reivindicó el valor de la poesía al concentrarse en la imitación (mimesis) más que en la retórica. Defendió que la poesía proporciona una válvula de escape segura a nuestras emociones más in­ tensas, y que modela la valiosa experiencia del paso de la ig­ norancia al conocimiento (así, en el momento clave de la tra­

gedia, la «anagnórisis» o «reconocimiento», el héroe descubre la verdad y percibe su error, y los espectadores reconocen que podrían encontrarse en la misma situación que el protagonis­ ta, si no fuera por la gracia de los dioses). La poética, como explicación de los recursos y estrategias de la literatura, no se puede reducir a un análisis de las figuras retóricas; pero sí po­ dría verse como integrante de una retórica ampliada que estudiara los recursos propios de cualquier tipo de acto lin­ güístico.

Figuras retóricas La teoría literaria se ha ocupado con frecuencia de la retóri­ ca, y los teóricos debaten sobre la naturaleza y la función de las figuras retóricas. Una figura retórica se suele definir como una alteración o desviación del uso lingüístico «corriente»; por ejemplo cuando Bécquer dice «Es tu boca de rubíes / purpúrea granada abierta...» no se refiere literalmente a unos rubíes o a una granada, sino que quiere significar algo rojo y hermoso (utiliza metáforas). En el repetidamente citado «The Secret Sits» el secreto se ha convertido en sujeto de la acción de sentarse (personificación), etc. La retórica en principio distinguía entre los «tropos» — que «cambian» o alteran el significado de una palabra, como sucede en la metáfora— y las otras «figuras» indirectas, que disponen las palabras para conseguir determinados efectos, como son la aliteración (re­ petición de sonidos iguales, sobre todo consonánticos), el apostrofe (dirigirse a algo que no es un receptor habitual, como en «Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja») o la asonancia (semejanza de sonidos vocálicos a final de verso o período). La teoría reciente, en cambio, no suele distinguir entre figura y tropo y, de hecho, ha puesto en duda la noción de un significado «literal» u «ordinario» del cual se desvíen las fi­ guras o tropos. Por ejemplo, el mismo término metáfora, ¿es literal o bien es alusivo? Jacques Derrida, en «L a mitología

blanca», muestra cómo las explicaciones teóricas de la me­ táfora reposan inevitablemente sobre metáforas. Algunos teóricos han defendido incluso la paradójica conclusión de que el lenguaje es fundamentalmente figurativo y que lo que llamamos significado literal son figuras cuya naturaleza figu­ rativa se ha olvidado. Cuando hablamos de «captar» una cuestión «espinosa», por ejemplo, utilizamos dos expresio­ nes que han devenido literales mediante el olvido de su posi­ ble figuralidad. Desde esta perspectiva, no se trata de que no haya distin­ ción entre lo literal y lo figurativo, sino de que los tropos y las figuras son estructuras fundamentales de nuestro lenguaje, en lugar de distorsiones o excepciones. Tradicionalmente, el tro­ po más importante ha sido la metáfora. Una metáfora trata algo como otra cosa (llama burro a Miguel o rubíes a los labios de la amada). La metáfora es, por tanto, una versión más de un modo primordial de conocimiento: conocemos algo vién­ dolo como otra cosa. Los teóricos hablan de «las metáforas con que vivimos», esquemas metafóricos básicos como por ejemplo «la vida es un camino». Estos esquemas estructuran nuestra manera de pensar el mundo: intentamos por ejemplo «llegar a alguna parte» en la vida, «encontrar nuestro cami­ no» o «saber a dónde vamos», y corremos el riesgo de «en­ contrarnos con un obstáculo». La metáfora se ha considerado fundamental en el lengua­ je y la imaginación porque tiene valor cognitivo, es más que un simple ornamento frívolo. Su fuerza literaria, sin embargo, pa­ rece depender en gran medida de su incongruencia. Cuando Wordsworth afirma que «el hijo es padre del hombre», nos de­ tiene, nos hace pensar y finalmente nos permite ver la suce­ sión de las generaciones bajo una nueva luz: la relación del niño con el hombre en que ha de convertirse se compara con la relación de un padre con su hijo. Dado que la metáfora pue­ de encerrar una aseveración elaborada o incluso una teoría, es la figura retórica que se justifica con mayor facilidad. Pero la teoría ha acentuado igualmente la importancia de otras figuras. Para Román Jakobson, el lenguaje tiene dos

estructuras básicas: la metáfora y la metonimia; la metáfora crea lazos de semejanza, la metonimia los crea de contigüi­ dad. La metonimia se mueve de un concepto a otro cercano, como cuando decimos «la corona» en lugar de «los reyes». La metonimia ordena enlazando conceptos en series tempo­ rales y espaciales, moviéndose de uno a otro dentro de un campo dado, más que enlazar conceptos de campos diferen­ tes, como hace la metáfora. Otros teóricos han añadido la sinécdoque y la ironía para completar la lista de los «cuatro tropos mayores». La sinécdoque sustituye una parte por el todo: «diez cabezas» por «diez reses»; infiere los rasgos del todo de entre los rasgos de la parte y permite así que la parte repre­ sente al todo. La ironía yuxtapone apariencia y realidad; su­ cede lo contrario de lo esperado (por ejemplo, descarga una tormenta sobre el picnic dominical del hombre del tiempo). El historiador Hayden White recurre a estos cuatro tropos mayores —metáfora, metonimia, sinécdoque, ironía— para analizar lo que denomina el «entramado» o explicación his­ tórica: son las estructuras retóricas básicas con las que damos sentido a nuestra experiencia. La idea principal de la retórica como disciplina, que viene bien a este ejemplo cuádruple, es que existen estructuras básicas subyacentes al lenguaje que posibilitan los significados que son generados por una gran variedad de discursos.

Géneros La literatura depende de figuras retóricas, pero depende igual­ mente de estructuras mayores, particularmente de los «géne­ ros» literarios. ¿Qué son los géneros y qué papel desarrollan? Nombres como épica o novela, ¿son maneras de clasificar las obras grosso modo y por simple conveniencia, a partir de cier­ ras semejanzas, o desempeñan alguna función en la lectura o a escritura de obras literarias? Para un lector, los géneros son conjuntos de convenciones r expectativas: al saber si lo que estamos leyendo es una

novela de detectives o una de ciencia ficción, un poema lírico o una tragedia, tendremos en cuenta aspectos diferentes del texto y haremos hipótesis diferentes sobre lo que es significa­ tivo. Al leer una novela de detectives buscamos pistas, pero no al leer una tragedia; igualmente, lo que dentro de un poe­ ma supone una figura llamativa («el Secreto está sentado en el centro») no pasará de detalle estilístico menor en una his­ toria de fantasmas, o en una obra de ciencia ficción en la que los secretos se hayan corporeizado. Históricamente, la mayoría de teóricos del género han se­ guido la distinción clásica griega entre tres amplias clases de obras, según quién hablara: la poesía o lírica, en la que el narrador habla en primera persona; la épica y la narrativa, en las que el narrador habla con voz propia, pero permite que los personajes hablen con la suya; y el teatro o drama, en el que son los personajes exclusivamente los que hablan. Existe otra manera de hacer la distinción, a partir de la relación entre el hablante y la audiencia. Así, en la épica hay recitación oral: un poeta se enfrenta directamente a la audiencia. En el drama, el autor queda escondido a la audiencia y hablan los personajes en escena. En la lírica —el caso más complicado— el poeta, al hablar o cantar, da la espalda a sus oyentes, por así decir, y «finge estar hablando consigo mismo o con otra persona: un espíritu de la naturaleza, una M usa,... un amigo íntimo, un amante, un dios, una abstracción personalizada o un objeto natural». A estos tres géneros elementales podemos añadir un género moderno como la novela, que se dirige al lector a tra­ vés del libro; trataré de la novela en el capítulo 6. La épica y la tragedia se consideraban en época clásica y en el Renacimiento como la consecución más acabada de la literatura, el logro máximo de cualquier poeta con aspiracio­ nes. La invención de la novela aportó a la escena literaria un nuevo competidor, pero entre finales del siglo XVIII y media­ dos del X X fue la lírica — el poema breve y no narrativo— la que se identificó con la esencia de la literatura. Si primera­ mente se la consideraba un modo exquisito de expresión, la formulación elegante de valores y actitudes culturales, la

poesía lírica se convirtió más tarde en expresión de un senti­ miento poderoso, que se refiere a la vez a la vida cotidiana y a los valores trascendentes, y da expresión concreta a los sen­ timientos más íntimos de un sujeto individual. Esta idea pervive aún hoy. La teoría contemporánea, no obstante, ha tratado con menor frecuencia la poesía como expresión de los sentimien­ tos del poeta y más como trabajo de asociación e imaginación sobre el lenguaje: la experimentación con formulaciones y co­ nexiones lingüísticas que, más que hacer de la literatura la depositaría principal de los valores culturales, la dotan de fuerza subversiva.

La poesía como palabra y acto La teoría literaria que se ha orientado hacia la poesía discute, entre otros temas, qué importancia tienen las diferentes ma­ neras de concebir un poema: un poema es a la vez una es­ tructura compuesta de palabras (un texto) y un acto (un acto del poeta, una experiencia del lector, un acontecimiento en la historia literaria). En cuanto al poema entendido como una construcción verbal, la pregunta principal es qué relación se establece entre el significado y los rasgos no semánticos del lenguaje, como puedan ser el sonido o el ritmo. ¿Cómo ope­ ran los rasgos no semánticos del lenguaje? ¿Qué efectos lo­ gran, conscientes o inconscientes? ¿Qué tipo de interacción se puede esperar entre los componentes semánticos y no se­ mánticos? Por lo que respecta al poema como acto, ha sido central la cuestión de qué relación existe entre el autor que escribe el poema y el hablante, la «voz» qué habla en él. Es una pre­ gunta complicada. El autor no habla en el poema; al escribir­ lo, se imagina a sí mismo o imagina otra voz que lo dice. Leer un poema —tomemos una vez más el ejemplo de Robert Frost— es decir las palabras «We dance round in a ring and suppose...» El poema se parece a un enunciado lingüístico, pero corresponde a una voz indeterminada. Leer estas pala­

bras es ponerse en la posición de decirlas o bien imaginar que otra voz las dice: la voz, suele decirse, de un narrador o un ha­ blante construidos por el autor. Por un lado tenemos, por tan­ to, al individuo histórico, el poeta Robert Frost, y por otro la voz emisora de este enunciado. Entre medio de estas dos fi­ guras hay una tercera: la imagen de la voz lírica que obtenemos con el estudio de diversos poemas de un mismo autor (en el caso de Frost, probablemente la propia de un observador de la vida rural, malhumorado y realista al par que reflexivo). La importancia de una u otra figura varía de un poeta a otro y de un método crítico a otro. Pero al hablar de poesía, resulta cru­ cial empezar por la distinción entre la voz que habla en el poema y el poeta que lo compuso, instaurando así esta figura de la voz. La poesía lírica, según una formulación bastante conoci­ da de John Stuart-Mill, es an utterance overheard, un enun­ ciado que se oye por casualidad. Cuando acertamos a oír algo que atrae nuestra atención, lo que solemos hacer es imaginar o reconstruir un hablante y un contexto; identificamos el tono de voz e inferimos la postura, las circunstancias, las inquietu­ des y la actitud del hablante (en ocasiones de acuerdo con lo que sabemos del hablante, pero con frecuencia no). Este ha sido el enfoque más frecuente de la lírica en el siglo X X , lo que podría justificarse sucintamente diciendo que las obras litera­ rias son imitaciones Acciónales de los actos de enunciación del «mundo real». Los poemas, por tanto, son imitaciones Ac­ ciónales de enunciados personales. Es como si cada poema comenzara con las palabras invisibles «(Yo, por ejemplo, u otra persona podría decir) Tu corazón, una naranja helada...» o «(Yo, por ejemplo, u otra persona podría decir) Y que yo me la llevé al río...». Para interpretar el poema necesitamos averiguar, a partir de las indicaciones del texto y de nuestro conocimiento sobre los hablantes y las situaciones corrientes, qué ánimo o actitud está adoptando la voz poética. ¿Qué po­ dría motivar a alguien a hablarnos así? El modelo de aprecia­ ción de la poesía dominante en la escuela y la universidad se ha concentrado en la actitud del hablante, en el poema enten­

dido como la dramatización de pensamientos y sentimientos de un hablante que es reconstruido por el lector. Este es ciertamente un método productivo de acerca­ miento a la lírica, pues muchos poemas presentan un hablan­ te que lleva a cabo actos de habla reconocibles: meditar sobre el significado de una experiencia, reprender a un amigo o amante, expresar admiración o devoción, por ejemplo. Pero si pensamos en los versos iniciales de algunos poemas céle­ bres como la «O da al viento del Oeste» de Shelley o «El ti­ gre» de Blake, surgen más dificultades: «O wild West Wind, thou breath of Autumn’s being!» («¡Oh, salvaje viento del Oeste, aliento del ser del otoño!») o «Tiger, tiger, burning bright / In the forests of the night» («Tigre, tigre, que ardes brillante / en los bosques de la noche»), respectivamente. Es difícil imaginar qué tipo de circunstancias pueden empujar a alguien a hablar de esta manera o qué acto no poético están realizando. La respuesta que obtendremos, probablemente, será que se trata de hablantes que se han dejado llevar por el entusiasmo poético y realizan gestos extravagantes. Si inten­ tamos entender estos poemas como imitaciones ficcionales de actos de habla corrientes, el acto parece ser el de imitar a la misma poesía.

La extravagancia de la poesía lírica Lo que sugieren los ejemplos anteriores es que la lírica es extravagante. El poema lírico no sólo parece querer dirigirse a cualquier cosa, la que sea, antes que a un oyente real (al viento, a un tigre, a mi alma), sino que además lo hace de for­ ma hiperbólica. La clave del asunto aquí es la exageración: el tigre no sólo es naranja, sino que arde; el viento es el mismo aliento de la esencia del otoño y después se le llama «salva­ dor» y «destructor»... Incluso un poema de actitud sardóni­ ca se basa en reducciones hiperbólicas, como cuando Frost reduce la actividad humana a bailar en torno a un círculo y las diversas formas del saber a «suponer».

Hemos topado aquí con un tema fundamental en la teo­ ría reciente, una paradoja que parece habitar en el núcleo de la poesía lírica. La extravagancia de la poesía incluye lo que la teoría ha denominado como «lo sublime» desde la época clásica: la relación con lo que excede las capacidades humanas de comprensión, sobrecoge o apasiona intensa­ mente y otorga al hablante una percepción de algo más allá de lo humano. Pero esta aspiración trascendente se asocia con figuras retóricas como el apostrofe (dirigirse a algo que no es un oyente real), la personificación (atribuir cualidades humanas a lo que no es humano) y la prosopopeya (otorgar la palabra a objetos inanimados). ¿Cómo puede aquella supe­ rior aspiración del verso estar relacionada con recursos retóri­ cos como éstos? Cuando un poeta se desvía del circuito comunicativo, o juega con él, para dirigirse a un receptor irreal —el viento, el tigre o el corazón— suele decirse que obedece a que un sen­ timiento intenso mueve al hablante a estallar en palabras. Pero la intensidad emocional se adscribe especialmente al propio acto de dirigirse a algo o invocarlo, que frecuente­ mente dispone un orden de cosas e intenta llamarlo a la vida al pedir a objetos inanimados que se plieguen al deseo de la voz poética. «Levántame como una ola, una hoja, una nube», le reclama el hablante de Shelley al viento del Oeste. La exi­ gencia hiperbólica de que el universo te oiga y actúe en con­ secuencia es una jugada con la cual el hablante se constituye a sí mismo como poeta sublime o visionario: alguien que pue­ de dirigirse a la naturaleza y a quien ésta podría responder. El «O h» vocativo es una figura de la invocación poética, con la que la voz que habla pretende ser no un simple emisor del verso, sino la encarnación de la tradición poética y del espíri­ tu de la poesía. Llamar al viento a que sople o al niño por nacer a que escuche tu lamento es un acto de ritual poético. Es ritual porque los vientos no vienen y el niño no nacido no escucha. La voz llama con el objeto de realizar una llamada, llama para dramatizar la voz: para convocar imágenes de su poder y así establecer su identidad como voz poédca y profé-

tica. El imperativo hiperbólico e irrealizable de la invocación poética evoca un acontecimiento poético, algo que se cum­ plirá, si llega a cumplirse, dentro del acontecimiento que es el poema. Los poemas narrativos narran acontecimientos; los poemas líricos, podríamos decir, luchan por ser un acontecimiento. Pero no hay garantía de que el poema vaya a funcionar, y la figura del apostrofe — como muestran las citas anteriores— es lo más burda y descaradamente «poético», la mayor mistifi­ cación, que se arriesga a ser rechazada como sinsentido hi­ perbólico. «¡Levántame como una ola, una hoja, una nube!» Venga, hecho. ¿Quería algo más el señor? Ser poeta es in­ tentar que no se dé jamás una situación como esta, apostar por que el poema no será rechazado como una acumulación de sinsentidos. Como se ha dicho ya, uno de los mayores problemas de la teoría de la poesía es establecer la relación entre el poema como estructura compuesta de palabras y el poema como acto o acontecimiento. La figura del apostrofe intenta a la vez lograr que algo suceda y exponer que ese suceso está basado en recursos verbales; entre ellos un «O h» vacío al dirigir un apostrofe: «¡Oh, salvaje viento del Oeste!». Acentuar el papel del apostrofe, la personificación, la pro­ sopopeya y la hipérbole supone unirse a los teóricos que, a través de los siglos, han enfatizado lo que distingue a la poe­ sía de otros actos del habla, lo que la convierte en la más lite­ raria de las formas. La lírica, escribe Northrop Frye, es «el género que muestra con mayor claridad el supuesto núcleo de la literatura, la narración y el significado en sus aspectos literales de orden de palabras y estructura de palabras». Es decir, la lírica nos muestra cómo el significado o la narración surgen de la estructuración de las palabras. Repetid palabras que tengan una estructura rítmica y comprobad si no emergen de ellas historias y sentidos.

Palabras con ritmo Frye, cuya Anatomía de la crítica es un compendio de valor in­ calculable sobre la lírica y otros géneros, llama a los constitu­ yentes básicos de la poesía babble (parloteo, cháchara) y doodle (garabato, borrón), en cuya raíz estarían el encanto (charm) y la adivinanza (riddle). Los poemas parlotean, tra­ yendo a primer plano los rasgos no semánticos del lenguaje, como el sonido, el ritmo o la repetición de palabras, para en­ cantar o hechizar al lector: Tu corazón, u na naranja helada con un dentro sin luz d e dulce m iera...

Los poemas nos parlotean y nos proponen adivinanzas, con sus maneras indirectas y caprichosas, creando formula­ ciones enigmáticas: ¿qué es un «dentro sin luz»?, ¿qué signi­ fica «the Secret sits in the middle and knows»? Estas características, sin embargo, son igualmente noto­ rias en las canciones, baladas y juegos infantiles, cuyo pla­ cer reside sobre todo en el ritmo, el encanto o las imágenes sorprendentes, como en «Pinto pinto, gorgorito» o en la si­ guiente: Pin Pineja, la m an o’ la coneja, conejita real, p id e p a ’ la sal, sal m enuda, p id e p a ’ la cuba, cu ba de barro, p id e p a ’l caballo, caballo m orisco, p id e p a ’l o b isp o , o b isp o de Rom a, tapa esa corona, que no te la vea la gata rabona.

El esquema rítmico y la sucesión de rimas hacen ostenta­ ción de la estructuración de este fragmento de lengua y am­ bos pueden atraer una atención interpretativa especial (igual que cuando la rima del poema nos da pie a preguntarnos sobre la relación de las palabras rimadas) y suspender el aná­ lisis: la poesía tiene un orden propio que causa placer, por tanto no es necesario preguntarse qué significa; la organiza­ ción rítmica posibilita que el lenguaje pase inadvertido al guardián de la razón y se aloje en la memoria mecánica. Recor­ damos «Pin Pineja» sin preguntarnos por qué ese personaje se llama así o por qué una «conejita real» va pidiendo; e in­ cluso si hallamos razones que lo expliquen, es probable que las olvidemos antes que la propia canción. La base de la poesía está aquí, en el volver extraño el len­ guaje y traerlo a primer término a través de la estructuración métrica y la repetición de sonidos. Las teorías de la poesía pos­ tulan entonces relaciones entre diferentes tipos de organiza­ ción del lenguaje —estructura métrica, fonológica, semántica, temática— o, por generalizar, entre la dimensión semántica y la no semántica del lenguaje, entre lo que el poema dice y el modo en que lo dice. El poema es una estructura de signifi­ cantes que absorbe y reorganiza los significados en la medida en que su modelo formal afecta a la estructura semántica, al asimilar los significados que las palabras tienen en otro con­ texto y subordinarlos a una nueva organización, alterar el acento y el enfoque, pasar de sentidos literales a figurativos, alinear términos de acuerdo con esquemas paralelísticos... Ese es el escándalo que genera la poesía: los rasgos «contingentes» del sonido y el ritmo afectan e infectan el pensamiento.

ha interpretación de poemas En este nivel de análisis, hallamos que la lírica se fundamenta en una convención de unidad y autonomía, como si existiera la regla de que no hay que tratar el poema como un fragmen­ to de conversación —que necesita de un contexto más amplio

para ser explicado— , sino asumir que tiene una estructura propia e intentar leerlo como si fuera una totalidad estética. La tradición de la poética ofrece diversos modelos teóricos. El formalismo ruso de principios del siglo X X , por ejemplo, postula que los niveles de la estructura del poema deben ser espejo unos de otros; la teoría romántica y la nueva crítica in­ glesa y norteamericana, entre otras corrientes, trazan una ana­ logía entre los poemas y los organismos naturales: todos los componentes del poema deben articularse armoniosamente. Las lecturas postestructuralistas postulan una tensión inevita­ ble entre lo que hacen y lo que dicen los poemas: la imposibi­ lidad del poema, o quizá de cualquier fragmento lingüístico, de hacer lo que predica. Las concepciones recientes del poema como construcción intertextual insisten en que la energía de los poemas provie­ ne de ecos de poemas anteriores; ecos que en ocasiones el poema puede no controlar. La unidad no se considera tanto una propiedad inherente al poema como un objetivo procu­ rado por el intérprete, ya busque fusión armónica, ya tensión no resuelta. Para buscar la unidad, el lector identifica oposi­ ciones en el poema (como entre nosotros y el Secreto o entre saber y suponer) y observa de qué forma el resto de elementos del poema, especialmente las expresiones figuradas, se rela­ ciona con estas oposiciones. Tomemos un famoso poema de Ezra Pound, de sólo dos versos, «In a Station of the Metro»: The apparition ofthese faces in the crowd; Petáis on a wet, hlack hough. (L a aparición de esos rostros entre la m ultitud; p étalos so b re una ram a negra, húm eda.)

Para interpretar este poema debemos resolver el contras­ te entre la multitud en el metro y la escena de naturaleza. Los dos versos emparejados refuerzan el paralelo entre las caras en la oscuridad del metro y los pétalos sobre la negra rama de

un árbol. Pero ¿ahora qué? La interpretación de los poemas descansa sobre la convención de unidad, pero en la misma medida sobre la convención de significación: se supone que los poemas, por sencillos que puedan parecer, tratan de algo significativo, importante; por tanto, los detalles particulares deben interpretarse como de importancia general. Hay que leer los poemas como signos o «correlatos objetivos», por usar el término de T. S. Eliot, de sentimientos importantes o insinuaciones de significación. Para dar significado a la oposición del poemita de Pound, el lector debe reflexionar sobre cómo funciona el paralelo que se traza en él. El poema, ¿contrasta la escena de la multitud urbana con una pacífica escena de naturaleza, los pétalos so­ bre una rama húmeda, o acaso equipara ambas escenas, indi­ cando una semejanza? Las dos opciones son posibles, pero la segunda parece facilitar una lectura más rica, pues apunta a un procedimiento respaldado vigorosamente por la tradición de la interpretación poética. La percepción de semejanzas en­ tre las caras en la multitud y los pétalos en la rama —viendo las caras en la multitud como pétalos en una rama— es un ejemplo de cómo la imaginación poética puede «ver el mun­ do con nuevos ojos», captar relaciones insospechadas y, tal vez, apreciar lo que para otro observador sería opresivo o tri­ vial; en suma, hallar profundidad en apariencias formales. Este poemita se convierte así en una reflexión sobre el poder de la imaginación poética para conseguir los efectos que el propio poema consigue. Un ejemplo como el anterior ilustra una convención básica de la interpretación de poesía: pre­ guntarse lo que este poema y sus procedimientos dicen sobre la poesía o la creación de significado. Los poemas, con su des­ pliegue de operaciones retóricas, pueden ser leídos como ex­ ploración de la poética, así como las novelas —lo veremos en el próximo capítulo— son en cierta medida una reflexión so­ bre cómo hacemos comprensible nuestra experiencia del tiem­ po y, por tanto, indagan en la teoría de la narración.

6 LA N A R RA C IÓ N

Había una vez un reino en que literatura quería decir por en­ cima de todo poesía. La novela era un joven advenedizo, de­ masiado próximo a la biografía o la crónica para ser propia­ mente literario, una forma popular que no podía aspirar a las mismas elevadas pretensiones que la poesía lírica o la épica. Pero en el siglo X X la novela ha eclipsado a la poesía, tanto en la escritura como en la lectura y, desde los años sesenta, la narración domina también la educación literaria. Todavía se estudia la poesía, generalmente incluso es obligatorio, pero la novela y el cuento se han convertido en la parte central del programa de estudios. No se trata de una mera consecuencia de las preferencias de la mayoría lectora, que toma una narración sin pensárselo dos veces, pero lee poesía con mucha menor frecuencia. Las teorías literarias y culturales han reclamado con insistencia creciente la centralidad cultural de la narración. La narración, según suele decirse, es el método fundamental con que damos sentido a las cosas; por ejemplo, al pensar en nuestra vida como una progresión que ha de conducir a alguna parte o al expli­ carnos a nosotros mismos qué sucede en el mundo. Las ex­ plicaciones científicas dan razón de un suceso sujetándolo a leyes (si ocurren A y B, entonces ocurrirá C), pero la vida no suele funcionar así. No sigue una lógica científica de causa y efecto, sino el tipo de lógica con que contamos una historia, en la que entender supone imaginar cómo un hecho conduce a otro, cómo algo puede llegar a pasar: cómo es que Marga ha acabado vendiendo software en Singapur, o cómo ha acabado el padre de Fran por regalarle un coche. Damos sentido al mundo mediante historias posibles; in­ cluso los filósofos de la historia, según vimos en el capítulo 2,

han defendido que la explicación histórica no sigue la lógi ca de la causalidad científica sino la lógica de la narración: comprender la Revolución francesa es entender una narración que muestra cómo un hecho condujo a otro. Las estructuras narrativas están en todas partes; el teórico de la narración Frank Kermode advierte que cuando decimos que un reloj hace «tictac» estamos otorgando al ruido una estructura fiecional, que diferencia entre dos sonidos que, físicamente, son iguales, de modo que tic sea un principio y tac sea un final. «El tictac del reloj me parece ser un modelo de lo que llama­ mos trama, una estructuración que da forma al tiempo y así lo humaniza.» La teoría de la narración (o «narratología») ha sido una disciplina muy activa en la teoría literaria, y el estudio de la literatura utiliza normalmente sus conceptos y terminología: la noción de trama, los diferentes tipos de narrador o las téc­ nicas narrativas. La poética de la narración, como podríamos llamarla, intenta comprender los componentes de la narra­ ción al par que analiza cómo produce sus efectos una narración concreta. Pero la narración es más que un simple tema académico. Existe un impulso fundamental en el ser humano de escuchar y contar historias. Los niños desarrollan muy pronto lo que podría llamarse «competencia narrativa»: exigen historias y saben cuándo los mayores intentan hacer trampa y paran an­ tes de llegar al final. La primera pregunta para la teoría de la narración podría ser, por tanto, cuál es ese conocimiento im­ plícito sobre la forma básica de la narración que nos permite distinguir entre una narración que acaba «como debe ser» y otra que no, que deja cabos pendientes. La narratología po­ dría ser entendida, entonces, como el intento de describir esa competencia narrativa, igual que la lingüística es el intento de describir la competencia lingüística (el conocimiento incons­ ciente que los hablantes tienen de su lengua). La teoría sería en este caso la exposición de una capacidad de comprensión o un conocimiento culturales e intuitivos.

Trama ¿Cuáles son los elementos básicos de una historia? Aristóte­ les afirmaba que el componente más importante de la narra­ ción es la trama, que las buenas historias deben tener un prin­ cipio, un medio y un final y que causan placer por el ritmo de su estructuración. No obstante, ¿qué es lo que hace que una serie concreta de sucesos adquiera esta forma? La teoría ha propuesto varias explicaciones. Ante todo, una trama requie­ re una transformación. Ha de existir una situación inicial y producirse un cambio, algún tipo de alteración, cuya impor­ tancia se verá en la resolución final. Algunas teorías defienden que una trama satisfactoria responde a determinadas formas paralelísticas, como por ejemplo el cambio de una relación entre personajes a la relación contraria, o de un temor o una predicción a su realización o su inversión; de un problema a su solución, o de una acusación falsa o una representación errónea a su rectificación. En todos los casos vemos que se asocia un desarrollo en el plano de los acontecimientos con una transformación en el plano del significado. Una simple suce­ sión de acontecimientos no genera una historia. Es necesario un final que se relacione con el principio; según algunos teó­ ricos, un final que muestre qué ha acontecido con el deseo que originó los sucesos narrados en la historia. Si la narratología es una explicación de la competencia narrativa, debe centrarse igualmente en la capacidad de los lectores de identificar un argumento. Los lectores pueden decir cuándo dos obras son una versión de la misma histo­ ria; pueden resumir el argumento y discutir si un resumen es adecuado o no. Desde luego, no todos los lectores estarán de acuerdo en todo; pero los desacuerdos probablemente reve­ len un grado considerable de comprensión común. La teoría de la narración postula la existencia de un nivel estructural — llamado por lo general «trama»— que no depende de nin­ gún lenguaje en particular ni de ningún medio de represen­ tación. A diferencia de la poesía, que se pierde en la traduc­

ción, la trama se conserva en la traducción de una lengua o medio a otra lengua o medio: una película muda o una tira cómica pueden tener la misma trama que una narración corta. Encontraremos, no obstante, que existen dos conceptos de «trama». Por una parte, la trama es una manera de dar for­ ma a los sucesos para convertirlos en una narración genuina: los escritores, al igual que los lectores, estructuran los acon­ tecimientos en una trama cuando quieren dar sentido a algo. Desde otro punto de vista, la trama es lo que resulta confor­ mado por las narraciones, pues pueden presentar la misma «historia» de modos diferentes. Por tanto, una secuencia de acontecimientos protagonizada por tres personajes puede tomar la forma (dada por los escritores o los lectores) de una trama elemental de amor heterosexual, en la que un joven quiere casarse con una joven y encuentra la oposición del pa­ dre, pero un cambio en la acción permite que los dos jóvenes se unan. Esta trama con tres personajes puede ser presentada, en la narración final, desde el punto de vista de la paciente heroína, del colérico padre o del joven, o de un observador externo atraído por estos sucesos, o de un narrador omnis­ ciente que tiene el poder de describir los sentimientos más ín­ timos de todos los personajes, o de un narrador que se distan­ cia de los acontecimientos... Desde esta perspectiva, la trama o el argumento serían lo dado y el discurso literario sus posi­ bles representaciones diferentes. Los tres niveles discutidos hasta aquí —sucesos, trama (o argumento) y texto— funcionan como dos oposiciones: entre los sucesos y la trama, y entre el argumento y el discurso. La trama o el argumento son el material que se presenta al lector, ordenado por el discurso conforme a un determinado punto de vista (diferentes versiones del mismo «argumento»). Pero la trama en sí ya es una estructuración de los acontecimientos. En la trama, una boda puede ser el final feliz de una historia, su principio, o un momento de cambio durante el desarrollo de la narración. Lo que el lector encuentra ante sí, no obs:ante, es un discurso en forma de texto: la trama es algo que

el lector infiere del texto, y la idea de que existen sucesos ele­ mentales a partir de los cuales se ha conformado una trama es igualmente una inferencia, una construcción del lector. Al hablar de los sucesos que se estructuran en una trama, resal­ tamos la importancia y la estructuración de ésta.

Presentación La distinción fundamental en narratología es, por tanto, la que separa trama y presentación real, argumento y discurso (la terminología varía en los diferentes autores). Cuando se halla delante de un texto (el término «texto» incluye también películas y otras formas de representación), el lector le da sen­ tido identificando el argumento y concibiendo el texto como una representación particular de esa historia; al identificar «qué sucede», somos capaces de entender el material verbal como la manera de retratar lo que sucede. En ese momento, podemos preguntarnos qué tipo de representación se ha esco­ gido y qué diferencias conlleva esa elección. Existen muchas alternativas, determinantes todas ellas para el efecto final de la narración. Gran parte de la teoría narratológica se ocupa de analizar las diferentes maneras de concebir estas alternativas. Veamos algunas preguntas que identifican variaciones signi­ ficativas. ¿Quién habla? Convencionalmente, se dice que toda na­ rración tiene un narrador, que puede ser externo a la historia o ser un personaje de ella. La teoría distingue entre «narración en primera persona», en la que un narrador explica hablan­ do como «yo», y lo que de modo algo confuso se denomina «narración en tercera persona», donde no existe el «yo»: el narrador no se identifica como personaje de la historia y todos los personajes son mencionados en tercera persona, por su nombre o como «él» o «ella». El narrador en primera perso­ na puede ser el principal protagonista de la historia que cuen­ ta; puede ser un participante, un personaje menor; o, final­ mente, puede ser un observador, cuya función no es actuar

sino exclusivamente contarnos lo que sucede en la historia. El observador en primera persona puede aparecer desarrollado como individuo, con su nombre, pasado y personalidad, o puede no estar casi desarrollado y desaparecer de la vista cuando la narración emprende su camino, desvaneciéndose después de haber presentado la historia. ¿Quién habla y a quién? El autor crea un texto que será leído por lectores. Los lectores infieren del texto un narra­ dor, una voz que habla. El narrador se dirige a oyentes que en la mayoría de ocasiones no están más que implícitos, son construidos por el texto, pero también pueden estar identi­ ficados explícitamente (sobre todo en la narración dentro de la narración, cuando un personaje se convierte en narrador y dentro de la historia general explica una historia a los de­ más personajes). El receptor del narrador suele denominar­ se «narratario». Tanto si el narratario es explícito como im­ plícito, la narración construye implícitamente un receptor a partir de lo que su discurso opta por dar por sabido y lo que opta por explicar. Las obras pertenecientes a otras épocas u otras culturas generalmente implican un receptor que reco­ noce determinadas referencias y participa de ciertos supues­ tos que un lector moderno o de nuestra cultura puede no compartir. La crítica feminista se ha interesado particular­ mente por cómo las narraciones europeas y americanas pos­ tulan por norma un lector masculino: el discurso se dirige implícitamente a unos lectores que comparten un punto de vista masculino. ¿Quién habla y cuándo? La narración puede ser contem­ poránea al tiempo en que se dice que suceden los hechos (como en La celosía, de Alain Robbe-Grillet, en la que la narra­ ción adquiere la forma de «ahora está pasando a, ahora está pasando b, ahora está pasando c»). La narración puede suce­ der también poco después de los hechos, como en las nove­ las epistolares, que tienen la forma de una sucesión de cartas (como en Pamela, de Samuel Richardson, en la que cada epís­ tola describe lo que ha sucedido hasta el momento). Lo más frecuente, no obstante, es que la narración sea posterior al

acontecimiento final de la trama y el narrador lo contemple, desde ese punto, como una secuencia completa. ¿Quién habla y en qué lenguaje? La voz narrativa puede tener su propio lenguaje caracterizador, con el que narra cada elemento de la historia, o adoptar y transmitir el lenguaje de los personajes. Una narración que observa las cosas desde la conciencia de un niño puede alternativamente usar el lengua­ je adulto para informar de las percepciones del niño o meter­ se en su lenguaje. El teórico ruso Mijail Bajtin describe la no­ vela como algo esencialmente polifónico (con diversidad de voces) o dialógico, pero no monológico (con una sola voz): la esencia de la novela es la dramatización de diferentes voces o discursos y, por tanto, de la lucha entre perspectivas y puntos de vista en una sociedad. ¿Quién habla y con qué autoridad? Explicar una historia es reclamar para sí una cierta autoridad concedida por los lectores. Cuando el narrador de Emma de Jane Austen em­ pieza: «Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar confortable y una posición desahogada...» no pone­ mos en duda, escépticamente, si de veras era guapa y lista, sino que aceptamos la afirmación mientras no encontremos razones para pensar de otra manera. Algunos narradores se denominan como «no fidedignos» cuando determinadas pis­ tas sobre sus prejuicios y la información que nos transmiten sobre las situaciones nos hacen desconfiar de cómo interpre­ tar los acontecimientos, o cuando encontramos razones para dudar de si el narrador comparte los mismos valores que el autor. Los teóricos hablan igualmente de «narración autoconsciente» cuando encontramos un narrador que pone de relieve el hecho de estar explicando una historia, expone sus dudas sobre cómo explicarla o incluso alardea de su poder para determinar el desarrollo de la historia. La narración autoconsciente coloca en primer término el problema de la autori­ dad narrativa.

Vocalización ¿Quién ve? Las discusiones narratológicas hablan con fre­ cuencia del «punto de vista desde el que se explica una his­ toria», pero este uso del término punto de vista confunde dos preguntas diferentes: ¿quién habla? y ¿a quién corresponde la visión que se presenta? La novela de Henry James Lo que Maisie sabía emplea un narrador que no es un niño, pero presenta la historia según aparece a la conciencia de la niña Maisie. Maisie no es la narradora; se la describe en tercera persona, como «ella», pero la novela presenta muchos acon­ tecimientos bajo su perspectiva; Maisie, por ejemplo, no com­ prende por entero la dimensión sexual de las relaciones entre los adultos que la rodean. La historia está, por usar un término desarrollado por los narratólogos Mieke Bal y Gérard Genette, focalizada a través de Maisie. Suya es la conciencia o posición desde la cual se enfocan los acontecimientos. La pregunta de quién habla, por tanto, ha de distinguirse de la pregunta de quién ve. ¿Desde qué perspectiva se enfocan los acontecimientos y quién los presenta? No siempre coin­ ciden el focalizador y el narrador, nos encontramos con numerosas variables. 1. Tiempo. La narración puede focalizar los aconteci­ mientos en el momento en que ocurren, poco más tarde o en un momento muy posterior. Puede focalizar lo que el perso­ naje sabía o pensaba en la época de los hechos o sus ideas posteriores, ya con la perspectiva del tiempo. Cuando una narradora explica lo que le sucedió, por ejemplo, de niña, puede escoger entre focalizar los hechos a través de la con­ ciencia de la niña que fue (restringiendo la explicación a lo que veía y pensaba en ese tiempo) o a través del conocimien:o y comprensión de los hechos que posee en el momento de a narración. Naturalmente, también puede combinar ambas perspectivas, alternando entre lo que sabía o sentía entonces ' lo que reconoce en el presente. Cuando la narración en ter:era persona focaliza los acontecimientos a través de un

personaje concreto, puede recurrir a variaciones similares, explicando cómo le parecían las cosas al personaje en aquellos días o cómo las percibe más tarde. La opción por uno u otro modo de focalización temporal tiene enormes consecuencias en el efecto de la narración. Una novela de detectives, por ejemplo, narra sólo lo que el focalizador sabe en cada mo­ mento de la investigación, reservando el conocimiento pleno para la culminación. 2. Distancia y frecuencia. La historia se puede ver con un microscopio, por así decir, o con un telescopio; proce­ diendo lentamente y con gran detalle o corriendo a decirnos qué sucedió: «El rey, agradecido, concedió al príncipe la mano de su hija y, a la muerte del rey, el príncipe le sucedió y los nuevos reyes reinaron felices por muchos años». Paralela­ mente a la distancia encontraremos diferencias de frecuencia: se nos puede narrar lo que sucedió en una ocasión concreta o lo que acontecía todos los martes. La opción más peculiar es lo que Gérard Genette llama «pseudoiteración», en la que algo tan específico que jamás podría suceder continuamente se explica como si sucediera de forma regular. 3. Limitaciones del conocimiento. Como alternativa ex­ trema, la narración puede focalizar la historia a través de una perspectiva muy limitada —lo que ve «el ojo de la cámara» o «una mosca sobre la pared»— , contándonos las acciones sin permitirnos el acceso a los pensamientos de los personajes. Incluso en este caso, hallaremos grandes diferencias según el grado de comprensión de los hechos implicado por las des­ cripciones «objetivas» o «externas». Por ejemplo, «el viejo encendió un cigarro» parece focalizado mediante un obser­ vador que conoce los comportamientos humanos, pero «el humano de pelo blanquecino en la parte superior de la cabe­ za sostiene una varita encendida ante sí, y se levanta humo de un tubo blanco aguantado en sus labios» parece focalizado a través de un visitante del espacio exterior o al menos de una persona exterior al espacio del protagonista. En el otro extre­ mo se encuentra la llamada «narración omnisciente», en la que el narrador, de modo semejante a un dios, tiene acceso

a los pensamientos íntimos y motivos ocultos de sus persona­ jes: «El rey quedó extasiado al contemplar el botín, pero su avi­ dez de oro todavía no había quedado satisfecha». El narrador omnisciente, aunque parece no tener límites en lo que puede saber y explicar, es habitual no sólo en la mayoría de cuentos tradicionales sino en la novela moderna, en la que resulta esen­ cial la selección de lo que efectivamente se va a narrar. Las historias focalizadas mayoritariamente a través de la conciencia de un protagonista se encuentran tanto en la na­ rración en primera persona (en la que el narrador explica lo que él o ella han pensado o visto) como en la narración en tercera persona, caso que se suele denominar «punto de vista restringido a la tercera persona», como en Lo que Maisie sabía!" Las limitaciones en el foco o punto de vista pueden deri/ar en una narración «no fidedigna», si nos parece advertir que a conciencia a través de la cual se focalizan los hechos es in:apaz de comprender los sucesos del mismo modo que lo haría m lector de historias competente, o si se niega a ello. Estas y algunas otras alternativas de narración y focaliza­ rán desempeñan un gran papel en la determinación final de os efectos de la novela. Una historia con un narrador omnisiente, que detalla los sentimientos y las motivaciones secretas le los protagonistas y manifiesta un conocimiento de cómo se an de desarrollar los acontecimientos, puede transmitir al :ctor la sensación de que el mundo es comprensible. Puede estacar, por ejemplo, el contraste entre lo que uno piensa y ) que sucede inevitablemente («poco sospechaba él en ese íomento que dos horas más tarde sería atropellado por un arruaje y todos sus planes se malograrían»). Sin embargo, una istoria narrada desde el punto de vista restringido de un proigonista individual puede resaltar la pura impredecibilidad e los acontecimientos; dado que no sabemos qué piensan los 6. En el ámbito teórico de nuestro país es más frecuente remitirse a la rminología de Genette, que el lector puede hallar resumida en Figuras III arcelona, Lumen, 1989). What Maisie Knew es ejemplo, para Genette, de Dcalización interna fija»; véase Figuras III, op. cit., p. 245. (N. del t.)

demás personajes o qué otras cosas están sucediendo en ese mo­ mento, todo lo que ocurra puede ser una sorpresa. Las com­ plicaciones de la narración aumentan si tenemos en cuenta el engaste de historias dentro de otras historias, de forma que el acto de narrar una historia se convierte en un aconte­ cimiento dentro de la narración, un acontecimiento cuyas con­ secuencias e importancia supondrá una cuestión clave. Histo­ rias dentro de historias dentro de historias.

Qué hacen los relatos Los teóricos han discutido igualmente las funciones del rela­ to. Ya mencioné en el capítulo 2 que los «textos expositivos narrativos» — clase que incluye tanto las narraciones literarias como las historias que nos contamos entre nosotros— circu­ lan porque sus historias son dignas de explicar, «valen la pena». Los escritores intentan evitar constantemente la pe­ ligrosa pregunta de «¿y eso, qué?»; pero ¿qué hace que una historia «valga la pena»? ¿Qué hacen los relatos? Para empezar, las narraciones causan placer (según Aris­ tóteles, por su imitación de la vida y su ritmo peculiar). La estructura narrativa que incluye un giro importante, como cuando el cazador es cazado o se vuelven las tornas, produce placer en sí misma, y muchas narraciones persiguen sobre todo este objetivo: entretener a los lectores, produciendo un cambio imprevisto en situaciones familiares. El placer de la narración se relaciona con el deseo. Las in­ trigas narrativas nos cuentan sobre el placer y lo que sucede con éste, pero el propio movimiento de la narrativa está guia­ do por el placer, bajo la forma de «epistemofilia» (deseo de saber): queremos descubrir secretos, saber cómo acaba, ha­ llar la verdad. Si lo que guía las narraciones es el impulso «masculino» de dominio, esto es, el deseo de desvelar la ver­ dad (la «verdad desnuda»), ¿qué sucede entonces con el saber que esas narraciones nos ofrecen para satisfacer ese deseo? ¿Se trata de conocimiento en sí mismo o es un efecto del deseo?

La teoría se hace preguntas como estas sobre la relación en­ tre el deseo, las historias y el conocimiento. Efectivamente, según ha enfatizado la teoría, la narración tiene también la función de enseñarnos cosas sobre el mundo, mostrarnos cómo funciona, permitirnos — a través de los re­ cursos de la focalización— observar las cosas desde nuevas ata­ layas y comprender la motivación de otras personas, que en la vida cotidiana nos queda oculta. El novelista E. M. Forster ob­ servó que, al ofrecemos la posibilidad de un conocimiento per­ fecto, la novela compensa nuestra visión difuminada de los otros en la vida «real». Los personajes de las novelas son gente cuya vida secreta es visible o p u ed e serlo, m ientras que nuestras vidas secretas son invisibles. Y p o r eso es p o r lo que las novelas, incluso cuando tra­ tan de seres m alvados, p ueden servirnos d e alivio; nos hablan d e una especie hum ana m ás com prensible y, p o r tanto, m ás m anejable; nos ofrecen una ilusión de p ersp icacia y poder.

A través del conocimiento que ofrecen, las narraciones actúan como si fueran policías. Las novelas de la tradición occidental muestran cómo domar las aspiraciones individuales y cómo los deseos se han de ajustar a la realidad social. Muchas novelas narran cómo se malogran las ilusiones de juventud. Nos cuentan el deseo, provocan el deseo, extienden ante noso­ tros el escenario del deseo heterosexual y, desde el siglo XVIII, se han esforzado cada vez más en sugerir que lograremos nuestra identidad verdadera, si alcanzamos a lograrla, en el amor, es decir, en las relaciones personales y no en la acción pública. Pero a la vez que nos entrenan para que creamos que existe algo como «estar enamorado», se ocupan de desmiti­ ficar la idea. En tanto que llegamos a ser lo que somos mediante una serie de identificaciones (como trataré en el capítulo 8), las novelas son un mecanismo poderoso de interiorización de nor­ mas sociales. Pero la narración ofrece igualmente un modelo de crítica social. Expone la vacuidad del éxito mundano, la

corrupción del mundo o cómo fracasa en satisfacer nuestras aspiraciones más nobles; expone los puntos de vista de los oprimidos, en historias que invitan al lector, mediante la iden­ tificación, a darse cuenta de que ciertas situaciones son into­ lerables. En resumen, la pregunta fundamental que debe hacerse la teoría en el campo de la narrativa es esta: ¿es la narración una forma básica de conocimiento (que permite conocer el mun­ do por su capacidad de dar sentido) o se trata más bien de una estructura retórica que distorsiona tanto como desvela? La narrativa, ¿es fuente de conocimiento o de ilusión? El co­ nocimiento que pretende presentar, ¿es efecto del deseo? El teórico Paul de Man observó que, mientras que nadie en su sano juicio intentaría cultivar viñedos a la luz de la palabra día, nos resulta verdaderamente muy difícil el no concebir nuestras vidas a partir de esquemas de narraciones Acciónales. ¿Implica eso que los efectos de discernimiento y consuelo que causa la narrativa son engañosos? Para poder responder a tales preguntas necesitaríamos disponer a la vez de un conocimiento del mundo indepen­ diente de la narración, y de razones para considerar ese co­ nocimiento como de mayor autoridad que el que ofrece la narrativa. Pero la existencia hipotética de ese conocimiento con autoridad, pero ajeno a toda forma narrativa, es precisa­ mente lo que está en juego en la pregunta de si la narración proporciona conocimiento o ilusión. De modo que no parece posible responder a la pregunta, si es que tiene respuesta. En lugar de ello debemos movemos entre la concepción de la na­ rración como recurso retórico que crea una ilusión de perspi­ cacia y el estudio de la narración como nuestro medio princi­ pal de creación de significado. Después de todo, incluso la propia afirmación de que la narración no es más que retórica sigue la estructura de una historia; se trata de una narración en la que nuestro engaño inicial ha dado paso a la dura luz de la verdad, y terminamos más tristes, pero más sabios; desi­ lusionados, pero aleccionados. Dejamos de bailar en círculo y contemplamos el secreto. Eso nos dice la historia.

7 E L L E N G U A JE R EA LIZA TIV O

En este capítulo seguiremos el desarrollo de un ejemplo de «teo­ ría», paralelamente a un concepto que ha adquirido gran im­ portancia en los estudios literarios y culturales y cuya varia for­ tuna muestra cómo pueden cambiar las ideas cuando entran en el reino de la «teoría». El problema del lenguaje «realizativo» \performative language] nos llevará a analizar temas importan­ tes del significado y los efectos del lenguaje y generará pre­ guntas sobre la identidad y la naturaleza del sujeto.

Los enunciados realizativos de Austin El concepto de enunciado realizativo fue desarrollado en los años cincuenta por el filósofo británico J. L. Austin, quien propuso una distinción entre dos tipos de enunciados. Los enunciados constatativos, como «Juan ha prometido que ven­ drá», hacen una afirmación, describen un orden de cosas y son verdaderos o falsos; mientras que los enunciados realiza­ tivos (o sencillamente, los realizativos) no son verdaderos ni falsos y en realidad realizan la acción que describen. Al afir­ mar «Prometo que te pagaré» no se quiere exponer una situación, sino realizar el acto de prometer; el enunciado en sí ya es el acto. Austin pone el ejemplo de una boda; cuando el párroco o el alcalde preguntan «¿Acepta a esta mujer como su legítima esposa?», la respuesta de «Sí, quiero» no describe una voluntad, la realiza; no informa respecto a un matrimonio, lo efectúa. Al decir «Sí, quiero», el enunciado realizativo no resulta ser verdadero ni falso. Puede ser apropiado o inapro­ piado, según las circunstancias; puede ser «afortunado» o «desafortunado», en palabras de Austin. Puede suceder que

se diga «Sí, quiero» y la boda no sea válida (por ejemplo, si uno de los dos ya está casado o si la persona que celebra la ceremonia no está autorizada a celebrar bodas en nuestra co­ munidad). El enunciado «fracasará», dice Austin. El enun­ ciado será desafortunado, infeliz... y así quedarán, sin duda, el novio o la novia, o quizá ambos. Los enunciados realizativos no describen las acciones que designan, sino que las realizan. Prometemos, ordenamos o nos casamos justamente al pronunciar unas determinadas pa­ labras. Una prueba sencilla para saber si una frase es realizativa es anteponerle, en español, el sintagma «Con estas pala­ bras» o «al pronunciar estas palabras»: «Con estas palabras prometo...», «Con estas palabras declaro la independencia», «Con estas palabras te ordeno que...», pero no es posible de­ cir «Con estas palabras voy a la ciudad». No puedo realizar el acto de hablar al pronunciar unas palabras concretas. La distinción entre realizativo y constatativo refleja una diferencia importante entre tipos de enunciados y tiene la gran virtud de alertarnos sobre hasta qué punto el lenguaje puede realizar acciones, además de meramente informarnos de ellas. No obstante, al proseguir con su explicación de lo realizativo, Austin topa con algunas dificultades. Se podría establecer una lista de «verbos realizativos» que realizan la acción que designan cuando son usados en la primera perso­ na del presente de indicativo (prometo, ordeno, declaramos). Pero no se puede definir los realizativos con un mero listado, pues en las circunstancias adecuadas se puede realizar el acto de ordenar a alguien que se pare con sólo gritar «¡Párate!» sin necesidad de decir «(Con estas palabras) te ordeno que te pares». Un enunciado aparentemente constatativo como «Te pagaré mañana», que ciertamente tiene el aspecto de conver­ tirse en verdadero o falso según lo que suceda mañana, puede representar también la promesa de que se pagará mañana, si se dan las condiciones adecuadas, más que una descripción o una predicción como «{él) te pagará mañana». Sin embargo, en cuanto se admite la existencia de estos «realizativos implí­ citos», en los que no hay explícito ningún verbo realizativo,

debemos admitir que cualquier enunciado puede funcionar como un realizativo implícito. La frase «El gato está sobre la alfombra» —un enunciado constatativo básico— puede ver­ se como la versión elíptica de «Con estas palabras afirmo que el gato está en la alfombra», un realizativo que efectúa el acto de afirmar que está describiendo una realidad. Los enunciados constatativos también realizan acciones: las de afirmar, descri­ bir, constatar, etc. Descubrimos que son un tipo de realiza­ tivo. Volveré sobre ello más tarde.

Los realizativos y la literatura La teoría literaria ha abrazado el concepto de «realizativo», porque ayuda a caracterizar el lenguaje literario. Los teóricos han afirmado constantemente que debemos prestar atención a lo que el lenguaje literario hace, no menos que a lo que dice-, y la noción de realizativo proporciona una justificación lingüís­ tica y literaria para esta idea: existe una clase de enunciados que, ante todo, realizan algo. Al igual que los realizativos, los enunciados literarios no se refieren a un orden de cosas previo y tampoco son verdaderos o falsos. El enunciado literario, ade­ más, también crea las situaciones a las que se refiere, en diver­ sos sentidos. En primer lugar y ante todo, porque presta vida a los personajes y sus acciones, por ejemplo. El principio del Ulises de Joyce, «Solemnemente, el regordete Buck Mulligan surgió de la escalera llevando una palangana de espuma con un espejo y una navaja de afeitar entrecruzados encima», no se refiere a una situación previa, sino que crea el personaje y las circunstancias. En segundo lugar, las obras literarias dan vida a nuevas ideas y conceptos. La Rochefoucauld afirma que a nadie se le hubiera ocurrido estar enamorado si no lo hu­ biera leído en los libros, y la noción del amor romántico (y de su centralidad en la vida de los individuos) podría decirse que es una sólida creación literaria. En cualquier caso las propias novelas, desde Don Quijote a Madame Bovary, han inculpado a las ideas sentimentales de otros libros.

En resumen, lo realizativo sitúa en el centro de la escena un uso del lenguaje que antes se consideraba marginal —un uso activo, creador de mundos, cercano al lenguaje literarioy nos ayuda a entender la literatura como un acto o un acón tecimiento. La noción de la literatura como enunciado rea lizativo permite, además, una defensa de la literatura: no se trata de frívolos pseudoenunciados, sino que debe colocarse entre los actos del habla que transforman el mundo, que dan vida a los objetos que nombran. Lo realizativo se vincula con la literatura también de un segundo modo. Al menos en un principio, los realizativos rompen la ligazón entre el significado y la intención del ha­ blante, pues el acto que se realiza ya no depende de lo que se quiera decir, sino de convenciones sociales y lingüísticas. El enunciado —insiste Austin— no debe ser considerado como el signo exterior de un acto interior al que representa con ver­ dad o falsedad; al afirmar «prometo» en unas determinadas circunstancias habremos hecho una promesa, habremos he­ cho el acto de prometer, independientemente de las intencio­ nes que tuviéramos en mente en ese instante. Puesto que los enunciados literarios también son acontecimientos cuyo sig­ nificado, según se suele creer, no viene determinado por la intención del autor, el modelo teórico de los realizativos pa­ rece muy pertinente. No obstante, si el lenguaje literario es realizativo, y un enunciado realizativo no es verdadero o falso sino afortunado o desafortunado, ¿qué significado tiene el que un enunciado literario sea afortunado? Esta se revela como una pregunta complicada. Por una parte, quizá afortunado no sea más que otro nombre para lo que ya suele interesar habitualmente a los críticos. Al encontrarnos ante el enunciado que abre el so­ neto de Shakespeare «My mistress’ eyes are nothing like the sun», no preguntaremos si la frase es verdadera o falsa, sino qué hace, cómo se integra con el resto del poema y si funcio­ na felizmente (afortunadamente) en conjunción con los demás versos. Esa podría ser una concepción de lo afortunado. Pero el modelo de lo realizativo también dirige nuestra atención a

otro punto: las convenciones que permiten que un enunciado sea una promesa o un poema; las convenciones del soneto, por ejemplo. Lo afortunado de un enunciado literario podría depender, por tanto, de su relación con las convenciones del género. ¿Se ajusta a la convención y por tanto logra ser un soneto, sin «fracasar» en el intento? Más que eso uno tende­ ría a suponer que una composición literaria es afortunada sólo cuando se convierte plenamente en literatura, al ser pu­ blicada, leída y aceptada como obra literaria (al igual que una apuesta sólo vale como tal cuando es aceptada como apues­ ta). En resumen, la noción de la literatura como realizativo nos impone una reflexión sobre el complejo problema de qué significa que una obra literaria funciona.

Derrida y los realizativos Este tema conoce otro momento clave en su desarrollo cuan­ do Jacques Derrida se ocupa del concepto de Austin. Austin había distinguido entre los realizativos serios, que efectúan algo, como prometer o casarse, y los enunciados «no serios». Su enfoque debe aplicarse a las palabras que se dicen seria­ mente: «Es necesario que no esté bromeando, por ejemplo, o escribiendo un poema. Nuestros enunciados realizativos, afortunados o no, deben entenderse como enunciados gene­ rados en circunstancias ordinarias». Derrida replica que lo que Austin aísla apelando a las «circunstancias ordinarias» son las numerosas maneras en que se pueden repetir frag­ mentos de lenguaje, de modo «no serio» pero igualmente serio, como en el caso de un ejemplo o una cita. La posibilidad de ser repetido en circunstancias nuevas es esencial a la natu­ raleza del lenguaje; cualquier cosa que no pudiera ser repeti­ da de modo «no serio» no sería lenguaje, sino algún tipo de señal inseparablemente ligado a una situación física. La po­ sibilidad de repetición resulta, entonces, fundamental en el lenguaje; y los realizativos particularmente sólo pueden fun­ cionar si se los reconoce como versiones o citas de fórmulas

regulares, como «sí, quiero» o «prometo». Si el novio dijera «vale» en vez de «sí, quiero», probablemente no lograría casarse. Un enunciado realizativo, se pregunta Derrida, «¿podría ser un éxito si su formulación no repitiera un enun­ ciado “codificado” o iterable [repetible], en otras palabras, si la fórmula que se pronuncia para abrir una sesión, botar un barco, o un matrimonio no fuera identificable como confor­ me a un modelo iterable, si por tanto no fuera identificable de alguna manera como “cita”?». Austin aísla como anóma­ los, no serios o excepcionales ejemplos particulares de lo que Derrida llama una «iterabilidad general» que debe conside­ rarse una ley del lenguaje. «General» y fundamental, porque, para que algo sea un signo, debe poder ser citado y repetido en toda clase de circunstancias, incluyendo las «no serias». El lenguaje es realizativo en el sentido de que no se limita a transmitir información, sino que realiza actos mediante su repetición de maneras de hacer cosas o prácticas discursivas establecidas. Este aspecto será clave en la fortuna posterior del término. Derrida vincula igualmente lo realizativo a la cuestión ge­ neral de los actos que originan o inauguran, actos que crean algo nuevo, tanto en la esfera política como en la literaria. ¿Cuál es la relación entre un acto político, como una declara­ ción de independencia, que da pie a una nueva situación, y los enunciados literarios, que intentan inventar algo nuevo, a través de actos que no son enunciados constatativos sino rea­ lizativos, como las promesas? Ambos actos, el político y el lite­ rario, se asientan sobre una compleja combinación de reali­ zativo y constatativo en la que, para ser un éxito, el acto debe resultar convincente (al quedar referido a la situación de emi­ sión); sin embargo, en estos actos el éxito consiste justamen­ te en originar las condiciones a las que se refiere. Las obras literarias pretenden hablamos del mundo, pero si tienen éxi­ to lo hacen creando, dando vida a los personajes y sucesos que relatan. Algo parecido es lo que ocurre en los actos inau­ gurales propios de la esfera política. En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, por ejemplo, la frase

clave afirma: «Por tanto, hacemos público y declaramos solem­ nemente que estas colonias unidas son y según derecho debe­ rían ser estados libres e independientes». La declaración de que son estados independientes es un realizativo que se su­ pone ha de crear la nueva realidad a la que se refiere, pero para reforzar esta afirmación se adjunta la afirmación constatativa de que deberían ser estados independientes.

Relaciones entre realizativos y constatativos La tensión entre lo realizativo y lo constatativo también se observa claramente en la literatura, en la que la dificultad con que se encuentra Austin para separar lo realizativo de lo cons­ tatativo puede ser considerada como una característica fun­ damental del funcionamiento del lenguaje. Si todo enunciado es a la vez realizativo y constatativo e incluye, al menos, la afir­ mación implícita de una situación junto con un acto lingüís­ tico, la relación entre lo que el enunciado dice y lo que hace no necesariamente será armoniosa ni cooperativa. Para ejem­ plificar el problema en el ámbito literario, volvamos una vez más al poema de Robert Frost «The Secret Sits»: We dance round in a ring and suppose, But the Secret sits in the middle and knows.1

Este poema depende de la oposición entre suponer y co­ nocer. Para explorar qué actitud toma el poema frente a esta dualidad y qué valores adjudica a los términos opuestos, po­ demos preguntarnos si el propio poema adopta la modalidad de suponer o de conocer. ¿El poema supone, como nosotros —que bailamos en círculo— o sabe, como el Secreto? Se di­ ría que el poema, como producto de la imaginación humana, es un ejemplo de suposición, un caso de baile en círculos, 7. «Bailamos en círculo y suponemos, / Pero el Secreto sabe, senta­ do en el centro.» (N. del t.)

pero su apariencia gnómica, sentenciosa, así como la afirma­ ción suficiente de que el secreto «sabe», hacen que el poema parezca saber mucho. Por tanto, no podemos estar seguros de la respuesta. No obstante, ¿qué nos muestra el poema so­ bre el saber? Pues bien, el secreto, que es algo que uno o sabe o no sabe — y, en consecuencia, es un objeto del conocimien­ to— , se convierte en el poema, por metonimia o contigüidad, en el sujeto del conocimiento; es lo que sabe, en lugar de lo que se sabe. Al escribir en mayúsculas y con ello personalizar la idea del Secreto, el poema realiza una operación retórica que asciende el objeto del saber a la posición de sujeto. Con ello muestra que una suposición retórica puede originar al sa­ bedor, puede convertir al secreto en sujeto y personaje de esta pequeña escena teatral. El secreto que sabe se crea con un acto de suposición, que desplaza el secreto del lugar de obje­ to (Alguien sabe un secreto) al de sujeto (El Secreto sabe). El poema indica, por tanto, que su afirmación constatativa con­ forme a la cual el secreto sabe depende de una suposición realizativa: la suposición que convierte al secreto en el sujeto su­ puestamente sabedor. La frase dice que el Secreto sabe pero muestra que se trata de una suposición. En este punto de la historia del concepto, el contraste en­ tre lo constatativo y lo realizativo se ha redefinido: lo consta­ tativo es el lenguaje que afirma representar las cosas tal cual son y nombrar cosas que están ahí previamente; lo realizati­ vo son las operaciones retóricas, los actos de lenguaje que so­ cavan esta afirmación con su imposición de categorías lin­ güísticas, creando las cosas, organizando el mundo más que •epresentando lo que existe. Estamos ante lo que se llama una caporía» entre lenguaje realizativo y constatativo (una aporía s el «impasse» de una oscilación irresoluble, como cuando i gallina depende del huevo y el huevo depende de la gallina). ,a única manera de afirmar que el lenguaje funciona realiitivamente, dando forma al mundo, es mediante un enunado constatativo, como por ejemplo «El lenguaje da forma mundo»; contrariamente, no hay manera de afirmar la ansparencia constatativa del lenguaje si no es con un acto

de habla. Los enunciados que realizan el acto de constatar han de pretender necesariamente que no hacen más que ex­ poner las cosas tal cual son; pero si quisiera demostrarse lo contrario —que la pretensión de representar al mundo tal cual es, en realidad, impone categorías al mundo— no hay otro modo de hacerlo que no sea constatar que es así o no lo es. La afirmación conforme a la cual el acto de constatar o describir es de hecho un acto realizativo debe tomar la forma de una afirmación constatativa.

Butler y los realizativos El último episodio de esta pequeña historia de los realizativos es el surgimiento de una «teoría realizativa de la sexualidad y el género» dentro de la teoría feminista y los estudios gay y lesbiana. La figura central de esta teoría es la filósofa esta­ dounidense Judith Butler, cuyos libros Gender Trouble: Feminism and the Subversión ofldentity (1990), Bodies that Matter (1993) y Excitable Speech: A Politics of the Speech Act (1997) han ejercido una gran influencia en el campo de los estudios literarios y culturales, especialmente en la teoría feminista y en el ámbito emergente de los estudios gay y lesbiana. La teoría cultural de vanguardia de los estudios gay, vinculada con mo­ vimientos políticos a favor de la liberación gay, ha adoptado recientemente el nombre de Queer theory. El epíteto « Queer!» («maricón, moña») es el insulto más común en inglés para re­ ferirse a un homosexual; la teoría lo adopta como nombre y así lo devuelve a la sociedad. La apuesta consiste en que alar­ dear de este nombre puede provocar un cambio de significa­ do que lo transforme de insulto en insignia honorífica. En este caso, el proyecto teórico está imitando la táctica de las orga­ nizaciones de activismo más marcado que se han involucrado en la lucha contra el sida; como el grupo ACT-UP, por ejem­ plo, que en sus manifestaciones utiliza eslóganes como «We’re here, we’re queer, get used to it!» («¡Estamos aquí, somos maricones, ya podéis acostumbraros!»). El libro de Butler Gender Trouble se ocupa de la noción, corriente en los escritos de feministas estadounidenses, de que una política feminista requiere obligatoriamente de una idea de la identidad femenina (las características esenciales que las mujeres comparten por ser mujer y que les otorgan intereses y objetivos comunes). Para Butler, al contrario, las categorías básicas de identidad son productos culturales y sociales, que son probablemente el resultado de una cooperación política, no su condición de posibilidad. Estas categorías crean el efec­ to de lo natural (recuérdese la canción de Aretha Franklin

«Haces que me sienta como una mujer natural») y con su imposición de normas (definiciones de qué significa ser una mujer) amenazan con excluir a las que no se adaptan a ellas. En su estudio Butler propone que consideremos el género sexual como un realizativo, en el sentido que no es lo que uno es sino lo que uno hace. Un hombre o una mujer no es algo que se es sino algo que uno hace, una condición que uno en­ carna: el género lo crean nuestros actos, del mismo modo que una promesa se crea en el acto de prometer. Se llega a ser hombre o mujer mediante actos repetidos que, como los rea­ lizativos de Austin, dependen de convenciones sociales, de las maneras habituales de hacer algo en una cultura. Igual que existen maneras regladas, fijadas socialmente, de prometer, apostar, dar órdenes o casarse, existen maneras establecidas de ser un hombre o ser una mujer. Esto no significa que el género se pueda elegir, que sea un rol del que uno se viste del mismo modo que escoge la ropa con que se vestirá ese día. De ser así, existiría un suje­ to asexuado previo a la elección del género, cuando de hecho para ser un sujeto es imprescindible tener género: en este ré­ gimen del género, no se puede ser una persona sin ser hom­ bre o mujer. «Sujeto al género pero convertido en sujeto por el género», escribe Butler, «el “yo” ni precede ni sigue al pro­ ceso de esta ageneración, sino que surge sólo dentro de la ma­ triz de las propias relaciones de género y en calidad de ésta». Lo realizativo del género tampoco debe entenderse como un acto aislado, algo que se logra mediante un acto particular; es más bien «la práctica reiterativa y citacional», la repetición obligatoria de las normas genéricas que animan y constriñen al sujeto sexuado, pero que son asimismo los recursos que forjan la resistencia, la subversión o el desplazamiento. Desde este punto de vista, el enunciado «¡E s una niña!» o «¡E s un niño!» con el que, tradicionalmente, se da la bien­ venida al recién nacido, no es tanto un enunciado constatativo (verdadero o falso, de acuerdo con las circunstancias) como el primero de una larga serie de enunciados realizativos que crean el sujeto cuya llegada están anunciando. Ponerle un

nombre a una niña da inicio a un proceso continuo de «enni ñamiento», la producción de una niña, mediante la «asig nación» o repetición obligatoria de las normas del género sexual, «la citación forzosa de una norma». Si somos un suje to es necesariamente porque se nos ha hecho esta asignación de la repetición, pero —y esto resulta fundamental, en opi nión de Butler— se trata de una asignación que nunca aca­ bamos de cumplir de acuerdo con lo que se espera, de forma que nunca habitamos de pleno las normas o ideales genéricos a los que se nos empuja a aproximamos. En ese agujero, en las diferentes formas de cumplir la «asignación» de género, están las posibilidades de resistencia y cambio. Se está acentuando aquí la manera en que la fuerza realizativa del lenguaje se crea a partir de la repetición de normas anteriores, de actos anteriores. De este modo, la fuerza del in­ sulto «maricón» no proviene de la intención ni de la autoridad del hablante, que probablemente es algún necio totalmente desconocido para la víctima, sino del hecho de que el grito «maricón» repite insultos gritados en el pasado, alocuciones o actos de interpelación que crean el sujeto homosexual lla­ mándolo de forma reiterada abyecto y vergonzoso (lo que excede a toda norma de conducta: «¡Antes muerto que eso!»). Escribe Butler: «Maricón» deriva su fuerza precisamente de la invocación repetida ... mediante la cual se forma, a través del tiempo, un contrato social entre comunidades homofóbicas. La alocución es eco de alocuciones pasadas y obliga a los hablantes, como si hablaran al unísono a través del tiempo. En este sentido siem­ pre hay un coro imaginario que se burla: «¡Maricón!».

Lo que otorga al insulto su fuerza realizativa no es la mera repetición en sí, sino el hecho de que se reconoce su cohe­ rencia con un modelo, con una norma, y se enlaza con toda una historia de exclusión. El enunciado implica que el ha­ blante es portavoz de lo «normal» y se esfuerza en constituir al destinatario como un pervertido indeseable. Es la repetí-

i'ión, la citación de una fórmula arraigada en normas que sos­ tienen una historia de opresión, lo que da una fuerza y ma­ lignidad especiales a insultos de otro modo banales como «negro», «judío» o «moro». Acumulan la fuerza de la autori­ dad mediante la reiteración o citación de un conjunto de prácticas previas, autorizadas, como si fuera la voz de todos los insultos del pasado. Pero este vínculo realizativo con el pasado conlleva igual­ mente la posibilidad de desviar o reexpedir el peso del pasa­ do, al intentar capturar y dirigir de otra manera los términos que cargan con un significado opresivo, como se ha hecho con la adopción en Estados Unidos por parte de los propios homosexuales del término queer, «moña». Esto no significa que podamos ser autónomos con la sola elección de nuestro nombre; los nombres siempre acarrean una carga histórica y están sujetos a los usos que otros puedan hacer de él en el fu­ turo. Los términos que escogemos para nombrarnos no se pueden controlar; pero el carácter histórico del proceso rea­ lizativo crea la posibilidad de la batalla política.

Jugadas e implicaciones Comienza a ser evidente que la distancia entre el principio y el final (aún provisional) de esta pequeña historia es muy grande. Para Austin, el concepto de lo realizativo nos ayuda a pensar en un aspecto concreto del lenguaje que había pa­ sado inadvertido a los filósofos anteriores; para Butler, se trata de un modelo de reflexión sobre procesos sociales de importancia crucial en los que hay diversas cuestiones en juego: 1) la naturaleza de la identidad y cómo se produce ésta; 2) el funcionamiento de las normas sociales; 3) el pro­ blema fundamental de lo que la teoría reciente denomina en inglés como «agency» («agencia»): hasta qué punto y bajo qué condiciones soy un sujeto responsable que escoge sus propios actos; y 4) la relación entre el individuo y el cambio social.

Por tanto, hay una enorme diferencia entre lo que está cu juego en la propuesta de Austin y la de Butler, y es probable que estén pensando en tipos diferentes de actos del habla. Austin se interesa por cómo la repetición aislada de una fór muía en una situación concreta hace que suceda algo (se haceuna promesa). Para Butler se trataría de un caso especial den­ tro de la repetición obligatoria a gran escala que produce las realidades históricas y sociales (se llega a ser mujer). Esta divergencia, de hecho, nos devuelve al problema de la naturaleza del acto literario, que también puede concebir­ se como realizativo en dos sentidos diferentes. Podemos de­ cir, en un caso, que la obra literaria efectúa un acto singular, específico. Crea una realidad —-la obra— y sus frases realizan algo concreto dentro de esa obra. Para cada obra, podemos intentar especificar qué realiza el conjunto y qué sus partes, del mismo modo que intentaríamos averiguar qué se prome­ te en un acto de promisión. Esta, se diría, es la versión austiniana del acontecimiento literario. Pero por otra parte, podríamos considerar también que la obra tiene éxito y se convierte en acto mediante una repeti­ ción a gran escala que integra las normas y, probablemente, cambia las cosas. Si una novela «sucede», lo hará porque, en su singularidad, inspira una pasión que insufla vida a esas formas, en actos de lectura y de recuerdo, repitiendo su par­ ticular inflexión de las convenciones de la novela y, tal vez, efectuando una alteración en las normas o las formas que uti­ lizan los lectores para enfrentarse al mundo. Un poema pue­ de desaparecer sin dejar rastro, pero también puede suceder que se reproduzca a sí mismo en recuerdos y dé origen a una serie de actos de repetición. Es realizativo, pero no como un acto singular realizado una vez y para siempre, sino como una repetición que da vida a las formas que lo repiten. El concepto de realizativo, en la historia que he venido tra­ zando hasta aquí, reúne una serie de temas que son cruciales para la «teoría». Hagamos una pequeña lista. En primer lugar, ¿cómo hemos de pensar la capacidad del lenguaje de dar forma? ¿La limitamos a unos actos especí­

ficos, en los que creemos poder decir con tranquilidad qué hace, o intentamos calibrar los efectos más vastos del lengua­ je, pues éste organiza nuestros encuentros con el mundo? En segundo lugar, ¿cómo debemos concebir la relación entre las convenciones sociales y los actos individuales? Es tentadora, pero demasiado simple, la idea de que las conven­ ciones sociales son como el escenario o el trasfondo frente al cual decidimos cómo actuar. Las teorías de lo realizativo ofre­ cen explicaciones más ajustadas de cómo se entremezclan la norma y la acción, ya sea presentando las convenciones como la condición de posibilidad de los actos, como Austin, o bien, como Butler, considerando la acción como una repetición obligatoria que, sin embargo, en ocasiones se desvía de la nor­ ma. La literatura, que se supone debe «innovar» dentro de un espacio convencional, parece exigir una explicación realizativa de la norma y el acto. Tercero, ¿cómo se ha de enfocar la relación entre lo que el lenguaje hace y lo que dice? Esta es la cuestión básica de lo realizativo: ¿puede existir una fusión armoniosa entre decir y hacer o, por el contrario, se crea una tensión inevitable que gobierna y complica toda la actividad textual? Por último, ¿cómo debemos concebir la acción en la épo­ ca posmoderna en que vivimos? En los Estados Unidos es corriente decir hoy que, dada la importancia de los medios de comunicación, lo que sucede en televisión «sucede, y punto»: es un hecho real. Tanto si la imagen se corresponde con la realidad como si no, el suceso mediático es un suceso genui­ no que se debe tener en cuenta. El modelo de lo realizativo ofrece una explicación más perfeccionada de temas que fre­ cuentemente se consideran toscamente como desdibujamiento de las fronteras entre hecho y ficción. Y la cuestión del acontecimiento literario, de la literatura como acto, ofrece un modelo útil para pensar sobre los acontecimientos culturales en general.

8 ID E N T ID A D , ID E N T IF IC A C IÓ N Y SU JE T O

E l sujeto Una parte importante del debate teórico moderno se ocupa de la identidad y la función del sujeto o el yo. ¿Qué es ese «yo» que yo soy —persona, agente o actor, sujeto— y qué lo hace ser lo que es? En la reflexión moderna sobre este tema subyacen dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, ¿el yo es algo dado o algo construido?; y en segundo lugar, ¿debe concebirse en términos individuales o sociales? Estas dos dua­ lidades han generado cuatro corrientes principales de pensa­ miento. La primera opta por lo dado y lo individual; consi­ dera que el «yo» es algo interior y único, anterior a los actos que realiza, un núcleo interior que se expresa (o no) de dife­ rentes maneras en sus actos y palabras. La segunda combina lo dado y lo social; resalta que el yo es determinado por sus orígenes y atributos sociales: uno es hombre o mujer, blanco o negro, americano o europeo, etcétera, y estos son hechos pri­ marios, datos del sujeto o el yo. La tercera se decanta por lo individual y lo construido, enfatizando la naturaleza variable del yo, que llega a ser lo que es a través de sus actos particula­ res. Por último, la combinación de lo social y lo construido acentúa que llego a ser lo que soy a partir de las diferentes po­ siciones que ocupo como sujeto; jefe mejor que empleado, rico antes que pobre. La tradición crítica hegemónica en los estudios literarios modernos ha considerado la individualidad del individuo como algo dado, una esencia que se expresa en actos y pala­ bras y que, por tanto, puede usarse para justificar una acción: hice lo que hice porque soy quien soy y, si quieres explicar lo que hice o dije, debes dirigir tu mirada al «yo» (consciente o

inconsciente) que expresan mis actos y mis palabras. La «teo ría» ha replicado no sólo a este modelo de expresión, en el que los actos y las palabras funcionan expresando un sujeto previo, sino también a la propia prioridad del sujeto. Escribe Michel Foucault: «Las investigaciones del psicoanálisis, de l.i lingüística, de la etnología han descentrado el sujeto en reía ción a las leyes de su deseo, las formas de su lenguaje, las re glas de su acción o los juegos de sus discursos míticos o fabu losos». Si las posibilidades del pensamiento y la acción están determinadas por una serie de sistemas que el sujeto no contro­ la y quizá ni siquiera entiende, entonces el sujeto está «descen­ trado», en el sentido de que no existe una fuente o un centro al que uno pueda referise para explicar un hecho. El sujeto está formado por esas fuerzas. Así, el psicoanálisis concibe al sujeto no como una esencia única, sino en tanto que produc­ to de la intersección de mecanismos psíquicos, sexuales y lin­ güísticos. La teoría marxista, a su vez, considera que el suje­ to está determinado por su posición en una clase: o bien se aprovecha del trabajo de otros o bien trabaja para beneficio de otros. El feminismo destaca el impacto que desarrollan los papeles del género socialmente construido para hacer al suje­ to lo que es. La Queer theory defiende que el sujeto hetero­ sexual se construye mediante la represión de la posibilidad de la homosexualidad. La pregunta del sujeto es «¿qué soy “yo”?». ¿Son las cir­ cunstancias las que hacen que sea lo que soy? ¿Qué relación se establece entre la individualidad del individuo y mi identidad como miembro de un grupo? ¿Hasta qué punto el «yo» que yo soy, el sujeto, es un agente responsable que toma sus propias decisiones sin que se le impongan? Ya la propia familia de pa­ labras de «sujeto» encierra en gran parte este problema teóri­ co fundamental: el sujeto es un actor o agente, una subjetividad libre que realiza cosas, como el «sujeto de la frase». Pero un sujeto está también sujeto, determinado, es «sujeto de un expe­ rimento» o está «sujeto a la autoridad». La teoría se ha incli­ nado por defender que ser un sujeto es estar siempre sujeto a diversos poderes (psicosocial, sexual, lingüístico).

Literatura e identidad La literatura se ha ocupado desde antiguo de la cuestión de la identidad, y las obras literarias esbozan respuestas, implícitas o explícitas, a estas cuestiones. Muy especialmente, la narrativa ha seguido las peripecias de los personajes y cómo se definen a sí mismos y son definidos por combinaciones variables de su pasado; las opciones que han escogido y las fuerzas sociales que actúan sobre ellos. ¿Los personajes producen su destino o lo sufren? La narrativa ha ofrecido respuestas diferentes y complejas. En la Odisea, Ulises es caracterizado como «mul­ tiforme» (polytropos), pero lo que lo define es su lucha por salvarse a sí y a sus compañeros y regresar a Itaca. En Madame Bovary de Flaubert, Emma pugna por definirse (o «en­ contrarse») en la tensión entre sus lecturas románticas y las circunstancias insignificantes de su vida. Las obras literarias ofrecen una variedad de modelos im­ plícitos del modo en que se forma la identidad. En algunas narraciones la identidad la determina ante todo la cuna: el hijo de un rey criado por pastores sigue siendo fundamentalmen­ te un rey y se convertirá en un rey de pleno derecho cuando se descubra su identidad. En otras, los personajes varían de acuerdo con su cambio de fortuna, o bien la identidad se basa en rasgos de su personalidad que se revelan a lo largo de las tribulaciones de una vida. La reciente explosión en el campo de los estudios litera­ rios de teorías sobre la raza, el género y la sexualidad obe­ dece en gran parte al hecho de que la literatura proporciona materiales valiosos para la problematización de las explica­ ciones políticas y sociológicas del papel que desempeñan esos factores en la construcción de la identidad. Considérese por ejemplo la cuestión de si la identidad del sujeto es algo dado o bien algo construido. Ambas alternativas se hallan amplia­ mente representadas en la literatura; pero además encontra­ mos que esas complicaciones o enredos se disponen especial mente para nosotros, como por ejemplo en la trama habitual

en la que los personajes, como suele decirse, «descubren» quie nes son no al averiguar nuevos datos sobre su pasado (como su nacimiento), sino porque actúan de una manera tal que se convierten en lo que al final resulta que, en cierto sentido, rs su «naturaleza». Esta estructura, en la que hay que convertirse en lo que supuestamente ya se era (igual que Aretha Franklin llega ¡i sentirse como una mujer natural), ha sido calificada de pa­ radoja y aporía por la teoría reciente, pero ha estado funcio­ nando siempre en la narrativa. Las novelas occidentales refuerzan la idea de un yo esencial, al sugerir que el yo que surge de los enfrentamientos con el mundo ya estaba allí an­ tes, en cierto sentido, como base de las acciones que, desde la perspectiva del lector, crean ese mismo yo. La identidad fundamental de los personajes emerge como resultado de las acciones, del forcejeo con el mundo; pero posteriormente esta identidad se postula como la base, incluso la causa de ta­ les acciones. Una buena parte de la teoría reciente puede verse como el intento de analizar las paradojas que frecuentemente infor­ man del tratamiento de la identidad en la literatura. Las obras literarias son la representación característica de un individuo, por lo que los conflictos por la identidad son de hecho con­ flictos internos al individuo, pero también entre el individuo y el grupo: los personajes se resisten o se adaptan a las nor­ mas y expectativas sociales. En cambio, los escritos teóricos sobre la identidad social tienden a centrarse en la identidad de grupo: ¿qué es ser una mujer?, ¿qué es ser negro? De ahí que surjan tensiones entre la exploración literaria y las afir­ maciones críticas o teóricas. El poder de las representaciones literarias radica, según sugerí en el capítulo 2, en una par­ ticular combinación de singularidad y ejemplaridad: el lector encontrará un retrato concreto del príncipe Hamlet, Ana Ozores o Huckleberry Finn, y junto a él la presunción de que los problemas de esos personajes tienen valor ejemplar. No obstante, ¿de qué son ejemplo? La novela no lo indica; son los críticos o los teóricos los que deben atacar la cuestión de

la ejemplaridad e indicarnos a qué grupo o clase representa el personaje. ¿La condición de Hamlet es universal? ¿Los apu­ ros de la Regenta son los de las mujeres en general? El tratamiento teórico de la identidad puede parecer reductivo en comparación con el rastreo sutil de las novelas, que logran sustraerse a las siempre discutibles afirmaciones generales mediante su presentación de casos singulares; pero confían en una fuerza generalizadora implícita: quizá todos somos Edipo, Hamlet, Madame Bovary o Janie Starks. Cuan­ do las novelas se ocupan de identidades de grupo —qué su­ pone ser una mujer o un hijo de la burguesía— exploran con frecuencia cómo las exigencias de la identidad colectiva res­ tringen las posibilidades individuales. Los teóricos concluyen que las novelas, por tanto, al convertir la individualidad en el centro primordial de atención del individuo, están constru­ yendo una ideología de la identidad individual cuyo rechazo a los temas de ámbito social debe ser cuestionado por la crí­ tica. El problema de Emma Bovary, podría decirse, no es su necedad ni sus caprichos sentimentales, sino la situación ge­ neral de las mujeres en su sociedad. La literatura no solo ha convertido la identidad en un tema recurrente; ha desempeñado también un papel fundamental en la construcción de la identidad de los lectores. El valor de la literatura se ha vinculado desde antiguo al hecho de que posibilita que el lector experimente indirectamente las expe­ riencias de los personajes, permitiéndole aprender qué se siente en determinadas situaciones y con ello adquirir la predisposición a sentir y actuar de cierta manera. Las obras literarias nos animan a identificarnos con los personajes, al mostrarnos el mundo desde su punto de vista. Los poemas y las novelas suelen dirigirse a nosotros pi­ diéndonos que nos identifiquemos con lo transmitido, y la identificación colabora en crear la identidad: llegamos a ser quienes somos porque nos identificamos con figuras que en­ contramos en la lectura. Durante mucho tiempo se ha culpado a la literatura de incitar a los jóvenes a verse a sí mismos como personajes de una novela y buscar la realización personal de

M i marido y yo pensamos que no se debe presionar tanto a los chicos. Q ue lo tomen con calma, ya tendrán tiempo de escoger el sexo que más les convenga...

manera análoga: huyendo de casa para experimentar la vida de la metrópoli, abrazando los valores morales de héroes y heroínas para enfrentarse a los padres, sintiendo aversión por el mundo antes de conocerlo o convirtiendo sus vidas en una búsqueda del amor e intentando reproducir las escenas de novelas o poemas amorosos. Se acusa a la literatura de co­ rromper mediante mecanismos de identificación. Los paladi­ nes de la educación literaria, por el contrario, confiaban en que la literatura podría hacemos personas mejores mediante la ex­ periencia indirecta y los mecanismos de identificación.

¿Representación o producción? Los discursos, ¿representan identidades que existen previa­ mente o las producen? Este ha sido un tema clave en la teoría literaria. Foucault, como vimos en el capítulo 1, considera que

«el homosexual» es una identidad inventada por las prácticas discursivas decimonónicas. La crítica norteamericana Nancy Armstrong, a su vez, ha propuesto que las novelas y los ma­ nuales de conducta del siglo XVIII crearon al «individuo mo­ derno», que en primer lugar fue una mujer. El individuo moder­ no, en este sentido, es una persona cuya identidad y valor se cree que provienen de los sentimientos y las características personales, no del lugar que ocupa en la jerarquía social. Se trata de una identidad adquirida con el amor, que se centra en la esfera doméstica más que en la social. Esta idea es hoy la más corriente —nuestro yo verdadero es el que se encuentra mediante el amor y las relaciones con la familia y los ami­ gos— , pero de hecho se origina en los siglos XVIII y XIX como concepto de la identidad femenina, y sólo más tarde se ex­ tiende al hombre. Armstrong afirma que este concepto se desarrolla y se amplía en las novelas y otras formas de dis­ curso que ensalzan los sentimientos y las virtudes privadas. Hoy en día se trata de un concepto sostenido por las pelícu­ las, la televisión y una gran variedad de discursos, que repre­ sentan y nos muestran qué es ser una persona, un hombre o una mujer.

Psicoanálisis La teoría reciente, de hecho, al considerar que la identidad se forma a partir de un proceso de identificación, ha desarrolla­ do lo que con frecuencia estaba implícito en la discusión lite­ raria. Para Freud, la identificación es un proceso psicológico en el cual el sujeto asimila un aspecto del otro y se transforma, total o parcialmente, siguiendo el modelo proporcionado por éste. La personalidad o el yo se construyen mediante una se­ rie de identificaciones. Así, por ejemplo, la base de la identi dad sexual es la identificación con uno de los padres: se desea como desean los padres, como si se imitara su deseo hasta rivu lizar por el objeto deseado. En el caso del complejo de I dipi ■ el niño se identifica con el padre y desea a la madre.

Las últimas teorías psicoanalíticas sobre la formación de la identidad debaten cuál es la mejor manera de concebir el mecanismo de identificación. Jacques Lacan, en su explica­ ción de lo que denomina «el estadio de espejo», emplaza el ori gen de la identidad en el momento en que el niño se identifica con su imagen en el espejo, percibiéndose como un todo, como lo que quiere ser. El yo es constituido por el reflejo que nos vuelve: por el espejo, por la madre y en las relaciones so­ ciales por los otros en general. La identidad es producto de una serie de identificaciones parciales, que nunca se completan. En última instancia, el psicoanálisis corrobora la lección que se podría extraer de las novelas más serias y celebradas: que la identidad es un fracaso; que nuestro convertimos en hombre o mujer no llega a término feliz; que la interiorización de nor­ mas sociales (que, según la sociología, sucede uniforme e ine­ xorablemente) encuentra siempre resistencia y al final no fun­ ciona: no llegamos a ser quien se supone que somos. La teoría aún ha dado otra vuelta de tuerca al papel esen­ cial de la identificación. Mikkel Borch-Jakobsen defiende que el Deseo (el sujeto que desea) no aparece primero y entonces le sigue una identificación que permitiría la culminación del deseo. En primer lugar aparece una tendencia a la identifica­ ción, una tendencia primordial que posteriormente da origen al deseo ...; es la identificación la que da vida al sujeto de­ seante, no a la inversa.

Según el modelo precedente, el deseo es una causa primera; aquí la identificación precede al deseo, y la identificación con otros incluye la imitación y la rivalidad que es el origen del de­ seo. Esto coincide con la representación propia de la novela, en la que, como aseguran René Girard y Eve K. Sedgwick, el deseo surge de la identificación y la rivalidad: el deseo mas­ culino heterosexual procede de identificar al héroe con un rival e imitar su deseo.

Identidades de grupo La identificación también desempeña un papel en la forma­ ción de la identidad de grupo. A los miembros de colectivos históricamente oprimidos o marginados, las narraciones les posibilitan la identificación con un colectivo potencial y cola­ boran en la creación del grupo mostrando quién o qué está en su mano ser. El debate teórico en esta área se ha concentrado de modo intenso en la conveniencia y la utilidad política de diversas concepciones de la identidad. ¿Debe haber algo esencial que compartan todos los miembros de un grupo para poder funcionar como tal? ¿O acaso las afirmaciones sobre qué es ser una mujer o ser negro o ser homosexual son opre­ sivas, restrictivas y objetables? Con frecuencia el debate ha tomado la forma de una polémica sobre el «esencialismo»: en­ tre una noción de identidad como algo dado, un origen, y otra noción de identidad como algo que está en permanente pro­ ceso y surge a través de alianzas y oposiciones contingentes (un pueblo oprimido adquiere su identidad al oponerse al opresor). La pregunta clave podría ser esta: ¿qué relación existe en­ tre las críticas a la concepción esencialista de una identidad (sea de grupo o individual) y la necesidad psíquica y política de identidad? Las necesidades de la política de emancipación, que persigue una identidad sólida para las mujeres, los negros o los irlandeses, por ejemplo, ¿se acoplan o chocan con las nociones psicoanalíticas del inconsciente y del sujeto dividido? Este tema adquiere la máxima importancia teórica y también práctica, pues los problemas que surgen parecen ser los mis­ mos independientemente de si el colectivo se define por su nacionalidad, raza, género o preferencia sexual, idioma, cla­ se social o religión. Los grupos marginados históricamente cuentan con dos alternativas actualmente. Por una parte, las investigaciones teóricas demuestran que no es legítimo tomar ciertas características (por ejemplo, la orientación sexual, el género o rasgos morfológicos) como definidores esenciales

de las características de la identidad del grupo, y refutan la imputación de una identidad esencial a todos los miembros de un colectivo caracterizado por su género, clase social, reli­ gión, sexualidad o nacionalidad. Por otro lado, los colectivos pueden convertir las identidades impuestas en recursos para el grupo. Foucault observa en su Historia de la sexualidad que el surgimiento, en el siglo XIX, de discursos médicos y psi­ quiátricos que definían al homosexual como una clase desvia­ da facilitaban el control social, pero a la vez hacían posible «la constitución de un discurso “de rechazo”: la homosexualidad se puso a hablar de sí misma, a reivindicar su legitimidad o su “naturalidad” incorporando frecuentemente al vocabulario las categorías con que era médicamente descalificada».

Estructuras omnipresentes Lo que convierte la cuestión de la identidad en crucial e ine­ ludible son las tensiones y conflictos que encierra (en esto se parece al «significado»). Estudios provenientes de diferentes perspectivas teóricas — el marxismo, el psicoanálisis, los estu­ dios culturales, el feminismo, los estudios gay y lesbiana y el estudio de la identidad en sociedades coloniales y poscoloniales— han desvelado dificultades en torno al concepto que pa­ recen similares estructuralmente. Tanto si, con Louis Althusser, decimos que somos «culturalmente interpelados» o salu­ dados como sujetos, convertidos en sujeto cuando se dirigen a nosotros en tanto que ocupantes de una cierta posición o rol, como cuando acentuamos, con el psicoanálisis, la función de un «estadio de espejo» en el que el sujeto adquiere identidad al reconocerse incompletamente a sí mismo en una imagen; tanto si definimos las identidades a la manera de Stuart Hall, en tanto que «nombres que damos a las diferentes maneras en que nos ubicamos en las narraciones del pasado y somos ubicados en ellas», como si resaltamos, tal como se hace en los estudios de la subjetividad colonial y poscolonial, que el sujeto se construye dividido por el choque de discursos y exigencias

contradictorias o, por último, si concebimos la identidad hete­ rosexual, con Judith Butler, como basada en la represión de la posibilidad del deseo homoerótico, al final nos encontramos con algo parecido a un mecanismo recurrente. El proceso de formación de la identidad no sólo privilegia unas diferencias y descarta otras, sino que toma una diferencia o división interna al grupo y la proyecta como una diferencia entre individuos o grupos. «Ser un hombre», como solemos decir, es negar cual­ quier «afeminación» o debilidad y proyectarlo como una di­ ferencia entre hombres y mujeres. Una diferencia interior se niega y se proyecta como una diferencia entre elementos opues­ tos. Estudios de diferentes ámbitos parecen converger en esta investigación de las maneras en que se produce el sujeto me­ diante postulados injustificados pero inevitables de unidad e identidad, que pueden tener una función estratégica de im­ plantación de autoridad e igualmente crear huecos entre la identidad del papel atribuido a los individuos y los diversos acontecimientos y valores de sus vidas. Posiblemente ha colaborado en la confusión una afirma­ ción en torno a la cual se estructura con frecuencia este deba­ te: que las divisiones internas de la concepción del sujeto, de alguna manera, impiden la posibilidad de la «agencia», esto es, de la actuación responsable. Podría responderse, sencilla­ mente, que los que exigen un mayor acento en la actuación responsable desean teorías que les permitan decir que las ac­ ciones cambiarán el mundo y están frustrados porque esto probablemente no sea así. ¿Acaso no vivimos en un mundo en donde nuestros actos tienen más posibilidades de tener consecuencias imprevistas que previstas? Pero existen además dos respuestas complejas. En primer lugar, en palabras de Ju ­ dith Buder, «la reconceptualización de la identidad como un efecto, esto es, como producida o generada, abre nuevas posibi­ lidades de “agencia” que son insidiosamente negadas por las posturas que conciben las categorías de identidad como fun­ dacionales y fijas». Al referirse al género sexual como un rea­ lizativo obligatorio, Buder sitúa la agencia en las variaciones de la acción, las posibilidades de variación dentro de la repe­

tición, que acarrean significado y crean la identidad. En se­ gundo lugar, las concepciones tradicionales del sujeto, en rea­ lidad, colaboran en la limitación de la actuación responsable. Si por sujeto se entiende el «sujeto consciente», entonces po­ demos afirmarnos inocentes, negar nuestra responsabilidad, siempre que las consecuencias del acto realizado no hayan sido escogidas consciente o intencionalmente. Si, por el contrario, nuestra concepción del sujeto da cabida a lo inconsciente y a las posiciones de sujeto que ocupamos, la responsabilidad se expande. El acento en las estructuras del inconsciente o de po­ sición del sujeto (posición que no es escogida) nos exige la responsabilidad ante los sucesos y las estructuras de nuestras vidas — el racismo o el sexismo, por ejemplo— , aunque no sean explícitamente intencionales. La noción expandida de su­ jeto combate las restricciones a la actuación responsable que se derivan de las nociones tradicionales de sujeto. El «yo», ¿escoge libremente o está determinado en sus opciones? El filósofo Anthony Appiah indica que este debate sobre la agencia y la posición del sujeto involucra dos niveles diferentes de la teoría que en realidad no compiten entre sí, y ni tan siquiera podemos ocuparnos de los dos a la vez. Nos referimos a la agencia y a la elección responsable debido a nuestro deseo de vivir vidas comprensibles entre otras perso­ nas, a las cuales adscribimos creencias e intenciones. El refe­ rirnos a las posiciones del sujeto que determinan la acción, sin embargo, obedece a nuestro deseo de entender los proce­ sos históricos y sociales, en los que los individuos figuran como socialmente determinados. Algunas de las polémicas más feroces de la teoría contemporánea se han producido cuando las afirmaciones sobre el individuo y su responsabili­ dad y las afirmaciones sobre el poder de las estructuras so­ ciales y discursivas se han querido ver como explicaciones causales equiparables. En los estudios sobre la identidad en las sociedades coloniales y poscoloniales, por ejemplo, se han visto discusiones acaloradas sobre la agencia del nativo o «su­ balterno». Algunos pensadores, interesados en el punto de vista de la agencia o actuación responsable del subalterno,

han centrado su análisis en los actos de resistencia o de sumi­ sión al colonialismo; se les ha acusado, por ello, de ignorar el efecto más pernicioso del colonialismo: el modo en que defi­ nió la situación y las posibilidades de acción, convirtiendo a los habitantes en «nativos», por ejemplo. Otros teóricos, que han descrito el poder omnipresente del «discurso colonial», el discurso de las fuerzas coloniales que crean el mundo en el que los sujetos colonizados viven y actúan, han sido acusados de negar la agencia del sujeto nativo. De acuerdo con la perspectiva de Appiah, estos tipos di­ ferentes de explicación no están en conflicto: los nativos con­ servan su agencia, y un vocabulario de agencia sigue siendo apropiado, por mucho que sea el discurso colonialista el que defina las posibilidades de acción. Las dos explicaciones perte­ necen a registros diferentes, lo mismo que una explicación de las decisiones que han llevado a Teresa a comprarse un nuevo Hyundai corresponde a un registro y la descripción de cómo funciona el capitalismo mundial y de las estrategias de merca­ dotecnia de los coches asiáticos en Europa pertenecen a otro. Hay mucho que ganar, prosigue Appiah, si separamos las nociones de posición del sujeto y de agencia, reconociendo que son parte de narraciones diferentes. En tal caso, la ener­ gía de la disputa puede reconducirse a cuestiones sobre cómo se construye la identidad y qué papel desarrollan en esas cons­ trucciones las prácticas discursivas, entre ellas la literatura. No obstante, parece lejana la posibilidad de que los aná­ lisis del sujeto que escoge responsablemente y los de las fuer­ zas que determinan al sujeto puedan coexistir pacíficamente, como narraciones diferenciadas. A fin de cuentas, el impulso que da pie a la teoría es el deseo de ver hasta dónde puede llegar una idea o un argumento y de poner en duda las expli­ caciones alternativas y sus presupuestos. Perseguir la idea de la agencia del sujeto es llevarla tan lejos como uno pueda, para buscar las posiciones que la limitan o la contrarrestan y lanzarles un reto.

Teoría Quizá podamos extraer una lección de todo esto. La teoría, podríamos concluir, no origina soluciones armoniosas. No nos enseña, por ejemplo, de una vez y por siempre qué es el significado, es decir, cómo contribuyen al conjunto del signi­ ficado los factores de la intención, el texto, el lector y el con­ texto, cada uno por su parte. La teoría no nos indica si la poesía es una vocación trascendental o un truco retórico, o en qué medida es las dos cosas. He acabado diversos capítulos invocando la persistencia de una tensión entre factores, pers­ pectivas o desarrollos arguméntales; la única conclusión posi­ ble era que debemos perseguir las diversas opciones, alternar entre las diferentes opciones, que no se pueden ignorar, pero que tampoco derivan en una síntesis. La teoría, por tanto, no ofrece un conjunto de soluciones, sino la expectativa de pen­ samiento futuro. Nos pide que nos comprometamos con la tarea de leer, de poner en duda los presupuestos aceptados, de cuestionar los postulados con los que trabajamos. Comen­ cé este libro diciendo que la teoría era infinita: un corpus ili­ mitado de escritos provocadores y fascinantes. Pero no sólo lo es en cuanto al número y diversidad de los análisis: es igual­ mente un proyecto de pensamiento en marcha que no se de­ tiene cuando se acaba una Breve introducción.

Apéndice E SC U E L A S Y M O V IM IE N T O S T E Ó R IC O S

En esta introducción he escogido presentar la teoría al hilo de sus problemas y debates y no al de sus «escuelas», pero el lector tiene derecho a esperar que se le expliquen términos como estructuralismo o deconstrucción, que aparecen con fre­ cuencia en las discusiones críticas. Ofrezco esa explicación en este apartado, bajo la forma de breve descripción de los mo­ vimientos teóricos contemporáneos. La teoría literaria no es un conjunto incorpóreo de ideas, sino una fuerza encuadrada en instituciones. La teoría existe en comunidades de lectores y escritores, como práctica dis­ cursiva, inextricablemente enmarañada con instituciones edu­ cativas y culturales. Desde los años sesenta, tres modas teó­ ricas han tenido máxima repercusión: la importante reflexión sobre el lenguaje, la representación y las categorías del pen­ samiento crítico que han emprendido la deconstrucción y el psicoanálisis (con planteamientos no siempre coinciden­ tes); el análisis del papel del género sexual y la sexualidad en todas las facetas de la literatura, por parte del feminismo y pos­ teriormente de los estudios del género y la Queer theory; y el desarrollo de la crítica cultural de orientación histórica (nuevo historicismo, teoría poscolonial), con el estudio de un amplio espectro de prácticas discursivas referidas a muchos objetos (como el cuerpo, la familia o la raza) que anterior­ mente no se consideraba que tuvieran una historia. Antes de 1960 ya nos encontramos con varios movimientos teóricos de importancia.

Formalismo ruso El formalismo ruso de los primeros años del siglo XX hizo hin­ capié en que los críticos debían estudiar la «literariedad» de la literatura, las estrategias verbales que convierten a un tex­ to en literario, el propio lenguaje llevado a primer plano y el «extrañamiento» de la experiencia que se consigue con ello. Se desvió la atención desde los autores hacia los «mecanismos» verbales, afirmando que «el mecanismo es el único héroe de la literatura». En lugar de preguntar «¿Qué dice el autor aquí?», deberíamos preguntar algo como «¿Qué le sucede al soneto aquí?» o «¿Qué aventuras le acontecen a la novela en este libro de Dickens?». Román Jakobson, Boris Eichenbaum y Víctor Shklovski son las tres figuras clave de este grupo que reo­ rientó los estudios literarios hacia los problemas de la forma y la técnica.

New Criticism El grupo del llamado «New Criticism» («nueva crítica») surgió en los Estados Unidos en las décadas de 1930 y 1940 (paralelamente al desarrollo en Inglaterra de las obras de I. A. Richards y William Empson). Focalizaron su atención en la unidad o integridad de la obra literaria. Con una pers­ pectiva opuesta a la erudición historicista de las universi­ dades, la nueva crítica trataba los poemas no como docu­ mentos históricos, sino como objetos estéticos; y examinaba la interacción de sus propiedades verbales y la consiguiente complicación del sentido, en lugar de las intenciones o circuns­ tancias históricas del autor. Para los «nuevos críticos» (Cleanth Brooks, John Crowe Ransom, W. K. Wimsatt), la crítica debe esclarecer obras de arte individuales. Centrando el estudio en la ambigüedad, la paradoja, la ironía y los efectos de la connotación y las imágenes poéticas, el New Criticism inten­ tó mostrar cuál es la contribución de cada uno de los ele­

mentos que integran la forma poética en una estructura uni­ ficada. Esta escuela legó, como herencia duradera, las técnicas de la «lectura atenta» (cióse reading) y el supuesto según el cual la piedra de toque del valor de cualquier actividad crítica es si nos ayuda a producir interpretaciones más ricas y reve­ ladoras de las obras individuales. Pero al inicio de la década de 1960, numerosas perspectivas y discursos teóricos — fe­ nomenología, lingüística, psicoanálisis, marxismo, estructuralismo, feminismo, deconstrucción— ofrecían ya marcos con­ ceptuales para una reflexión más rica sobre la literatura y otros productos culturales.

Fenomenología y estética de la recepción La fenomenología se origina en la obra de Edmund Husserl, filósofo de principios del siglo X X . Busca evitar el problema de la separación entre sujeto y objeto, la conciencia y el mun­ do, centrándose en la realidad «fenomenal» de los objetos tal como aparecen a la conciencia. Podemos dejar de lado la cuestión de la realidad o cognoscibilidad última del mundo y describir éste según se presenta a la conciencia. La crítica fenomenológica se concentró en describir el «mundo» de la conciencia de un autor, según se manifiesta en toda la exten­ sión de su obra (Georges Poulet, J. Hillis Miller). Pero de ma­ yor importancia para la literatura ha sido el llamado readerresponse criticism («crítica de la respuesta del lector»), de Stanley Fish o Wolfgang Iser. Para el lector, la obra es lo que se da a la conciencia; se puede discutir que una obra sea algo objetivo, que exista con independencia de la experiencia de ella, pero no que sea la experiencia del lector. La crítica pue­ de tomar la forma, entonces, de una descripción del trayecto progresivo de un lector a través de un texto, analizando cómo el lector produce sentido al crear conexiones, completar ele­ mentos no dichos, anticipar hipótesis y conjeturas y finalmen­ te ver cómo sus expectativas se defraudan o se confirman.

Otra versión de la fenomenología, orientada igualmente hacia el lector, es la llamada «estética de la recepción» (Hans Robert Jauss). Una obra es la respuesta a las cuestiones que plantea un «horizonte de expectativas». Por tanto, la interpre­ tación de las obras no debe centrarse en la experiencia de un lector individual, sino en la historia de la recepción de una obra y su relación con las diversas normas estéticas y conjun­ tos de expectativas que permiten leerla en diferentes épocas.

Estructuralismo La teoría orientada hacia el lector tiene algo en común con el estructuralismo, que también se concentra en cómo se ge­ nera el significado. Pero el estructuralismo se originó por oposición a la fenomenología; su objetivo no era describir la experiencia, sino identificar las estructuras subyacentes que la posibilitan. En lugar de descripciones fenomenológicas de la conciencia, el estructuralismo quería analizar estructuras que operan inconscientemente (estructuras lingüísticas, psi­ cológicas, sociales). Dado su interés en cómo se produce el significado, el estructuralismo trató con frecuencia al lector (por ejemplo, en S/Z de Roland Barthes) como el emplaza­ miento de los códigos subyacentes que posibilitan el signifi­ cado y como el agente del significado. Con el término «estructuralismo» suele designarse a un grupo de pensadores mayoritariamente franceses que, en los años cincuenta y sesenta, influidos por la teoría lingüística de Ferdinand de Saussure, aplicaron diversos conceptos propios de la lingüística estructural al estudio de los fenómenos sociales y culturales. El estructuralismo se inició en la antro­ pología (gracias a Claude Lévi-Strauss) y de ahí pasó a los estudios literarios y culturales (Román Jakobson de nuevo, Roland Barthes, Gérard Genette), al psicoanálisis (Jacques Lacan), a la historia de las ideas (Michel Foucault) o a la teo­ ría marxista (Louis Althusser). Aunque estos pensadores nun­ ca formaron una escuela como tal, su trabajo se importó y

leyó bajo la etiqueta de «estructuralismo» en Inglaterra, E s­ tados Unidos y otros lugares desde finales de los años sesenta y en la década posterior. En los estudios literarios, el estructuralismo defendió una poética interesada en las convenciones que hacen posible una obra literaria; no pretendió producir nuevas interpreta­ ciones, sino comprender cómo una obra produce los signifi­ cados y efectos que le son propios. Pero no logró imponer este proyecto —la explicación sistemática del discurso literario— , al menos no en Estados Unidos o Gran Bretaña. Su mayor efecto aquí fue ofrecer nuevas ideas sobre la literatura y con­ vertirla en una práctica significativa entre otras muchas. De este modo abrió camino a lecturas sintomáticas de las obras literarias y empujó a los estudios culturales a intentar explicar los procedimientos de creación de significado de diversas prácticas culturales. No es sencillo diferenciar el estructuralismo de la semió­ tica, la ciencia general de los signos, que deriva de Saussure y el filósofo estadounidense Charles Sanders Peirce. La semió­ tica, sin embargo, es un movimiento internacional que ha in­ tentado incorporar el estudio científico de la conducta y la comunicación, pero evitando en gran parte los componentes de especulación filosófica y crítica cultural que han marcado al estructuralismo en su versión francesa y las cercanas a ésta.

Vostestructuralismo Cuando el estructuralismo pasó a quedar definido como un movimiento o una escuela, los teóricos se distanciaron de él. Resultaba patente que las propias obras de los supuestos estructuralistas no encajaban en la idea del estructuralismo como un intento por dominar y codificar estructuras. Barthes, Lacan o Foucault, por ejemplo, fueron considerados como postestructuralistas que habían dejado atrás el estructuralismo de mira estrecha. Pero muchas de las posiciones asociadas con el postestructuralismo son evidentes incluso en las obras

tempranas de estos pensadores, cuando eran tenidos por estructuralistas; habían descrito la forma en que las teorías se entremezclan con los fenómenos que pretenden describir; o cómo los textos crean sentido al violar las convenciones que localiza un análisis estructural. Se reconoció que era imposible describir un sistema significativo completo o coherente, dado que los sistemas están cambiando permanentemente. De he­ cho, el postestructuralismo no demuestra los errores o ina­ decuaciones del estructuralismo; más bien abandona el pro­ yecto de averiguar qué hace comprensibles los fenómenos culturales para centrarse en la crítica del saber, la totalidad y el sujeto, que son considerados como efectos problemáticos. Las estructuras de los sistemas de significación no existen como objetos de conocimiento independientes del sujeto, sino que son estructuras para el sujeto, enmarañadas con las fuer­ zas que las producen.

Reconstrucción El término postestructuralismo se aplica a un amplio abanico de discursos teóricos que coinciden en criticar las nociones de conocimiento objetivo y de un sujeto capaz de conocerse a sí mismo. Entre ellos, forman parte del postestructuralismo mo­ vimientos contemporáneos como los feminismos, teorías psicoanalíticas, marxismos o historicismos. Pero por postestruc­ turalismo se entiende sobre todo la deconstrucción y la obra de Jacques Derrida, quien se dio a conocer en Estados Unidos con una crítica del concepto estructuralista de estructura, en un artículo que se encuentra precisamente en la recopilación que trajo el estructuralismo a América (Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre, 1970). La deconstrucción se puede definir del modo más sencillo como una crítica de las oposiciones jerárquicas que han es­ tructurado el pensamiento occidental: dentro/fuera, mente/ cuerpo, literal/metafórico, habla/escritura, presencia/ausencia, naturaleza/cultura, forma/significado. «Deconstruir» una

oposición significa mostrar que ésta no es natural e inevitable, sino una construcción producida por discursos que dependen de ella; mostrar que es una construcción mediante una obra de Reconstrucción que intenta desmantelarla y reinscribirla; no destruirla, por tanto, sino darle una estructura y un significa­ do diferentes. Pero como forma de lectura, la deconstrucción es, en palabras de Barbara Johnson, un «desenredar fuerzas de significado que combaten en el interior de un texto», inves­ tigar la tensión entre modos de significar, por ejemplo entre las dimensiones realizativa y constatativa del lenguaje.

Teoría feminista En tanto el feminismo acomete la deconstrucción de la opo­ sición hombre/mujer y las oposiciones asociadas con ella en la historia de la cultura occidental, resulta ser una versión del postestructuralismo; pero esa es sólo una de las hebras de su discurso, pues el feminismo no es tanto una escuela unifica­ da como un movimiento social e intelectual y un espacio de debate. Por un lado, la teoría feminista aboga por la identidad de las mujeres, reclama derechos para ellas y apoya las obras escritas por mujeres como representaciones de la experiencia de las mujeres. Por otro lado, las feministas han emprendido una crítica teórica de la matriz heterosexual que organiza identidades y culturas desde el punto de vista de la oposición entre hombre y mujer. Elaine Showalter distingue entre la «crítica feminista» de los supuestos y procedimientos mascu­ linos y la «ginocrítica», una forma de la crítica feminista que se ocupa de las escritoras y su representación de la experien­ cia de las mujeres. Ambos modelos contrastan con lo que, des­ de el mundo anglosajón, se ha dado en llamar el «feminismo francés», en el que «mujer» representa toda aquella fuerza ra­ dical que subvierta los conceptos, supuestos y estructuras del discurso patriarcal. Del mismo modo, la teoría feminista in­ cluye una corriente que rechaza el psicoanálisis, por sus indu­ dables cimientos sexistas, y a su vez la brillante rearticulación

del psicoanálisis por parte de profesoras feministas como Jacqueline Rose, Mary Jacobus y Kaja Silverman, para las cuales sólo mediante el psicoanálisis —por su explicación de los complicados procesos de interiorización de normas— se pue­ de comprender y concebir de nuevo la difícil situación de las mujeres. En sus múltiples facetas, el feminismo ha logrado una transformación sustancial de la educación literaria en Estados Unidos y Gran Bretaña, al expandir el canon literario e introducir una gran variedad de temas nuevos.

Psicoanálisis La teoría psicoanalítica ha tenido impacto en los estudios lite­ rarios a la vez como método interpretativo y como teoría sobre el lenguaje, la identidad y el sujeto. Por una parte, es junto con el marxismo la hermenéutica moderna más poderosa: un metalenguaje o vocabulario técnico autorizado que se puede aplicar a las obras literarias y a otras situaciones, para enten­ der qué está pasando «realmente». Esto conlleva que el crítico está alerta a los temas y relaciones psicoanalíticas. Pero por otra parte, el mayor impacto del psicoanálisis lo ha consegui­ do la obra de Jacques Lacan, un psicoanalista renegado que, en Francia, creó su propia escuela fuera del sistema analítico reinante, liderando lo que presentó como un retorno a Freud. Lacan describe el sujeto como un efecto del lenguaje, y enfa­ tiza el rol crucial que tiene en el análisis psicológico lo que Freud llamó «transferencia»: el paciente otorga al analista el papel de figura de autoridad del pasado («enamorarse del psi­ coanalista») . La verdadera condición del paciente, desde esta perspectiva, no se obtiene cuando el analista interpreta el dis­ curso del paciente, sino en el propio modo en que el psico analista y su paciente quedan atrapados en la repetición de una escena crucial en el pasado del paciente. Este cambio de orien tación convierte al psicoanálisis en una disciplina postestructu ralista en la cual la interpretación es una nueva dramatización de un texto que ésta no domina.

Marxismo En Gran Bretaña, a diferencia de en los Estados Unidos, el postestructuralismo no llegó a través de Derrida y posterior­ mente Lacan y Foucault, sino con la obra del teórico marxista Louis Althusser. Althusser, que fue leído desde la cultura marxista de la izquierda británica, condujo a sus lectores a las teorías de Lacan y provocó una transformación gradual por la cual, como dice Antony Easthope, «el postestructuralismo pasó a ocupar gran parte del espacio de la cultura que lo hos­ pedaba, el marxismo». Para el marxismo, los textos pertene­ cen a una superestructura determinada por la estructura eco­ nómica (las «relaciones de producción»). Para interpretar productos culturales hay que mostrar su relación con esa base económica. Althusser consideraba que una formación social no es un todo unificado con el modo de producción como centro, sino una estructura menos rígida en la cual diferentes niveles o tipos de práctica se desarrollan en diferentes lapsos de tiempo; las superestructuras sociales e ideológicas tendrían una «autonomía relativa». Para explicar de qué modo la ideo­ logía determina al sujeto, Althusser recurrió a la explicación lacaniana de la determinación de la consciencia por el incons­ ciente; con ello delinea una explicación de cómo lo social de­ termina lo individual sobre una base psicoanalítica. El sujeto es un efecto constituido en los procesos del inconsciente, del discurso y de la relativa autonomía de las diversas prácticas que configuran la sociedad. Esta combinación subyace en gran parte del debate teóri­ co británico, tanto en teoría política como en estudios lite­ rarios y culturales. En la revista de cinematografía Screen se llevó a cabo en los años setenta una serie de investigaciones cruciales sobre la relación entre cultura y significado, que con­ tó con Althusser y Lacan para profundizar en la comprensión de cómo la representación cinematográfica construye y posi:iona al sujeto.

Nuevo historicismo y materialismo cultural Las dos últimas décadas del siglo XX han estado marcadas en Gran Bretaña y los Estados Unidos por una crítica histórica emergente, vigorosa y comprometida teóricamente. Por un lado está el materialismo cultural británico, que Raymond Williams definió como «el análisis de todas las formas de significado, in­ cluyendo primordialmente la escritura, dentro de los medios y condiciones reales en que son producidos». Algunos especialis­ tas en el Renacimiento, influidos por Foucault, como Catherine Belsey, Jonathan Dollimore, Alan Sinfield o Peter Stallybrass, se han ocupado particularmente de la constitución histórica del sujeto y del papel contestatario que asumió la literatura en el Renacimiento. En Estados Unidos también ha concentrado sus estudios en la época renacentista el nuevo historicismo, que no tiende tanto a postular jerarquías de causa y efecto en su rastreo de las conexiones entre textos, discursos, poder y la constitución de la subjetividad. Stephen Greenblatt, Louis Montrose y otros autores se centran en cómo se ubicaron los textos literarios renacentistas entre las prácticas discursivas y las instituciones de la época, considerando la literatura no como una imagen refleja o un producto de la realidad social, sino como una entre diversas prácticas en ocasiones antagónicas. Una cuestión clave para los neohistoricistas ha sido la dialécti­ ca de «subversión y contención»: ¿Hasta qué punto ofrecen los textos renacentistas una crítica genuinamente radical de las ideologías religiosas y políticas de su tiempo? ¿En qué medida la práctica discursiva de la literatura, aparentemente subver­ siva, es una manera de contener energías subversivas?

Teoría poscolonial La teoría poscolonial —el intento por entender los problemas que plantea la colonización europea y sus secuelas— se en frenta a un conjunto afín de cuestiones teóricas. En este lega

do, las instituciones y las experiencias poscoloniales, desde la idea de nación independiente hasta la propia idea de cultura, están complicadas con las prácticas discursivas occidentales. Desde 1980 una serie creciente de obras ha debatido cuestio­ nes en torno a la relación entre las posibilidades de resistencia y la hegemonía de los discursos occidentales, o sobre la forma­ ción del sujeto colonial y poscolonial: sujeto híbrido, que sur­ ge de la superposición de lenguajes y culturas en conflicto. El libro Orientalismo, de Edward Said (1978), que examinaba cómo habían construido los discursos cognoscitivos europeos al «otro» oriental, fue decisivo en la determinación del campo de estudio. Desde ese momento, la teoría y la escritura posco­ lonial se han convertido en un intento de intervenir en la cons­ trucción de la cultura y el saber, y para los intelectuales que provienen de sociedades poscoloniales, de trazar su camino de vuelta a una historia que han escrito otros.

Discurso de las minorías Uno de los cambios políticos que se ha conseguido efectuar en las instituciones académicas norteamericanas ha sido el desarrollo del estudio de las literaturas de minorías étnicas. El esfuerzo principal ha consistido en reavivar y promocionar el estudio de la escritura de los negros, latinos, asiáticos y na­ tivos americanos. Los debates tienen que ver con la tensión entre la acentuación de la identidad cultural de grupos par­ ticulares, al vincularla a una tradición de escritura, y el obje­ tivo liberal de celebrar la diversidad cultural y el «multiculturalismo». Las cuestiones teóricas se entrelazan fácilmente con cuestiones sobre el estatus de la teoría, de la que se dice en ocasiones que impone cuestiones y problemáticas filosófi­ cas «blancas» sobre proyectos que luchan por determinar sus propios términos y contextos. Pero los críticos latinos, afro­ americanos y asiático-americanos prosiguen la tarea teórica al desarrollar el estudio de los discursos minoritarios, definir sus rasgos distintivos y articular sus relaciones con las tradiciones

dominantes de escritura y pensamiento. Los intentos por ge­ nerar teorías del «discurso de las minorías» desarrollan a la vez conceptos para el análisis de tradiciones culturales específicas y usan una posición marginal para exponer los supuestos que subyacen al discurso de la «mayoría» e intervenir en sus de­ bates teóricos.

Queer theory

Paralelamente a la deconstrucción y otros movimientos teóri­ cos contemporáneos, la Queer theory (véase el capítulo 7) uti­ liza lo marginal —lo que se ha dejado de lado como perverso, indeseable, radicalmente otro— para analizar la construcción cultural del centro: la norma heterosexual. En los trabajos de Eve Sedgwick, Judith Butler y otros autores, la Queer theory ha cuestionado productivamente no sólo la construcción cul­ tural de la sexualidad sino de la propia cultura, en la medida en que se basa en la negación de las relaciones homoeróticas. Al igual que anteriormente el feminismo y algunas versiones de los estudios étnicos, adquiere energía intelectual por su vínculo con movimientos sociales de liberación y con sus debates internos sobre las estrategias y conceptos más adecua­ dos. ¿Debe celebrársela diferencia y acentuarla, o bien comba­ tirse unas distinciones que estigmatizan? ¿Cómo hacer ambas cosas? Ambas posibilidades, la acción y la investigación, están en juego en la teoría.

N O TA S B IB L IO G R Á FIC A S*

C a pítu lo l

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C a pítu lo 2

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las obras literarias como imitaciones ficticias de actos de habla «reales». [Hay trad. cast.: Al margen del discurso, Ma­ drid, Visor, 1993]. Terry Eagleton, Literary Theory: An Introduction (Oxford, Blackwell, 1983, pp. 1-53), sobre la idea de la literatura en general y los estudios literarios en la Gran Bre­ taña del siglo XIX. [Hay trad. cast.: Una introducción a la teoría literaria, México, F.C.E., 1988, pp. 1-72], Antony Easthope, Literary into Cultural Studies (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1991, pp. 1-61) ofrece un repaso útil a las con­ cepciones tradicionales de la literatura. Véase también la en­ trevista a Jacques Derrida, «This Strange Institution Called Literature», en Acts of Literature (Derek Attridge, ed., Nue­ va York, Routledge, 1992, pp. 33-75).

C a pítu lo 3

«Forum: Thirty-Two Letters on the Relation between Cultu­ ral Studies and the Literary» (PMLA, 112:2, marzo de 1997, pp. 257-286) muestra un espectro vivido de las perspectivas actuales. Antony Easthope, Literary into Cultural Studies (Londres, Roudedge & Kegan Paul, 1991) repasa los desa­ rrollos británicos. Tony Bennett et al., eds., Culture, Ideology, and Social Process: A Reader (Londres, Batsford & Open Uni­ versity Press, 1987) es una antología de ensayos británicos clá­ sicos para el curso de cultura popular de la Universidad Abierta. John Fiske, Understanding Popular Culture (Boston, Unwin, 1989) resulta una introducción accesible. Para dos antologías recientes, véanse Simón During, ed., The Cultural Studies Reader (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1993) y Mieke Bal, ed., The Practice of Cultural Analysis (Stanford, California, Stanford University Press, 1999). loan Davies, Cultural Studies and Beyond: Fragments ofEmpire (Londres, Routledge, 1995) es una acertada historia reciente. CANON LI­ TERARIO: Robert von Hallberg, ed., Canons (Chicago, Univer­ sity of Chicago Press, 1984).

C a pítu lo 4

Para una introducción al pensamiento y la influencia de Saussure, véase Jonathan Culler, Saussure (Londres, Fontana, 1976; ed. rev., Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986). M. A. K. Halliday, Explorations in the Functions of Language (Londres, Amold, 1973), recoge ensayos relevantes para los estudios literarios. [Hay trad. cast.: Exploraciones sobre las funciones del lenguaje, Barcelona, Editorial Médica y Técnica, 1982]. Roger Fowler, Linguistic Criticism (Oxford, Oxford University Press, 1996), es una valiosa introducción al lenguaje y las dimensiones lingüísticas de la literatura. William Ray, Literary Meaning: From Phenomenology to Deconstrúction (Oxford, Blackwell, 1984) desarrolla una narración con­ vincente sobre los enfoques del significado literario en dife­ rentes escuelas críticas. Nigel Fabb et al., eds., The Linguistics of Writing: Arguments between Language and Literature (Nueva York, Methuen, 1987) es una recopilación de ensayos enérgicos. [Hay trad. cast.: La lingüística de la escritura: de­ bate entre lengua y literatura, Madrid, Visor, 1989]. POÉTICA: Jonathan Culler, Structuralist Poetics: Structuralism, Linguis­ tics, and the Study of Literature, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1975 [hay trad. cast.: La poética estructuralista, Barce­ lona, Anagrama, 1979]; Roland Barthes, S/Z (París, Seuil, 1970), análisis de un relato de Balzac que alterna poética y hermenéutica. [Hay trad. cast.: S/Z, Madrid, Siglo XXI, 1980]. HERMENÉUTICA: Donald Marshall, «Literary Interprc tation», en Joseph Gibaldi, ed., Introduction to Scholarship in Modern Languages and Literatures (Nueva York, M IA , 1992 p p . 159-182). C r í t i c a d e l a r e s p u e s t a d e l l e c t o i c |¡me Tompkins, ed., Reader-Response Criticism: From Formalista to Post-Structuralism (Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1980).

C a pítu lo 5 RETÓRICA: Renato Barilli, Retorica (Milán, Isedi, 1979), es un

repaso histórico a cuestiones clave. [Hay trad. inglesa, Rhetoric, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1989]. GÉNE­ ROS LITERARIOS: Paul Hernadi, Beyond Genre: New Directions in Literary Classification (Ithaca, Nueva York, Cornell Univer­ sity Press, 1972) [hay trad. cast.: Teoría de los géneros literarios, Barcelona, Bosch, 1978]. A p ÓSTROFE: Jonathan Culler, «Apostrophe», en The Pursuit of Signs. Semiotics, Literature, Decons­ truction (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1981, pp. 135154). POÉTICA: Jonathan Culler, «Poetics of the Lyric», en Structuralist Poetics: Structuralism, Linguistics, and the Study of Literature (Londres, Roudedge & Kegan Paul, 1975, pp. 161188) [hay trad. cast.: La poética estructuralista, Barcelona, Ana­ grama, 1979], POESÍA: Se encontrará una antología de ensayos relacionados con cuestiones teóricas en Chaviva Hosek y Pa­ tricia Parker, eds., Lyric Poetry: Beyond New Criticism (Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1985). Véase también Jacques Derrida, «What is Poetry?» («Che cos’é la poesia?»), en Peggy Kamuf, ed., A Derrida Reader: Between the Blinds (Nueva York, Columbia University Press, 1991, pp. 221-246).

C a pítu lo 6

Hay dos libros excelentes y sistemáticos sobre narratología: Susan Lanser, The Narrative Act: Point o f View in Fiction (Princeton, Princeton University Press, 1981) y Mieke Bal, Narratology: Introduction to the Theory of Narrative, 2.a ed. rev. (Toronto, University of Toronto Press, 1997) [hay trad. cast.: Teoría de la narrativa: introducción a la narratología, Madrid, Cátedra, 1987]. Véase igualmente Wallace Martin, Recent Theoríes of Narrative (Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1986); Shlomith Rimmon-Kenan, Narrative Fiction: Contemporary Poetics (Londres, Methuen, 1983);

Jonathan Culler, «Story and Discourse in the Analysis of Narrative», en The Pursuit of Signs: Semiotics, Literature, Deconstruction (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1981, pp. 169187), y Jonathan Culler, «Poetics of the Novel», en Structuralist Poetics: Structuralism, Linguistics, and the Study of Literature (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1975, pp. 189-238) [hay trad. cast.: La poética estructuralista, Barcelona, Anagra­ ma, 1979]. D ESEO : Peter Brooks, Psychoanalysis and Storytelling (Oxford, Blackwell, 1994); Teresa de Lauretis, «Desire in Narrative», Alice Doesn’t (Bloomington, Indiana Univer­ sity Press, 1984, pp. 103-157) [hay trad. cast.: Alicia ya no: Feminismo, semiótica, cine, Madrid, Cátedra, 1992]. A c t u a r COMO POLICÍAS: D . A . Miller, The Novel and the Pólice (Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 1988).

C apítu lo 7

Jacques Derrida, Limited Inc. (Evanston, Illinois, Northwes­ tern University Press, 1988) incluye «Signature, Event, Context» y otros planteamientos de lo realizativo. Barbara John­ son, «Poetry and Performative Language», en The Critical Difference: Essays in the Contemporary Rhetoric of Reading (Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1980) es una dis­ cusión breve pero eficiente. Shoshana Felman, The Literary Speech Act (Ithaca, Nueva York, Comell University Press, 1983), sobre Austin y Lacan.

C apítu lo 8

Charles Taylor, Sources of the Self: The Making ofthe Modern Identity (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1989), es un extenso repaso general. Kaja Silverman, The Suhject o f Semiotics (Oxford, Oxford University Press, 1983) sintetiza la postura psicoanalítica y semiótica sobre la formación del sujeto, con ejemplos literarios y cinematográ­

fic o s. ESENCIALISMO: Diana F u s s , Identification Papers (Nueva York, Routledge, 1994). TEORÍA POSCOLONIAL: Homi Bhabha, The Location of Culture (Nueva York, Routledge, 1994) y Ania Loomba, Colonialism/Postcolonialism (Nueva York, Routled­ ge, 1998).

A p é n d ic e

Para la historia institucional de la crítica, Jonathan Culler, «Literary Criticism and the American University», en Framing the Sign: Criticism and its Institutions (Oxford, Blackwell, 1988, pp. 3-40); Gerald Graff, Professing Literature: An Institutional History (Chicago, University of Chicago Press, 1987); Chris Baldick, Criticism and Literary Theory, 1890 to the Present (Londres, Longman, 1996). Sobre las escuelas teóricas, véase Terry Eagleton, Literary Theory: An lntroduction (Oxford, Blackwell, 1983), una intro­ ducción tendenciosa pero combativa de todas las «escuelas» excepto del marxismo, que Eagleton abraza. [Hay trad. cast.: Una introducción a la teoría literaria, México, F.C.E., 1988.] Antony Easthope, British Post-Structuralism since 1968 (Nue­ va York, Roudedge, 1988), una explicación inteligente de las peripecias de la «teoría» en Gran Bretaña; Peter Barry, Beginning Theory: An lntroduction to Literary and Cultural Theory (Manchester, Manchester University Press, 1995) es un útil manual organizado por «escuelas», y Raman Selden, ed., The Cambridge History of Literary Criticism, vol. VII, From Formalism to Poststructuralism (Cambridge, Cambridge University Press, 1995) cubre los grandes movimientos. Richard Harland, Superstructuralism: The Philosophy of Structuralism and PostStructuralism (Londres, Methuen, 1987) es una introducción detallada y vivaz; Keith Green y Jill LeBihan, Critical Theory and Practice: A Coursebook (Londres, Roudedge & Kegan Paul, 1996) fusionan inteligentemente el repaso por escuelas con el enfoque por «temas».

ADDENDUM: TEORÍA LITERARIA EN ESPAÑOL

La teoría literaria cuenta ya con cierto desarrollo en español. Para un repaso crítico a las corrientes de teoría literaria hasta el primer postestructuralismo y la deconstrucción, véase José María Pozuelo Yvancos, Teoría del lenguaje literario (Madrid, Cátedra, 1987). Sobre los diversos géneros literarios pueden consultarse los libros de Antonio García Berrio y Javier Huer­ ta Calvo, Los géneros literarios: sistema e historia (Cátedra, 1992), Rafael Núñez Ramos, La poesía (Madrid, Síntesis, 1993) y M.a del Carmen Bobes Naves, La novela (Síntesis, 1993), además de la antología de Enric Sulla, Teoría de la novela, Bar­ celona, Crítica, 1997. Para la retórica, el manual de Tomás Albaladejo, Retórica (Síntesis, 1989). Además, la editorial madrileña Arco está publicando una serie de útiles antologías sobre temas y corrientes de teoría li­ teraria, como por ejemplo Miguel Ángel Garrido, ed., Teoría de los géneros literarios, 1988; Antonio Garrido Domínguez, ed., Teorías de la ficción literaria, 1997; Enric Sulla, ed., El canon literario, 1998; José Domínguez Caparros, ed., Herme­ néutica, 1997; José Antonio Mayoral, ed., Estética de la recep ción, 1987 (véase igualmente el ensayo de Luis Gómez Acón ta, E l lector y la obra: teoría de la recepción literaria, Madrid, Gredos, 1989); José Antonio Mayoral, ed., Pragmática de l,i comunicación literaria, 1987; Manuel Asensi, ed., Tcuriii lii< raria y deconstrucción, 1990; Antonio Penedoy I'"" tón, eds., Nuevo historicismo, 1998; Neus C i i i I h m h II M.uin Ángeles Torras et al., Feminismos literarios, I N t l f l l lll I I h h l l l i h

'I

ÍN D IC E D E TEM A S Y A U TO R ES

acontecimiento literario 43, 92, 96, 103-111, 118, 128-129 acto de habla 39, 94, 96, 115-119, 121-123, 127-129 adhesivos 47-48 «agencia» 60, 127, 141-143 Althusser, Louis 60, 140, 148, 154 Anderson, Benedict 50 aporía 122, 134 apostrofe 88, 95-96 Appiah, Anthony 142-143 Argensola, L. L. de 47n. argumento, véase trama Aristóteles 87-88, 103, 111 Armstrong, Nancy 137 Austen, Jane 50, 85, 107 Austin ,J . L. 115-122, 127-129 autor, relación con el texto 43, 8286, 93-94 autorreflexividad 46-48

Bajtin, Mijail 107 Bal, Mieke 108 Barthes, Roland 58-59, 148, 149 Baroja, Pío 42 Beardsley, Monroe 83 Bécquer, G. A. 88-89 Belsey, Catherine 155 Blake, William 94 Borch-Jakobsen, Mikkel 138 Bronté, Charlotte 31 Brooks, Cleanth 146 Burns, Robert 31 Butler, Judith 124-129, 141-142, 157

canciones infantiles 97-98 canon literario 62-65, 153 Carroll, Lewis 54-55 Chomsky, Noam 77 cinematografía: teoría cinematográfica 80, 154 mirada cinematográfica 80 cióse reading 65-67, 70,147 competencia: c. lingüística 77,102 c. literaria 78, 79 c. narrativa 102, 103 constatativo, véase enunciado contexto 34-36, 39, 44-45, 63-64, 72-73, 82-86, 93, 98-99, 144 convenciones 37-40, 58-59, 73-80, 87, 90-91, 117-119, 125, 129, 149, 150 correlato objetivo 100 cultural studies, véase estudios cul­ turales

Declaración de Independencia de los EE.UU. 120-121 deconstrucción 81, 121-123, 145, 150-152, 157 deícticos 43 Derrida, Jacques 20-25, 88-89, 119 121, 154 sobre la deconstrucción 150-152 deseo 19, 25, 60-62, 95, 103, 1 I I 113, 132, 137-138, 141 145 Diego, Gerardo 88 Dollimore, Jonathan 155 Dostoievski 54, 68

Eagleton, Terry 52 Easthope, Antony 154 Edipo, complejo de 81,137 Eichenbaum, Boris 146 ejemplaridad 49-50, 134-136 Eliot, George 65 Eliot, T. S. 100 Empson, William 146 enunciados constatativos y realizati­ vos 115-129 enunciado oído por casualidad 93 épica 90-92 epistemofilia 111 escritura 13-15, 16, 20-26, 32, 4951,54, 90, 150,155-157 escuelas de crítica 7,81-82,145-157 esencialismo 139 espejo, estadio del 27, 138, 140 estructuralismo 58, 148-150 estudios culturales 57-70, 115, 124, 140, 148-149,154 estudios literarios 11,13,57-70,7778, 80, 115, 124, 131, 133, 146, 148, 153, 154

falacia intencional 83 feminista, teoría 80, 81, 106, 124129, 132, 140,145, 150,152-153, 157 fenomenología 147 ficción 24,43-45,50,53,93-94,102, 113,129 Flaubert, Gustave (Madame Bovary) 47, 133 focalización 108-111, 112 formalismo ruso 99, 146 Forster, E. M. 112 Foucault, Michel 15-20, 24-25, 27, 132,136-137,140,148,149,154, 155' Franklin, Aretha 25-26,124-125,134 Freud, Sigmund 29-30,137,153 Frost, Robert 34, 48, 71-73, 92-94,

121-122

Frye, Northrop 96-98 función poética 42

García Lorca, Federico 43, 93 gay y lesbiana, estudios 19, 81, 124, 140, 152, 157 género sexual 14n., 19,124-126,132, 133,140-142,145 Genette, Gérard 108-109,110n., 148 géneros literarios 40, 63-64, 78, 9092,96-97, 119 ginocrítica 152 Girard, René 138 Gramsci, Antonio 66n. Greenblatt, Stephen 155

habla 20-22, 38, 76-77 Hall, Stuart 140 hegemonía 66, 156 hermenéutica 77-79, 81-82, 85-86, 153 Hernández, Miguel 40-41, 93, 97 historias, véase narración, trama histórico, explicación histórica 30,

101-102 Hoggart, Richard 59 homosexual, invención dell7,124,126 horizonte de expectativas 80, 148 Husserl, Edmund 147

identificación 51-53, 113, 131-143 identidad 7, 16-17, 19, 25-26, 58, 61, 6 9 ,73 ,9 5 ,1 12 ,1 1 5 ,1 2 4 ,1 2 7 , 131-143, 152,153, 156-157 ideología 52, 76, 135, 154,155 Imperio Británico 49-52 interpelación 60, 126 interpretación 21,24, 36,43-45, 61, 65-67, 70-86, 98-100, 148,153 intertextualidad 46-48, 62, 99 ironía 90, 146 Iser, Wolfgang 147

Jacobus, Mary 153 Jakobson, Román 42,89-90,146,148 James, Henry 108, llOn. Jauss, Hans Robert 148 Johnson, Barbara 152 Jonson, Ben 44, 63 Joyce, James 54, 117 Kant, Immanuel 45-46 Kermode, Frank 102 La Rochefoucauld 117 Lacan, Jacques 27, 138, 148, 149, 153,154 La Regenta 134-135 lectura atenta, véase «cióse reading» lenguaje: 1. en primer plano 40-41, 42, 97, 146 naturaleza del 1. 73-75, 119-123 1. y pensamiento 75-76 Lévi-Strauss, Claude 148 lingüística 26, 41-43 , 73-79, 102, 117-118, 121-123,131-132, 148 literariedad 29-31, 40-41, 42, 48, 55,146 literatura 29-55, 71-113, 117-119, 133-136 atención despertada por 34-36, 3 9 -4 3 ,4 8 ,52 ,71 ,76 ,9 7 -98 función ética 51-54, 133-137 1. como acto de habla 117-119, 127-129 1. y universalidad 49-51, 61, 65, 134-135 lírica 87-100, 101 lucha profesional 58-59 malas hierbas 33-34 Man, Paul de 113 «maricón» 124, 127 marxismo 59-60, 81, 132, 140, 148, 150,153, 154

materialismo cultural 155 metáfora 30, 46-47, 88-90 metonimia 90, 122 Mili, John Stuart 93 Miller, J. Hillis 147 Milton 54 minoría: discurso de las minorías 156-157 literaturas minoritarias 61,63-65, 156-157 individuo moderno 137 Moliner, María 20-21 Montrose, Louis 155 Morrison, Toni 85

narratario 106 narración: lógica de la n. 30, 102 teoría de la n. 100, 101-113 narratología 100, 101-113 narradores 43-44,50,53,91,93,101, 104-110 natural, crítica de lo 15-18, 24, 26, 58-59, 74-76, 124-125, 134,140 New Criticism, nueva crítica 65, 81, 99,146-147 novela 19, 27, 29, 39, 41-47, 50-53, 79-78, 85, 90-92, 100, 101-113, 117, 128, 133-138, 146 n. como policía 112 nuevo historicismo 81, 145, 155

objeto estético 45-46,51 Odisea 133 onomatopeya 74

personificación 88, 95-96 Peirce, Charles Sanders 149 «Pin Pineja» 97-98 Platón 53, 87 poema, idea de 34-36, 46-47, 90-92 poesía 87-100, 101

Poética 77-79, 82, 86-100, 102, 149 políticamente correcto 64 poscolonial: teoría p. 81,85,140-143,145,155156 postestructuralismo 24, 99,149-154 Poulet, Georges 147 Pound, Ezra 99-100 poder/saber 18-19 principio de cooperación hiperprotegido 37-39, 79 pseudoiteración 109 psicoanálisis 81, 132, 137-140, 145, 148,150, 152-154 punto de vista 104, 106, 108-111 publicidad 34, 42

Queer theory 124-127,132,145,157 Quine, W. Ó. 35-36

Ransom,John Crowe 146 realizativo, véase enunciado recepción, estética de la 79-80, 148 referencia 43-45 responsabilidad, véase «agencia» respuesta del lector, crítica de la 7980, 147 retórica, figuras retóricas 30,32,87100, 113, 122

Richards, I. A. 146 Richardson, Samuel 106 rima 33, 34, 40-41, 97-98 ritmo 40-41,71 -72,92,97-98,103,111 Robbe-Griílet, Alain 106 Rorty, Richard 13 Rose, Jacqueline 153 Rousseau, Jean-Jacques 20-25 Rushdie, Salman 53

Sade, Marqués de 53 Said, Edward 85, 156 Sapir-Whorf, hipótesis de 75

Saussure, Ferdinand de 73-75, 7677,148, 149 Screen (revista) 154 Sedgwick, Eve K. 138, 157 semiótica 149 sentido común, crítica del 7, 14-15, 20 ,2 3 ,2 6 , 75 sexo 15-19, 25-27, 65, 75, 81, 124127, 133, 136, 145, 157 Shakespeare, William: Hamlet 44-45, 49-50, 80-82, 134135 soneto 46-47, 118-119 Shelley, Percy Bysshe 94-96 Shklovski, Victor 146 Showalter, Elaine 80, 152 significado 14-15,21-24,36,39,4748, 54-55, 59, 61, 67, 71-86, 8890, 92, 96-100, 103, 113, 115, 117-119, 124-127, 140-142, 144, 148-149, 150-152, 155 signos 20-24, 73-75,149 síntoma, interpretación sintomática 65-67,70, 86 Silverman, Kaja 153 Sinfield, Alan 155 Spivak, Gayatri 27 Staél, Madame de 32-33 Stallybrass, Peter 155 Stowe, H. B. 53 sujeto 26-27,49-53, 57, 60, 92,122, 124-129,131-143, 150, 153-157 sujeto, posición del 60-61,131,140143 sublime 95 suplemento 20-25 sinécdoque 90

teatro 90-92 teleseries policíacas 66-67 teoría: naturaleza de la teoría 7, 11-28, 57-58, 144 como apelativo abreviado 13

textos expositivos narrativos 38, 111 trabalenguas 42 trama 30, 78, 102-105,107, 133 transferencia 153 tropos 88-90 cuatro t. mayores 90 Twain, Mark 65, 69

White, Hayden 90 Whorf, Benjamín Lee 75 Williams, Raymond 59, 155 Wimsatt, W. K. 83, 146 Wordsworth, William 63, 89

Universidad Abierta 66

yo 20-21, 26, 131-144

Verlaine, Paul 76

ÍN D IC E

P r e fa c io .......................................................................... A grad ecim ien to s.......................................................... 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8.

¿Qué es la teoría?...................................................... ¿Qué es la literatura, y qué importa lo que sea? . La literatura y los estudios culturales . . . . Lenguaje, significado e interpretación . . . . Retórica, poética y p o e s ía ....................................... La n a r r a c ió n ...........................................................101 El lenguaje re a liz a tiv o ........................................... 115 Identidad, identificación y s u j e t o ...................... 131

7 9 11 29 57 71 87

Apéndice: Escuelas y movimientosteóricos . . . . 145 Notas b ib lio g rá fic a s.................................................... 159 Lecturas com plem entarias..........................................171 Addendum: Teoría literaria en e s p a ñ o l .....................177 índice de temas y a u t o r e s ..........................................179

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